Poesía | Sangre en cascada rota - Por Jorge García Prieto | Collage: Agostina Bertolotti

Me quito el rostro y debajo
hay otro rostro y lo quito.
Tengo un rostro que está inscrito
y un rostro que el viento trajo.
Tengo un rostro con que ultrajo
el close up de cierta foto.
Tengo un rostro que es ignoto
de tantos ser a la vez.
Hoy llevo un rostro al revés
encima de un rostro roto.

Según la pasión lo opuesto
y según la jaula el canto.
Con un rostro me levanto
con otro rostro me acuesto.
Si algún día a Dios le presto
un rostro para no ser
no filmen queriendo ver
el rostro que me incrimina.
Tengo un rostro que camina
sin las piernas de volver.

La quietud de tanta prisa
lleva en su rostro mi cara
zurcida. ¿Será la escara
de este siglo que agoniza?
El rostro de la ceniza
da su jaque en el tablero.
Cuando nací lo primero
que trataron de callarme
fue aquel llanto por quedarme
con un rostro verdadero.

 


 

                                                                                                       para Adriana, y sus muñecas

Abrió sus muñecas. Brota la sangre como cortina de sangre con nicotina, de sangre en cascada rota, de una sangre que rebota entre los muertos y vivos, de sangre con sustantivos tan lentos como una
mula, de sangre que se acumula entre charcos suspensivos…

De sangre es un recipiente, un ánfora carmesí.
Desde el suelo
el bisturí se ahoga en llovizna hirviente de sangre
y después
hiriente
crepuscular
llega el frío
se posa
congela el río, cada raíz se fragmenta.
(Dios filma en cámara lenta).

El cántaro está vacío.

¿Sobre cuál hombro te secas, qué sangre pudo escogerte, qué mago logró coserte sin temblar las
dos muñecas?
La nitidez de tus pecas gana la luz de un rubí repartido.
Un colibrí entre sus alas te absuelve.
¿Y por qué tu sangre vuelve
a la sed del bisturí?

 


Salgo en busca de arroz
y regreso con libros.
Salgo en busca de aceite
y regreso con libros.

Cualquier rincón es un altar donde amontonarlos.
El polvo que imantan
es la voz de mi hambre y de mi soledad.
Mis mujeres no advierten a la hora del arroz y del aceite
esta fosforescencia que se filtra por los hoyos del morral.

Las he visto desnudas desafiarlos
y yo amo la desnudez de las mujeres
mucho más que El Cantar de mio Cid
pero al cabo del tiempo ellas se visten
dejan espacios vacíos que muy pronto
son conquistados
por decenas de libros.

 


No puedo/logro respirar como los hombres
que inmunes hacen fila.

Algo diside en mi
respiración… y no me salva el yoga,
torcer la lengua dentro de un papel oscuro,
encenderla/quemarle el alfabeto.

No intento respirar mientras me ahogo/atasco.
Sonámbulo en apnea, los brazos
extendidos como puntas de lanzas.

El boxeador se acomoda la mandíbula frente al espejo.
Aquí y allá, un poco hacia la izquierda (cruje)
y otra vez hacia allá (respira)
se desclava los ganchos que cuelgan de su vientre.

La quinceañera virginal ofrece el himen.
Un dardo la perfora (respira) y otra vez la perfora.
Acabo de nacer, en lugar de llorar
ahora respiro
y ya me siento antigua.

Es un acto mental
lo sabe el pez
cuando un anzuelo se instaura sobre un coral de fuego.

A ustedes, instintivos del nitrógeno
les envidio la lisura cerebral,
la aptitud zombi
con que salen del útero y ensillan a la muerte.

Se inflan, se desinflan
como aquellos cartuchos
que mi niñez reventaba.

 


Ancas delanteras apresando un semicírculo
ancas traseras en rigidez tensadas, ojos
como disparos de cañón en off: Amenazantes.

Tal parece que gravita
que el formol es la anulación de su atmósfera
que el formol es su atmósfera.

Entre el sapo en formol y el sapo en la espesura
la cruz con su habitante es como un péndulo.

Para Europa la melena de Cristo es de un dorado que encandila
para Asia Cristo tiene los rasgos aplomados de un mongol
para África el pene largo y grueso y negro y allí también pusieron clavos.

Cristo desde la cruz escucha tieso, encartonado, los suspiros del mundo
el crujir de un insecto bajo la fruta que lo aplasta
la lentitud con que la fruta se descompone sobre el insecto
la fusión del insecto y la fruta, el ruido de la manchan que serán.

El sapo en formol no emite ruido alguno (pensamos)
no tenemos los tímpanos de Cristo
pero Cristo escucha el silencio de este sapo.

Ancas delanteras apresando un semicírculo
ancas traseras en rigidez tensadas, ojos
como disparos de cañón en off: Amenazantes.

La mirada de Cristo lleva tu edad resbalando cruz abajo.
Los ojos del sapo rebotan como pelotas contra el vidrio.

Las lágrimas de Cristo pudrirán la cruz.
Los ojos del sapo agrietaran el frasco.

Ventosa a ventosa todos los sapos saldrán de la espesura.
Todos los hombres estrenaremos un bulbo transparente.

Extremidades delanteras sujetando una cruz
extremidades traseras convirtiéndose en ancas, ojos
como disparos de cañón en off
resbalando eternidad abajo
resbalando detenidos
por la espesura del formol.

Hubiese sido práctico en justeza crucificar al sapo, decirle a Dios
convénselo y que entre.
Miren, niños, es el hijo de Dios detrás del vidrio
sus vísceras son iguales a las nuestras.

Sapo nuestro que estás en la espesura
santificadas sean tus ancas, tus ojos
como disparos de cañón en off.

Insomnio | Collage de Agostina Bertolotti