Crónicas | Boudoir - Por Lautaro Lamas

Afuera, la luna sostiene al cielo. El viento es apenas un remolino sobre el aire, mientras la noche acomoda su oscuridad. Adentro, personas que son muñecos – y viceversa – ensayan los movimientos de un mundo devenido en caos. Un par de labios rozan su carne, que es plástico, y añoran la saliva que moja el tacto, pero que no les pertenece. Las muñecas exploran la realidad desde su caja, como nosotros, que desde una caja intentamos atravesar el universo. 


Boudoir I

Llegamos en bondi a la plaza Sarmiento y bajé, después de mi compañera, en la parada de calle San Luis. Bordeamos la cuadra obstaculizados por una empalizada de madera. Doblamos en la esquina de Entre Ríos hacia San Juan y ya los palos borrachos estaban en curda reventando en flores rosadas y amarillas. La plaza se abrió de golpe: la vi desierta, oscura, con una partida de bicis anaranjadas como abandonadas en un rincón. La luz de la luna presagiaba efluvios femeninos. El teatro a mitad de cuadra nos llamaba con su blanca y radiante «sonrisa de Beckett» estampada en un póster contra el vidrio de la puerta. Cruzamos y entramos. La cálida luz amarilla se contradecía con la de afuera, fría y gris. Me alegró ver tanta gente esperando en el bar foyer del teatro. Público, ¡público rosarino! En la boletería nos hicimos de nuestras entradas y volvimos a salir para esperar la tradicional demora del teatro local en la calle. Cruzamos de nuevo a la plaza y nos sentamos en esas franjas de cemento tan buenas para comerse un sanguchazo a la tarde. Otro grupito había elegido esa franja para fumar algo en la espera. Nos sentamos mirando hacia enfrente, hacia la entrada del teatro. La luna aparecía grandota, cubierta de una fina película de nubes. Tiene agua, dijo ella. Nos llamó la atención la arquitectura lindante a la sala: casonas de distintas décadas y estilos; nos quedamos conversando sobre el posible origen de cada una. Estaba fresco, corría un viento nocturno de otoño rosarino. Me gusta. Movimiento en la entrada nos advirtió que daban sala. Volvimos a cruzar.

Entramos casi últimos. La cola avanzaba. Del bar foyer pasamos por un pasillito a una sala mayor con un escenario apenas iluminado adelante. Nos tocó la grada de atrás, y nos sentamos en unas sillas como las que tenía en su casa mi abuela, de goma espuma y cuerina en la base y el respaldar. Miré y vi que casi todas eran iguales, buena opción para silla de sala, pensé. Me arrellané y la sentí increíblemente cómoda. Silencio. Un maniquí sin cabeza a un costado del escenario se contraponía a las cuatro cabezas sin cuerpo que tenía delante: dos morochas y dos blancas: qué bueno que la gente grande venga al teatro, pensé. Oscuridad. De repente fue como si se abriera una orilla detrás de nosotros y empezó a sonar un bandoneón muy criollo y muy dulce. Me vino esa imagen: un bandoneonista tocando un tango con los pies en el agua de una orilla detrás de nosotros. Los poéticos cuerpos en el escenario comienzan a moverse a un ritmo único, lento, amalgamados entre ellos. Hay algo que sobrevuela ya en el aire. Yo no veo y tengo que moverme porque me tapan las cabezas de adelante. Me sorprendo dándome cuenta de que estoy moviéndome al ritmo que proponen esos cuerpos. Ritmo de maniquí, si es que un maniquí se pudiera mover: movimiento único, descompuesto, entrecortado, incompleto. De repente veo todo el escenario sin problemas y es que delante de mí las cabezas se mueven como esos cuerpos también. Hay algo que provoca ganas de movimiento, de no quedar hecho un maniquí. Después el bandoneón se mezcla con una guitarra y un contrabajo y con otras músicas y otros sonidos y otras canciones, todas bellas, todas con el influjo femenino ese de afuera, como de luna. El espectáculo ya se ha instalado. La poética de esos cuerpos es la de maniquíes que se mueven como personas que se mueven como maniquíes. Penumbras y cuerpos atrapados por mandatos e imposiciones, y liberación de todo ello. ¿A cuántas chicas les han vendido que se tienen que parecer a una Barbie o a un maniquí? Sin cabeza, para mejor. ¿A cuántas pibas las han abusado? Pienso. Hay cinco mujeres en el escenario y hay luna llena en la calle y estoy sentado al lado de mi compañera y pienso en todo lo que las mujeres tienen para decirle al mundo, algo que golpea mi masculina comprensión. Y cuando parece que el tono del espectáculo es el de los muñecos rotos y maniquíes sin cabeza, en ese momento todo cambia, se transforma, como la energía femenina, pienso, como sus ciclos menstruales. Boudoir IIYa no hay temores ni oscuridad. Hay muñecas. Coloridas y desopilantes muñecas. Y los que antes nos movíamos al tétrico ritmo de maniquí ahora nos entregamos al goce de la risa viendo a estas cinco mujeres que juegan y se divierten y nos contagian.

El punto máximo en el desfile de estas muñecas de fantasía escénica se alcanza cuando una especie de muñequita papeada, que baila reggaetón en su estructura de madera, llega a besarse con una Barbie de ketamina;  en ese beso de juguetes, en ese beso que no se termina de concretar porque no tienen movilidad bucal, me doy cuenta del poder de los labios, y los muevo y me dan ganas de besar, profundamente y con chupones. Es un trabajo metódico, pienso. Es un laburo de coordinación y concentración muy grande el de estas muchachas. Y entonces veo una nueva transformación: se despojan de sus vestuarios, de sus propios seres teatrales y se entregan e invitan a la liberación. Muestran sus pieles, sus cuerpos femeninos y erotizados por el trabajo escénico y dicen lo que cada una tiene para decirle al mundo. Al rato el aplauso, y los abrazos y la plácida sensación de la función entregada.

Contacto

Boudoir

Ficha Técnica:

Dirección y dramaturgia: Graciela Casanova
Actuan: Clara Abad, Fernanda Villa, Laura Pino, Maira Billrich, Paula Sanchez