Cuentos | Durazno sangrando - Por Ignacio Romero | Ilustración: Gustavo Oliveira

El mundo se abre en dos, como un durazno. El sol llega cálido en oriente u occidente, hay algo en lo vital que pulsa y hace ruido, como melodía, o pica, como cosquillas. Es similar a confundirse, qué sirve, para qué vamos, dónde estoy. Ninguna pregunta contesta, el personaje está absorto. Perdido o no, en un relámpago, encandilado o sordo o demasiado estrujado.


Dicen que en este valle,
los duraznos son de los duendes.

Luis Alberto Spinetta

Cuando nos recibió el enano, con Achi pensamos lo mismo.

–Esto es un puterío–, me dijo, aguantando la risa.

El ambiente era pesado, como si el vicio tuviera un aroma especial. Subimos una escalera para acceder el lugar, y todos los escalones eran de mármol negro. Las paredes estaban cubiertas de ideogramas chinos.

–Do you come for massage?–, nos preguntó el corto. Era pelado, y llevaba puesta una camisa blanca con botones negros. En la mano, una pulsera de pelotas de madera. Estábamos en un sketch de Olmedo.

Asentimos con la cabeza. En un inglés trabado como una semifinal de fútbol de copa, nos comentó que los masajes eran en todo el cuerpo, y que el precio por una hora era cincuenta dólares y setenta por noventa minutos.
Pagamos con tarjeta los cien verdes, porque sólo aceptaban Rmb (yenes). Lo seguimos al pelado por un pasillo angosto con cuartos en ambos lados.

–You–, le dijo mirándolo a Achi, y le señaló un cuarto.

Yo entré en el siguiente. Una nena me estaba esperando al costado de la camilla. Tenía quince años, era flaca casi transparente, pero muy linda. Las flacas son mi debilidad.

Sonrió y me pidió que me sacara la ropa y me pusiera el short que estaba sobre la camilla. Después salió del cuarto. Mientras me cambiaba, sentí lástima por la chica. No era un trabajo para alguien que todavía no había terminado el secundario. Además, estaba todo transpirado producto de la humedad insoportable de Guangzhou. Era verano, con temperaturas por encima de los treinta. Si a eso le sumás el smog, es tan insoportable, como la ciudad de Santa Fe en Enero a la hora de la siesta.

Hablamos antes de empezar. Tenía un excelente inglés. Me contó que estaba en el colegio y yo le pregunté si ahí había aprendido a hablar con tanta fluidez.

Ilusión, por Gustavo Oliveira

–No, en este trabajo–, me respondió señalando la camilla–. Todos los clientes son turistas.

Le pregunté si le gustaba hacer masajes, y me dijo que algunas veces, pero lo necesitaba porque su papá había fallecido y su mamá tenía que cargar con la penalidad que existe en China por tener más de un hijo.
Me acosté boca abajo y ella me bajó los pantalones hasta la mitad del culo. Empezó masajeándome ambos cachetes. No me sentía cómodo. Estaba pendiente de cómo reaccionaba mi miembro, deseando que no se pusiera duro. No, no era un trabajo para una nena de quince. Me puse a pensar en todos los disgustos que se habrá llevado, todos los viejos que habrá tenido que tocar, todos los clientes qué se habrán dado vuelta ofreciéndole guita.

Los masajes eran fuertes y precisos, tenía una facilidad para encontrar los nudos y no cesaba la presión hasta hacerlos desaparecer. No sé cómo sacaba tanta fuerza de esos brazos que parecían dos lápices. Creí que me iba a costar relajarme, pero después de media hora en la espalda y las piernas, me pidió que me diera vuelta. La miré un poco desencantado, esperando lo peor, no sabiendo cómo decirle que no, que yo no me iba a coger una pendeja de quince años. Pero al final acepté, y empezó a masajear con tanta dulzura mi entrecejo, que me quedé dormido.

