Lecturas | «Soy fiestera», de Mercedes Gómez de la Cruz - Por Regina Cellino

La fiesta es momento de ebullición, caen cosas, se despliegan otras, se reproducen, multiplican, explotan o implosionan, lo cierto es que actúan. La ejecución es parte de la ceremonia, una dislocación de temporalidades, otras instancias del lenguaje, algo por donde, también, se filtran las palabras. Los alcances son instancias dentro de lo festivo. En eso, además, la poesía. 


¡Qué fantástica esta fiesta!

Cuando leo poesía me sucede que siento que algo se me escapa, que hay algo de otro orden que no logro asir, pellizcar, atrapar. El poema se me presenta como una piel que puedo tocar pero que, sin embargo, no llego a penetrar. Por eso, desde los comienzos de mi aventura con las letras, la relación que mantengo con este género es un tanto complicada. Tenemos intimidad ocasional, sorpresiva, fugazmente.

Creo que en los «buenos» poemas (tal vez el adjetivo está de más) hay un secreto que persiste, un enigma que se escabulle entre las palabras. «Lo que huye», el primero de la antología Soy fiestera. Poesía reunida, de Mercedes Gómez de la Cruz, es con el que se ingresa de inmediato a un universo poético donde abundan la fiesta, los libros, el paisaje, la infancia, el amor, los recuerdos, pero especialmente, vive una escritura que se articula en el deseo, deseo de decir lo indecible, de penetrarnos a partir del contacto con la lengua poética precisa y luminosa que compone este vasto libro. La compilación, editada por Fiesta Ediciones, está dividida en tres partes: «Libros», «Plaquetas» y «Antologías», tres medios por los cuales ha circulado la poesía de Gómez de la Cruz. Aunque también podríamos pensarlo como un in crescendo de la subjetividad del yo lírico desde la infancia a la madurez. En cada una de esas secciones, se despliegan, a la manera de mamushkas, los libros de la autora.

Inagotables lecturas se podrían hacer de esta antología, especialmente un lector «entrenado» en poesía, pero como no pretendo ponerme un traje de lo que no soy, estas líneas que siguen intentan simplemente dejar por escrito algo de lo que huye y algo de lo que queda después de la celebración, del encuentro poético.

En «Fotos», un poema que aparece por primera vez en el libro inaugural de la colección y que encontraremos otras dos veces a lo largo de la antología (como esa experiencia muda que relata Agamben), el yo lírico cifra la imposibilidad del decir (la infancia) y es allí donde entonces aparece la lengua (sin habla): «Como un instinto olvidado, /el temor al vértigo /paraliza a los hombres /y a las mujeres. // Entonces /empieza a actuar la lengua» (2015:17).

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Para Agamben, acceder a la infancia como lugar del origen trascendental de la historia es experimentar. Que el hombre no sea hablante desde siempre y que haya sido, y sea infante (sin lenguaje todavía), eso es la experiencia. Precisamente la infancia, en cuanto límite trascendental, constituye la máquina que transforma la lengua en discurso humano, la naturaleza en historia, es decir, introduce una discontinuidad, un hiato, en el ser humano. En la poesía de Gómez de la Cruz, la infancia se presenta como un inenarrable, un misterio que se puede recuperar en parte a través de las «Fotos» que permanecen en el tiempo «para recordar a una niña/ donde yo /tan otra soy» (13).

Además de una lengua poética diáfana (y festiva), en la antología hay una invasión de la imagen: objetos, cuerpos, paisajes, pueblan los libros de la poeta que los observa y los hace propio. «Ahora, en esta oscuridad, la presencia de lo circundante se desprende de las cosas y sus fantasmas caminan como si fueran las cosas mismas. Ellas gravitan acercándose, agazapadas, arrastrando la presencia encadenada del recuerdo» (144). La mirada penetra en lo cotidiano de las cosas y de los sentimientos que ellas le provocan, hasta pulverizarlos y transformarlos en imágenes sensitivas, táctiles y corpóreas: «El instante /donde el viento se detiene /permanece en los ramajes /como la quietud /del pájaro que lo enfrenta /entrecerrando los ojos /en un descanso /casi perruno» (27).

Por otra parte, entre las imágenes poéticas de Gómez de la Cruz se abre un espacio para la denuncia que se convierte en una hendidura dentro del poema: «No comprendo cómo /los niños en Somalía /pueden dormir /con una estrella en cada ojo. /Y, /en el nombre del respeto /al prójimo se borra /sus rastros en la arena» (11); «caída, repitencia le dicen ahora /a las formas de la pobreza que nos dinamitan /desde antes» (174). Heridas que duelen pero que, al mismo tiempo, se construyen a partir de la sensibilidad de la testigo.

Si hay algo que prima en Soy fiestera es la música: las palabras se encadenan y   tejen un ritmo personal en cada uno de los poemas. Oímos a través de los versos, por ejemplo, la alegría de la celebración del año nuevo: «De la razón al mito va el camino /empedrado de estrellas. Y yo no bailo, /no. Danzo. Toda la música en castellano, /maravillosa lengua difícil de ritmar, /invita al culo al zarandeo» (72); «Tamborilea /cachondeo /bombo /cadencia candencia /de amores y pieles /bailes /mediúmnicos /trancénicos /sexuales bailes /rítmicos sexos bailables /negro negro /negro /negra» (73).

Mercedes Gómez de la Cruz es, sin dudas, el alma de la fiesta, de una fiesta que es construida con los sonidos de las palabras que componen ritmos diversos, a veces rimbombantes y a veces serenados, y las imágenes poéticas que asaltan en cada una de las páginas de esta antología. Su quehacer literario, no obstante, creo que se mezcla, entre música, literatura y recuerdos, con la composición artesanal del albañil que levanta, en este caso, un mundo tan íntimo como universal. Así, ella, la fiestera, va apilando lentamente «una forma, palabras como piedras, /estrofas como bloques, /basalto y basamento, /cimiento, cal, arena /y el agua, y la serecita, hierros, /amasijo de blues y otros sonidos /dispersos martillazos» (170).

Gómez de la Cruz, Mercedes:  Soy fiestera. Poesía reunida. (1ª ed.) Fiesta Ediciones. E-Book. Rosario: 2015.