Poesía | Juan Manuel Inchauspe - Por Horacio Aige | Ilustración: Lucas Collosa

Por Horacio Aige | Ilustración: Lucas Collosa

Trataste de poner lo negro en su sitio,
de ordenar lo desordenado.
Trataste de ver qué cosas te eran más íntimas
y cuáles más lejanas,
qué desesperados corrimientos había,
de donde venía ese desvarío,
ese grito desfilando enloquecidamente en la noche helada:
tenebrosos sueños que no te abandonaban.

Así, de pronto,
viviste el horror
de ver que aquel que estaba en el espejo
era otro.

Pero,
¿cómo pudiste, heroicamente,
cada cosa tratar de poner en su sitio?

Es cierto que se pueden alzar del mundo
los pedazos de un día roto
sin blasfemar.

Es cierto que se pueden quitar las innumerables trampas
de los rincones más oscuros,
batir el desplazamiento de las desavenencias
y cada guarida de cada absurdo
que se fueron devorando una a una nuestras ilusiones
para dejarnos tan vacíos de cara al silencio.

También es cierto que se puede salir con vida
del terror,
y se puede, después, volver.

Y que también, se pueden ir uniendo los pedazos de aquel día
rehaciéndolo de a poco
y llegar a sentir que su forma y su esencia
es sensible a lo cóncavo de tus manos, dolor.

Sí, todo eso es cierto,
pero cuando lo negro rabiosamente aúlla en lo profundo a veces
y va y viene en uno a oleadas fulminantes
y uno decide no irse,
¿quién entonces desenreda el tremendo caos
con manos impertérritas
sin encontrarse a la vez muy solo y enredado,
como ahora, que estás para siempre tan lejos de casa,
muy despacio, caminando sobre escombros?

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