Cuentos | Amarás a tu prójimo - Huye, clama, implora. Los gestos que hacen al masticar un pedazo de masa dulce. El líquido verdoso, burbujeante, que sube por la bombillas. Las bolas de los ojos hinchados, ensalivados como dos caramelos recién escupidos. Las dudas, por las dudas, algo dicen. Entre ambos, recrean. Constituyen, instituyen, son lo que va a ser. Los lugares se adivina y en ellos reposan una u otra santidad. También la muerte. Por fin, la locura.

Huye, clama, implora. Los gestos que hacen al masticar un pedazo de masa dulce. El líquido verdoso, burbujeante, que sube por la bombillas. Las bolas de los ojos hinchados, ensalivados como dos caramelos recién escupidos. Las dudas, por las dudas, algo dicen. Entre ambos, recrean. Constituyen, instituyen, son lo que va a ser. Los lugares se adivinan y en ellos reposan una u otra santidad. También la muerte. Por fin, la locura. 

Por Bernabé De Vinsenci | Ilustración: Matías Lázaro

Le digo con fervor, mientras tomamos mates con buñuelos hechos por ella, que desde hace tiempo, diez o doce años o más, descreo de toda entidad superior, ni en el Gauchito Gil ni en San la Muerte, que por las dudas —y se lo digo mirándola a los ojos— me aseguro un lugar en el infierno, y agarro un buñuelo. El tercero. «Para arder con azufre», digo irónico y río.

—No jodas con eso, Bernabé —dice.

Y me mira con repulsión, lo noto en sus ojos, en la mirada perdida pero a la vez penetrante, y me dice, casi gritando, porque en su casa no se grita, que puede adivinar, indistintamente dice, a las personas que practican la brujería.

—Las juzgás —digo y agarro el cuarto buñuelo.

—No. Lo siento —dice.

«Mami está atada», dice de pronto. ¿Atada a qué?, me digo. Mami, es decir Gladys, mi madre es esquizofrénica. Habla y ríe y maldice sola. Maldice hasta a sus hijos. Cuando era chica, tendría unos trece años, fue al curandero Cora. Fue —creo— por una verruga. La curación consistía en cortarse un pelo, frotarlo en la verruga y enterrarlo. Nada de otro mundo. Ella, en cambio, cree que la atormenta un espíritu, que para salvarse debería ir a la iglesia y a alabar a Dios, y diezmar y arrepentirse de todos sus pecados. Del curandero Cora.

Una vez más, ahora fingiendo la risa, me río. «Ustedes deliran», digo.

—No te burles, Bernabé —dice y agarra un buñuelo y se lo lleva a la boca.

Ella, no lo dice pero lo noto, me cree perdido: un alma errabunda. Ella tiene familia, casa e hijos, y yo soy solo y no tengo nada. Ellos, según el evangelio, creen que el cuerpo es el templo de Dios y yo que fumo, que fumo empedernidamente, me cago en el templo de Dios.

No soy ateo pero, de todos modos, me cago en Dios.

La miro y con bronca o asco, ya no sé, me digo: «Es tu hermana, Bernabé. Perdonala».

Como Jesús.

Pero como un Jesús que perdona yéndose.

Con rencor.

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