Cuentos | Una medida de seguridad - Por Pablo Makovsky

La primera vez que Marcelo Subirats sintió que algo lo sepa­raba de su hijo, éste se resistía a salir de la panza de su madre.

Entonces, Subirats no pensó que le vedaban el contac­to con la criatura. Hasta ese momento el hijo era poco más que una idea, un ideal dibujado en el vientre redondo de Rita, su esposa. Había pasado casi toda la noche en el sanatorio, junto a la cama donde su mujer hacía el pre parto. Pero no hubo suficiente dilatación. Eran pasadas las siete de la mañana cuando el obstetra entró con una enfer­mera, re­visó la panza de la mujer con los electrodos de un aparato y le dijo a él que permaneciera en sala de espera. Iban a cesárea.

Emilio nació sin otras compli­caciones que las de su madre al dar a luz y a Marcelo Subirats nunca se le ocurrió que esto tuviese un signifi­cado particular, hasta que el bebé tuvo siete meses. En­tonces los he­chos le dieron al episodio la di­mensión del in­dicio, de una señal.

***

Subirats había dormido y deposi­tado a Emilio cuidadosamente en la cuna. Sonó el teléfono. Iba a atender cuando el bebé prorrum­pió en llanto. Volvió a la pieza –porque desde un principio estu­vieron de acuerdo con su esposa en que Emilio no debía dormir más de un mes en la habitación de ellos–, alzó a su hijo y le canturreó algo parecido a una canción de cuna con la voz áspera y de­safinada de la sed. Hacía cerca de una hora que lo acunaba. El teléfono llamó un rato largo hasta que paró. Subirats repasó la si­tuación men­talmente: le ha­bía dado la mamadera a horario, lo ha­bía hecho eructar, era el momento de su siesta pero no se dormía. No había he­cho caca, tal vez era eso. Revisó los paña­les otra vez. Esta­ban un poco meados, pero no de­masiado como para cambiarlo o para que le impi­dieran dormir. Se paseó desequilibradamente por la pieza en penumbras, esquivando el cono de luz del velador sobre la repisa; rozó con la frente los móviles que col­gaban del techo. Por la puerta entrea­bierta se colaba una leve corriente de aire fresco; tal vez tenía frío. Si Emilio esta vez se quedaba en la cuna, cerraría la ventana del hall después de acos­tarlo.

Con la ventana del hall cerrada el día parecía des­perdiciado. Era un día fres­co de verano. Los rayos del sol caían oblicua­mente sobre la casa y proyectaban su perfil sobre el césped ful­gurante del patio. Subirats miró sus papeles sobre la mesa con el teléfono inalámbrico en la mano. Su hijo dormía en la cuna. La luz del día, a las cuatro de la tarde, en el suspenso de la casa, traía expectativas que el hombre sopesó con un dejo de melan­colía. Abriría la ventana nue­va­mente y cerraría pri­mero la puerta de la habitación de Emilio.

Cerca de la puerta sintió aquello que ya había sentido antes sin poder formulárselo, cierta in­quietud: las som­bras espesas donde se agitaba el perfume del bebé, la respiración en el fondo de la cuna como el rumor de un arroyo le­jano y pequeño, la penumbra que respi­raba con Emilio. Pero ahora escuchó un ronquido breve, apagado y «húmedo» –fue el adjetivo que se le vino a la mente. Entró y llegó hasta el bebé en dos zancadas. Entredormi­do, casi ahogado, Emilio re­fregaba el rostro sobre el vómito reciente.

***

—¿Para qué? —dijo Rita.

Salían del médico.

—Una medida de seguridad —dijo Subirats.
—Ya oíste al médico, fue cir­cunstancial.
—No va a estar de más, sólo como una medida de seguridad.
—Puede ser —dijo—, pero me parece que la mejor medida de seguridad es que controlemos nuestros miedos para no transmitírselos, en lugar de po­nerle walkie-talkies en la pieza —la elocuencia de Rita lo ame­drentaba; veía en esa elo­cuencia una verdad contundente. Subirats se consolaba pen­sando que quizás todas aquellas ideas no eran sino influen­cia de las ami­gas. Dos eran psicólogas. Que­ría aquella lucidez distante y ajena.

Los «walkie-talkies» eran un sistema de transmisores y recep­to­res de FM que se colocaban uno junto a la cuna del bebé y otro junto a la cama de los padres, de modo que podía escu­charse cual­quier perturbación en el sueño de la criatu­ra, siem­pre que esa pertur­bación vibrara sonoramente en el aire.

Subirats consiguió los walkie-talkies en una casa de te­lefonía, había averigua­do antes en un ne­gocio de elec­trodomésticos y le habían aconsejado que bus­cara por allí. No habían salido tan caros.

