Cuentos | Cabeza de medusa: Transmilenio - Por Isabella Portilla | Ilustración: Franco Belnudo

Abrió su periódico como todas las mañanas y su mente naufragó en los cientos de caracteres que contaban las más variadas noticias del día.

Al tiempo que el conductor aceleraba, a través de los vidrios empezaron a aparecer espléndidos cultivos de quinua intercalados con floridos vergeles y plantíos de maíz y papa.

El sol no había dejado rastro de neblina cuando el vehículo empezó a trastabillar. Así que apartó la mirada del periódico y refregándose una y otra vez los ojos vio decenas de indígenas descalzos, vestidos con túnicas de colores y mantas atadas a los hombros. Todos rodeaban una laguna y sus manos extendidas hacia el cielo parecían portar piedras preciosas y figuras de oro en homenaje al sol.

A través de unas montañas y unas llanuras que él no conocía, el Transmilenio siguió su ruta. Fue como vio pasar canteras de aljez, minas de sal, árboles exóticos de admirable hermosura y bohíos cercados por un par de estacas concéntricas, que se le semejaban a los que había visto en su juventud camino a la Sierra Nevada.

En ese momento el altavoz anunció su estación de llegada. El hombre dobló el periódico, le hizo el quite a la muchedumbre que apretujada ocupaba el espacio y se bajó.

Transmilenio, de Franco Belnudo

Después de pasar ocho horas en su trabajo, en una oficina de quejas y reclamos de la que estaba a punto de pensionarse, el hombre tomó el Transmilenio de regreso a casa. Esta vez no tuvo la suerte de encontrar una silla azul: las mujeres embarazadas y las abuelas reumáticas se habían apoderado de su posible asiento. Así que se sujetó fuertemente de la barandilla de metal y apoyó el cuerpo en paralelo al del conductor. Ahora miraba hacia el frente.

A los pocos segundos de arrancar, a través del cristal sintió que el Transmilenio era un tren bala. Muy sorprendido, vio en esa tarde cientos de ráfagas de luces que adornaban las modernas casas suspendidas en el aire. Alcanzaba a divisar pájaros virtuales y aerocarros que parecían flotar en un cielo ulcerado de hollín y de humo ocre enceguecedor. Hombres y mujeres recorrían una ciclorruta eléctrica en bicicleta sin mover las piernas y los pocos transeúntes caminaban sujetando sus perros robots. Todo le resultaba muy perturbador. Más cuando el altavoz anunció su destino final y, al bajarse, se encontró frente a frente con su propio clon.

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