Soñé que era un durazno. El rayo de sol le daba energía a cada una de mis pelusas, tenía un buen tamaño y una piel tan rosa que llamaba la atención. Era bueno estar colgado de la rama de ese duraznero. Yo había tenido suerte. Pero después me entró el miedo. En cualquier momento iba a madurar, y mi caída podía significar el abandono. Podía caer sobre una raíz o una piedra, y convertirme en un durazno sangrado. Mi piel y mi carne podían lastimarse, ponerse negra, y los recogedores de frutas (no encuentro otra palabra) me iban a dejar abandonado en el suelo.

Me desperté sobresaltado. La nena me ofreció un vaso de agua y un plato con frutillas. Después se fue y yo me empecé a cambiar. La ropa se me pegaba a la piel, no había ducha para sacarme el aceite que había en mi cuerpo. Salí en trance, un poco por los masajes y otro poco por el sueño. En el camino al metro estuve callado tratando de decifrarlo. De entenderlo.

En el tren viajaba un millón de personas. Éramos tantos que le dije a Achi «En este tren esta todo Rosario. Literal». Uno entiende el poco valor que tiene la vida para los orientales, son muchos. Los autos apenas te esquivan cuando un peatón cruza la calle, en el subte te empujan, se colan.

Cada uno era una isla, incompleto. Todos miraban sus celulares. A mi lado alguien miraba una serie donde unos chicos vestían uniformes de colegio. Pero esos chicos no tenían los granos en la cara que sí mostraban todos los pasajeros del tren. Tres paradas pasaron hasta que el vagón se vació y me pude sentar. Pero entró mucha gente y el tren se completó nuevamente. Un señor que estaba a mi derecha se paró y le ofreció el asiento a una mujer con un bebé. Me sentí una mierda, más cuando vi que el señor era mayor de setenta. La mujer no lo quiso, creo que sólo le quedaba una parada, y a mi lado se sentó un gordito que se pasó todo el viaje mandándose fotos con otro amigo.

El viejo estaba parado adelante mío. Tenía pelo blanco a los costados de la cabeza, y del mismo color eran los bigotes que le caían sobre las comisuras de los labios. Muy flaco, la cara amarilla y los dientes desacomodados. Vestía una camisa salmón gastada, unos pantalones negros tres o cuatro talles más grandes y unas alpargatas del mismo color, con agujeros.

Había belleza en ese cuerpo que no era bonito, era el único que sonreía en ese tren. El único que sonreía en toda China. Y tenía tanta energía, que iluminaba todo el metro. Sólo por él, ese tren debía llegar a salvo a destino.

Jaime Gil de Biedma decía «No te preocupes si te gusta un poema, pero no logras entenderlo. Con el tiempo, vas a comprender lo que necesites». En mi casa de Rosario, tengo pegado un imán en la heladera que dice «Las personas jóvenes bonitas son un accidente de la naturaleza. Los viejos son obras de arte».

Ahora, viendo a ese viejo, la frase me hace caer como la manzana de Newton.

Con una ex novia tuve una pelea fuerte porque ella no tenía plata y quería comprarse igual un vestido para un casamiento. Yo insistía en que usara uno de los tantos que tenía colgados en el ropero, pero ella me decía «No, cuando vean las fotos, se van a dar cuenta que es el mismo que usé en el de Mara». Ya saben cómo son esas discusiones, derivan en cuestiones mucho más profundas. Me acuerdo estar frente a la heladera gritándole «Leé esto, lo de afuera no sirve». «Laburá lo que tenés adentro».

Pero estaba equivocado. Mi error era confundir bonito con bello. Ese viejo era bello, porque aunque todo a su alrededor olía a mierda, él seguía plantando árboles. Enseñando a todos los presentes que siempre se puede elegir el bien. Pero el bien es silencioso y más introvertido. Hay que abrir bien los ojos, estar muy atento para ver la belleza. Y nosotros vivimos en automático, y sólo nos fijamos en la piel de la fruta, y no vemos a un enano que sobreponiéndose al designio de Dios, fue capaz de construir una casa de masajes con Porsche y BMW en la puerta. No aplaudimos a una nena de quince que aprendió inglés haciendo masajes mientras que mi viejo invirtió un departamento en mi educación.

Deberíamos hacer como Edipo, al pedo están los ojos. Somos ciegos, cualquier boludez es más importante que ver al viejo más hermoso del mundo.