Durante una semana durmió tranquilo. Entraba en puntas de pie a la habi­tación de Emilio, obser­vaba el cuerpo henchirse de aire en el fondo de la cuna, consta­taba que el walkie-talkie (tenía otro nombre, pero Rita lo siguió llaman­do así y él se acostumbró a esa deno­mina­ción) estuviera encendido y se iba a su pieza; pe­gaba la oreja al recep­tor que había sobre su cama y no se acostaba hasta haber escuchado el suave pulso de sopli­dos de su hijo.

En el trabajo habían aceptado una idea suya para una publi­cidad y ese día el presidente del directo­rio se había sentado a tomar un café con él en su escrito­rio.

—Mirá vos, che, te vamos a meter de extra en el corto. Quién te dice, a lo mejor lo tuyo es el arte —dijo el presidente con las piernas cruzadas y blan­diendo un vaso de cartón lleno del café de la máquina expende­dora.

Subirats trabajaba en una agencia publicitaria. Era contador, aunque otro contador se encargaba del grue­so de las tareas de tesorería y él ocupaba un lu­gar in­termedio entre jefe de perso­nal y adminis­trativo. Pero tuvo aquella idea. La empresa tele­fónica le había pedi­do a la agencia una campaña para un nuevo servicio de informaciones que empezaría con un video tele­visivo. Los creativos dieron vueltas en torno a algunos es­bozos que no convencían demasiado a ninguno hasta que Subirats se animó y contó su idea: un grupo de gente practi­ca el juego de la copa, preguntan por un espíritu, la copa se mueve entre las le­tras del abecedario, alguien anota lo que señala la copa; ma­nuscrito en un pa­pel el mensaje dice: llame al 205 –el servicio que la telefónica quería publicitar.

Su idea.

Dos días más tarde, alentado por sus compañeros de trabajo, llevaba puestos unos gruesos anteojos de au­mento con marco de carey negro, tenía el pelo aplas­tado por la go­mina, dos tira­dores le sostenían los pan­talones y un moñito ridículo le abra­zaba el cuello. Era el tonto del grupo en aquella ficticia mesa donde ha­rían el juego de la copa para las cámaras de video. La caracterización de su per­sonaje había demandado trabajo. Se divertía. El realizador los hizo practicar un rato antes de em­pezar con la filma­ción. Rita iba a ir a verlo, pero Emilio no tenía un buen día y su suegra no podía cui­darlo. Les apagaron las luces del estudio y dejaron un reflector blan­co y po­tente sobre la mesa, cuya sombra se proyectaba con bordes filosos en un piso plastificado. Ju­garon con la copa entre risas hasta que una chica saltó de su asiento haciendo caer la silla, que ex­plotó contra el suelo del estudio como un puñado de varillas metálicas.

—Se movió sola —gritó la chica. Se llamaba Mara o Maira, algo así.

Le dijeron que la corte, que ha­bía estado bueno para crear cierto clima –se lo decía el realizador, en voz baja–, pero que la cortara de una vez.

—Se movió en serio, no es joda —insistía Mara o Maira.

El realizador y alguien más se la llevaron fuera de la luz pe­sada e incandes­cente del reflector y le hablaron con susurros que parecían disolverse cuando llegaban hasta la luz. Después de eso Mara o Maira volvió a la mesa, hizo su parte hasta el fi­nal pero su expresión ha­bía cambiado, como si una máscara transparente le distorsionara el rostro. Subirats sintió que los ojos de la chica expelían una especie de vacío y esquivó su mirada.

***

El día que pasaron la publicidad por televisión Subirats invitó a los suegros a su casa para verla antes de la cena.

Antes de acostarse repitió la ope­ración de constatar el fun­ciona­miento del walkie-talkie y se dur­mió abra­zado a la almo­hada.

A las cuatro de la mañana lo despertó un estrépito de voces que se desvane­cieron en el tumulto del sueño. Sin embargo, Marcelo Subirats sabía que las voces ve­nían del walkie-talkie encima del respaldo de su cama. Permanecía con medio cuerpo incorporado, envuelto aún en el sopor del sueño cuando es­cu­chó a su hijo emitir una risita débil y serena que crujió a través del pequeño parlante.

Entró a la pieza de Emilio en puntas de pie. Podía ver porque dejaban una lamparita amarilla de 25 watts en el pasillo. En el fondo de la cuna su hijo lo miró con los ojos muy abiertos mientras una sonrisa tem­blaba todavía sobre sus labios. Hasta que rompió en llanto.

Lo acunó la madre con un arrullo que llegaba hasta la cama de Subirats como un ronroneo. El ronroneo lo durmió, pero a la mañana recordó vaga­mente el remo­lino turbio de un mal sueño.

—Saquemos los walkie-talkies —le dijo al otro día Rita, cuando él volvió del trabajo.

Subirats se negó.

