Crónicas | Protocolo Cabrera - Por Lautaro Lamas

La llegada

Llovía a cántaros en Rosario y el pavimento brillaba y crepitaba. Pasamos por la puerta del Teatro La Manzana pero como no había lugar para estacionar doblamos por Moreno y conseguimos un lugar por calle San Luis. Veníamos fumando y dimos la vuelta a la esquina a los trotes, protegidos por los bordes de algunas cornisas con el cigarro prendido entre las manos. En el umbral de la sala nos cobijamos para terminar la pituca con las ropas humedecidas y luego entramos al foyer donde encontramos personas queridas, anfitriones amigos, varios desconocidos, y alguno de esos que nunca faltan que miran para otro lado cuando uno intenta saludarlo. Esperamos de pie, amuchados, y cuando dieron sala fuimos todos en fila india (para no mojarnos) bajo el alero de un patio que brillaba por el agua que refrescaba las plantas, la madreselva feliz. Adentro nos trepamos a la última fila de esas buenas gradas plegables que el Instituto distribuyó por el país y a sala llena, corazón contento, nos abrazamos para mirar.

Tour de Force de ideas de mierda

Un personaje atrás del otro va apareciendo pero no a un ritmo vertiginoso sino calmo: serenidad, música y desnudez escénica entre uno y otro, genialidad, lucidez y delirio en cada uno de ellos. El primero es El Tano: graciosos hay muchos, gente con gracia poca. Nos cagamos de risa por su imagen y su discurso compra/vende-patria pero disfrutamos de su gracia al bailar un ritmo que parte la escena, la quiebra y retoma para continuar su relato de crápula empresarial, con ese casco como diseñado para resistir los embates de un país que constantemente te tira con todo y sin piedad, lentes oscuros de garca italianos que reflejan el brillo de las luces, acento de tano argento, con eshes en lugar de algunas eses, y todo el chamuyo de la galaxia como para hacer negocios con todas y todos, sin escrúpulos, comprando y vendiendo a la patria o a la madre. Las risas brotan aisladas en las gradas, por sectores del público, como si fuésemos un gran cuerpo al que nos van haciendo cosquillas por partes. Pero cuando la actriz se desprende de ese primer ser teatral y desmaquillándose aparece ella, Mónica Cabrera en persona, las risas explotan como cuando pega el ácido en el medio de la noche: nos cuenta una historia personal entreverada de guiños sociales que al llegar a su remate todos nos destornillamos a carcajadas en las butacas. Pero el relato es tan mordaz e hilarante que nos reímos pero por dentro quisiéramos llorar ya que refleja con maestría las características de una sociedad, un país, que pareciera ser una concatenación de personas e Ideas de Mierda.

Protocolo cabrera | Teatro

Capacómica

A esa altura es evidente que estamos frente a una Capacómica. Su humor es político, social y de actualidad, en la línea de los grandes del humor argentino; nos reímos a carcajadas pero por dentro sufrimos: nos reímos de nuestras miserias, de nuestros dirigentes, de nuestra identidad. Es ese humor que nos refleja y nos devela, que nos deja por momentos a media mueca risueña, como si partiéramos las máscaras de la simbología teatral y las pegáramos, mitad alegre, mitad triste, incrédulos de pertenecer a un país tan risa y llanto a la vez. Ese es el gran humor argentino, y desde Niní a esta parte fueron pocas las mujeres que tuvieron el lugar como para lucir su talento a nivel popular. Cabrera lo tiene pero acá, en el teatro independiente, con puñados de público, no en la tele donde siempre es «la mujer que hace de mucama». ¿Podría este humor llegar masivamente a través de la televisión? Se necesita. Utiliza con valor y desenfado los símbolos patrios, políticos y culturales y los revuelve y nos los tira encima para que los reconozcamos y así cagándonos de risa de alguna forma nos entendamos, nos encontremos. Si así fuese y ella pudiera mostrar estos seres, estos textos, en un medio masivo, Cabrera se instalaría allí, en el altar de los grandes del humor nacional.

Teatro salvaje

Pero hay una diferencia que ella despliega: no son sólo monólogos sino que hay composición actoral, y sin maquillajes ni FX, con pura actuación, ese tipo de actuación que me gusta llamar salvaje. No busca gustar ni convencer, se entrega. Actúa no sólo con textos (que son geniales) sino con energías, con cuerpos desarticulados y místicos, personajes que se llevan puestos el entendimiento racional y expresan simbología. Y en ese Tour aparece una enfermera ácida y malvada, una ególatra demócrataprogresista (increíble descomposición física en un sillón), un forro senador de los que abundan representando a conservadoras provincias, un maravilloso clown hipocondríaco y destrozado, tal vez el clown más vulnerable y por ello adorable del mundo, una cocinera transa, y la maestra o directora de escuela que es a su vez el ser nacional, la república, la paradoja argentina. Pero no sólo su actuación es salvaje, sino que entra también en el concepto de Teatro Salvaje que Ricci desarrolló hace décadas y se refiere al teatro que anda por las provincias: aunque Mónica Cabrera es de Bs.As., elige salir a los teatros independientes, como este de La Manzana a mostrar su producción. Es más, este trabajo bien podría haberse gestado en un espacio independiente rosarino, está cerca de este salvajismo de las provincias que no queda sólo en las esferas intelectuales como la mayoría del consagrado en CABA, sino que se lanza al barro emocional, físico e imaginativo, rompiendo los estereotipos de lo que es un cuerpo entrenado y lo que es mejor: sin jactarse de nada.

Pelota al pie

Sabía que era una gran actriz por comentarios de gente que conocía sus trabajos y por los videos que he visto en Facebook o Youtube (busquen); pero superó por mucho lo que imaginaba: me movilizó hasta las tripas, me maravilló su potencia, me hizo cagar de risa y me hizo pensar. Además fue para mí una clase de actuación, se puede hacer una obra potente sin necesidad de desgarrarse, manteniendo un ritmo de pelota al pie, a lo Bochini, a lo Negro Palma, a lo Tata Martino si querés, o utilizando una figura del equipo que ostentaba un banderín al fondo del escenario: a lo Rúben Walter Paz ¡qué pegada Cabrera!