Crónicas | Teatro confite - Por Micaela Gazza

En el sur de la ciudad, en un mansión reconvertida, el teatro le gana la pulseada al frío y hace que cada fin de semana haya nuevos colores tajando el paisaje. Nuestra cronista fue a descubrir el mito de la casa devenida en centro cultural, caminó sus pasillos y trajo invitaciones para todos los que nos quedamos esperando sus comentarios. 


Érase una vez, un hombre millonario llamado Manuel Arijón, quien, alrededor de 1885, mandó a construir seis mansiones para arrendar a las familias de clase alta que venían a la ciudad de Rosario a veranear al río saladillo. Este plan fue llevado a cabo, pero conforme pasaban los años las mansiones se iban viniendo abajo.

Sólo quedaba una en pie y era habitada por la familia Cassarino, que en la década del 40 deciden donarla a la provincia de Santa Fe. La provincia decidió destinarla rápidamente al uso común de la población. No, mentira, primero usaron a la famosa mansión para los cadetes de policía, luego para los bomberos zapadores y más tarde, como centro de protección a los menores. Fue recién en 1995 que el Consejo Municipal declara a esta última mansión, hoy llamada Casa Arijón, como patrimonio histórico y cultural de la cuidad. La casa se puso muy contenta y empezó a funcionar.

En 2016 un grupo de personas, artistas con diferentes metodologías de trabajo, pero muy talentosos, cada uno dentro de su especialidad deciden juntarse y hacer el teatro confite. No quiero dejar de mencionar, para que no se ponga celosa, a la provincia, que fue la promotora del evento.

La casa estaba muy contenta porque sabía que todos los domingos a la tardecita del mes de agosto iba a recibir a un montón de invitados, muchos que la conocerían durante esos días, otros ya conocidos que recorren sus pasillos a diario y algunos pocos más que le dan una mano para que todo salga perfecto.

La casa esperaba ansiosa que llegaran los domingos, se ponía contenta desde muy temprano y más aún, si ese día el sol la venía a despertar, porque sabía que seguro eran muchos los que le harían compañía esa tarde.

«Teatro confite», Casa Arijón

La casa se divertía con sus invitados, es por eso que decidía invitar a todos a que la recorran y vean espectáculos sin cobrar ni un centavo por ello. A las personas también les gustaba ir, por eso en las tardes domingueras se veía a mucha gente por la casa. Había chicos jugando en el jardín, grupos de jóvenes charlando en las galerías tomando unos matecitos y familias enteras que aprovechaban cada rincón de la casa. Ella tenía muy en claro que algunos de sus vecinos no tenían recursos económicos como para ver espectáculos artísticos a menudo, es por eso que se alegraba de verlos allí, disfrutando de los espectáculos de calidad elevadísima. Verlos disfrutar y olvidarse de todas las diferencias por un rato. Le encantaba jugar a la casita feliz.

En la propuesta del teatro confite se podía ver cuatro espectáculos distintos, todos ellos de una duración aproximada de veinte minutos y se hacían dos en simultáneo como para que se pudiera hacer un recorrido dentro del todo libre y que en dos horas aproximadamente se hubieran podido ver las cuatro propuestas.

Cada una de las escenas era protagonizada por distintos grupos de la ciudad. La compañía El pato mojado presentó Jardines rojos, la compañía Maquinal presentó Sombras del sueño, la compañía Didascalias presentó De amor y de verso, y Creación colectiva presentó El inmóvil vacío rojo.

La casa estuvo muy ocupada tratando de que todo saliera lo mejor posible así que no pudo ver en detalle todas las propuestas del recorrido; pero lo que llegó a contarme de lo que vio al parecer la dejó bastante contenta. Me comentó algo sobre Las sombras del sueño, en la que según dice la máquina estaba más encendida que nunca, los cuerpos generaban imágenes que sin dudas decían más que mil palabras y los micro monólogos que componían la escena parecían redundantes al comunicar tanto con el impacto visual. La casa no sabe bien porque lo maquinal no es de lo que más le gusta ver en teatro pero esta escena superó sus expectativas. Claro que también hubo cosas que no le gustaron, o que le gustaron menos pero creo que eso se lo podría decir ella misma en otro momento.

***

El domingo 28, la casa me pidió que le de una mano viendo una de las otras propuestas para que luego se la comente y pueda ella ser una buena anfitriona sin haberle fallado a ninguno de sus invitados de honor. Fue por ese motivo que yo fui a ver El inmóvil vacío rojo. Los pocos minutos que aguardé en la fila antes de entrar al salón rojo de la casa me quedé reflexionando sobre el título, sin haber podido encontrarle una sola lógica, más que la falta de la misma, al orden de las palabras que componen el nombre de la escena.

«Teatro confite», Casa Arijón

Primera fila, no quería perderme nada, había niños pequeños, lloraban. Pero cuándo se apagaron las luces y vieron a Analía Rodríguez manipulando una especie de soga luminosa genial, enseguida guardaron silencio. Las formas de la soga apoyándose en cuerpo su cuerpo lograron captar inmediatamente mi atención, después su baile, empecé a armar una historia en mi cabeza, un amor que no está, que se va, una mujer que extraña. No sé, tal vez no sea ni parecido lo que el grupo pensó, pero en mi cabeza la historia cada vez cobraba más sentido. En especial en el momento en que trabaja con sombras. Una luz de frente y una de espalda generaban dos cuerpos más en la escena además del de carne y huesos de la actriz. Sus movimientos perfectamente planeados para generar unas imágenes sorprendentes sobre la pared; que daban la idea que había tres cuerpos en escena. Para mí durante el tiempo que duró ese «episodio» así fue. La escena –que, vale la aclaración, se me pasó volando– termina con ella en el suelo, desvanecida, cansada, abatida.

En fin, la casa y yo quedamos muy contentas con lo que vivimos esa tarde. Ella espera feliz que se generen más eventos así, en los que no sólo el barrio participa, sino que también el centro visita los barrios.


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Casa arijón


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