—Si lo decís por lo de anoche —dijo—, ya estaba despierto cuando entré en su cuarto.
—Entraste porque no sé qué escuchaste por el aparato.
—Estaba despierto —repitió Subirats, seguro de que su evidencia era un buen ar­gumento para mantener en su lugar los walkie-talkies. Apenas le ha­bía comentado a Rita lo que escuchó por el parlante cuando se levantó para calmar a Emilio, la noche anterior.
—Preferiría que los sacaras —dijo ella.

En marzo el calor se hizo más intenso. Una cortina de vapor húmedo y ar­diente abrazaba la ciudad. A la noche, con el ven­tilador de techo encendido, la habitación de Subirats se inun­daba con el gemido grave y monótono de las aspas que remo­vían el aire denso y caliente. Había vuelto a suceder. El estré­pito de voces a través del walkie-talkie, el bebé despierto son­riendo a la pe­numbra en el fondo de la cuna. «Sonríen a los ángeles», decía todo el mundo, es decir, sus suegros, dos o tres compañeros de trabajo y uno de los amigos de Bombal, su pueblo, que trabajaba en una compañía de seguros, en la misma cuadra en la que estaba la agencia de publicidad. Subirats no hacía comentarios. Pero al regresar a su casa notaba que sus miedos se multiplica­ban. Los miedos le corrían dentro como un ejército descabezado y en fuga. Se tocaba las sienes y sentía que las yemas de los dedos rozaban las puntas de bayoneta de ese ejército. Temía que algo de su naturaleza se hubiera perdido, o trastornado, y que eso que ahora percibía como una falta le im­pidiera acercarse con con­fianza a jugar con su hijo, era lo poco que había despe­jado. Casi no hablaba con Rita y la mayoría de las veces peleaban. Se movían por la casa empujados por olas de calor y se fastidia­ban encontrándose en la atmósfera caldeada de la cocina, donde siempre había en la hornalla una mamadera a baño maría, una pepilla calentándose (Rita no confiaba en el microondas para calentar la comida del bebé).

Una noche, cuando volvió tarde de la agencia, su esposa ha­bía sacado los walkie-talkies. Subirats le hizo saber de su rabia en silencio y antes de acostarse desafió la furia muda de Rita colo­cando de nuevo el aparato.

—Separémonos —dijo ella con la voz ronca y la cabeza hun­dida en la almo­hada—, va a ser mejor para Emilio. Los niños con más problemas son los hijos de las parejas que no se separan.

Tragando con la boca abierta el aire tibio que le raspaba el pecho, abrumado por la noche que tenía por delante, bajo el influjo circular y pesado del venti­lador, Subirats le contó todo (aquella idea suya, la filmación, lo solo que se sentía en la ciudad, lo lejos que le parecía que quedaba su mundo, la sospecha de que no había un tal «su mundo») y terminó hundido en los brazos de su mujer.

—Por eso —dijo Rita, distante todavía—, sacá ese aparato.
—Mañana. Mañana —dijo Subirats antes de dormirse.

Entrada la madrugada lo despertó el estallido de una voz. Rita se incorporó con él en la cama. Era una voz y atronaba con un eco metálico y crepitante a través del walkie-talkie.

Llegaron a la pieza de Emilio atropellándose por el pasillo que hervía bajo la lamparita de 25 watts. Entonces prendieron la luz y lo vieron sonriendo a algo que se agitaba en el aire. Algo que ellos no veían. Algo que divertía al bebé y que éste seguía aten­tamente sosteniéndose en sus pequeñas piernas y aferrado a los barrotes de la cuna. Desde el walkie-talkie, en la pieza de su hijo, Rita y Subirats volvieron a escuchar la voz. Había algo en la voz que no eran palabras y transmitía un mensaje oscu­ro que remontaba un entrevero de palabras.

***

Lo que quedaba de esa noche lo pasaron en la habitación matrimonial. Emi­lio durmió en medio de la cama y ellos vela­ron su sueño aterrorizados. Antes se deshicieron del walkie-talkie y lloraron junto al bebé, que parecía asustado tras el encuentro con sus padres.

Cuando su hijo cumplió un año Rita y Subirats vivían en casa de los padres de ella; hasta que pudieran vender su casa y comprar otra. Rita habló con sus amigas psicólogas. Héctor Subirats, el padre de Marcelo, llamó a un cura jesuita que vivía en Buenos Aires y había estado algún tiempo en Bombal. El cura vino un par de veces. Otro par de veces viajaron los tres hasta la capital. Mar­celo Subirats se cruzó una mañana con Mara o Maira, la chica que se había trastor­nado cuando filmaban el corto publicitario del juego de la copa. Le pa­reció que iba a hablarle, pero al fin dio media vuel­ta y siguió su camino. Subirats reconoció algo suyo en aquél abismo que la mujer llevaba en los ojos.

Emilio tiene ahora dos años.


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