Ensayos | Razones y sinrazones de la lectura - Por Roberto Retamoso | Ilustración: Melina Belloni

Leemos. Y al hacerlo creemos, o imaginamos, que lo hacemos por alguna razón. Por el afán de saber, por el deseo de disfrutar. Incluso por alguna razón moral (leer es bueno, o noble).

También creemos, o imaginamos, que se lee para algo: para elevar la vida, para mejorar el mundo.

Lo que cuesta admitir, por el contrario, es que se lea porque si. Carente de razones, la lectura se convierte, entonces, en una deriva azarosa, impredecible.

En una deriva carente de sentido, y por lo mismo, irracional.

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¿Molesta que se afirme la irracionalidad de la lectura?

Las almas buenas -las almas nobles- se incomodan, u ofuscan, ante esta clase de proposiciones.

Y sin embargo, qué racionalidad (qué lógica) puede haber en el hecho de dedicar horas y días -a veces la vida entera- a leer una obra.

La que fuese, la que sea.

La obra de un Chandler, de un Borges, de un Kafka, de un Dostoievsky.

La obra de un Oesterheld, de un Shakespeare.

La obra que se nos ocurra, donde nos volcamos, nos entregamos, porque descubrimos que ese mundo es el mundo donde deseamos vivir.

Por más que no quede en ninguna parte.

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Los niños leen. Leen cuentos, historietas. Leen historias que tienen la forma de un juego -donde las partes se componen según una lógica disyuntiva y progresiva- en sus dispositivos móviles.

Leen, así, cuando leer es una experiencia de libertad.

En la escuela, en cambio, leen poco, o no leen.

Porque la lectura escolar es una lectura impuesta.

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Las lecturas impuestas suelen denominarse canon.

Ese vocablo proviene de la tradición eclesiástica, que establecía cuáles eran los libros que todo creyente debía leer.

Esa tradición establecía también qué libros no se debía leer.

A esas lecturas prohibidas se las denominaba index.

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Entre el canon y el index se dibujan las formas evanescentes, difuminadas, de una voluntad de poder.

De una voluntad que afirma y que niega simultáneamente.

Y que como tal, lleva impresas las marcas de su fracaso: la lectura nunca es obra de una imposición.

Menos aún, de una prohibición.

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¿Será, tal como afirma Barthes, que la lectura es obra del deseo?

Leemos porque deseamos, diría Barthes, en la instancia de dar cuenta de la causa de la lectura.

Pero el deseo es ciego, tanto como sordo. Y en algún punto, incluso mudo.

El deseo no tiene razones: sus móviles, lo que lo impulsa, suele situarse en el plano de lo inefable.

De lo inefable, porque no hay palabras que puedan nombrarlo.

Es verdad que ponemos palabras a lo que nos hace leer, pero son erráticas. O equívocas.

Porque casi siempre nombramos lo que no es, y no decimos (no podemos decir) lo que efectivamente es.

La palabra humana -la palabra lectora- está condenada, desde siempre, al terreno cenagoso del malentendido.

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¿Qué son las letras?

Se dirá: los signos que se ofrecen a una lectura.

Y que como tales, son engañosos.

Porque nunca revelan un sentido unívoco, discernible, a través de sus trazos oscuros.

La oscuridad de las letras (las letras suelen ser negras, salvo excepciones) no es más que una metáfora gráfica de su verdadera sustancia.

A la que la forma pretende ocultar, o evacuar.

La claridad es la utopía secreta de casi toda escritura.

Utopía imposible, inviable, porque más allá de las formas, toda escritura no es otra cosa que un rebus, un jeroglífico.

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Jeroglífico: si la escritura lo es, ¿ello significa que hay un sentido larvado, latente, detrás (o debajo) de sus formas crípticas?

El jeroglífico no es la manifestación fenoménica de un sentido pleno, indiviso.

El jeroglífico no es otra cosa que el simulacro de la revelación de un sentido. Debajo, o detrás, de él, no hay -literalmente- nada.

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Se dirá: el texto fue escrito para decir algo. Sea.

Pero aquello para lo cual fue escrito se pierde, inexorablemente, en el espacio brumoso del tiempo, o en la temporalidad sinuosa del espacio.

Por más próximo que se halle -respecto de nosotros- el autor de un texto, su voluntad, su intencionalidad, se convierte en un enigma absoluto.

¿Cómo saber lo que alguien desconocido, inexistente, para nosotros quiso decir?…

Es más: ni siquiera podemos saber si, para nosotros, realmente quiso decir algo.

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Entonces…

Entonces no nos queda más remedio que leer por nuestra cuenta.

Lo cual significa elegir, decidir, sin tutorías ni sacerdocios.

Incluso, sin magisterios.

Ello no implica que no haya maestros -grandes maestros- de lectura.

Pero no enseñan qué dice un texto.

Enseñan, en todo caso, cómo leerlo.

Cómo leerlo: una actividad que será, en todos los casos, única, irrepetible.

Tanto como el sentido que, cada cual, enfrentado al texto, puede –logra– leer.

Canción del Jardinero | Ilustración: Melina Belloni