Cuentos | Un lindo nombre para todos - Por Leonardo Oittana | Ilustra: Juan Cruz Trangoni

Amanda empujó la puerta con las dos manos, entró al comedor, dejando que se cierre con violencia el mosquitero, y se detuvo al lado de la mesa.

Papá, dijo.

Su padre le preguntó qué pasaba. Amanda, todavía agitada por la corrida, lo miraba fijamente. La boca entreabierta, pareció que tragaba algo. Intentó hablar, pero era como si se hubiese olvidado por completo de lo que quería decir. Giró la cabeza y extendió un brazo en dirección al patio, de donde acababa de llegar.

Su madre servía una porción de puré en cada plato; le pidió que se sentara a comer, que se enfriaba la comida.

Amanda miró a su padre. Una vez más, cuando cerró la boca, pareció que intentaba tragar algo. Su padre le repitió la pregunta:

Qué pasa, dijo.

Esta vez Amanda contestó, con otra pregunta:

¿No los escuchás?

Su madre aprovechó el momentáneo silencio y le recordó, como siempre, que debía tener cuidado al cerrar el mosquitero, que no tenía que dejarlo chocar fuerte con el marco de la puerta, como había hecho recién. El padre la interrumpió con un gesto. Volvió el silencio. Los tres se quedaron quietos, como estatuas, atentos a los sonidos que llegaban del patio.

Pertenecen a la familia de los ortópteros y al subgénero ensifera, por las largas antenas. Las alas, similares a hojas, posibilitan el camuflaje.

El padre le preguntó a Amanda qué era lo que debían escuchar.

Los bichitos raros de afuera, respondió Amanda.

¿Raros?

Sí, papá, ¡hay muchos!

¡Sentate a comer!, le gritó la madre.

Amanda rodeó la mesa, trepó con esfuerzo la silla y se sentó. Tenía la frente y las mejillas coloradas por el sol alto del mediodía. Le caían algunas gotas de transpiración. Su madre le secó los labios, el mentón y el cuello con un repasador.

De pronto, observó a su hija y se sobresaltó.

¡Serás de Dios! ­¡Mirá como tenés el vestido!, dijo, o más bien gritó. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no juegues en la tierra después de bañarte? ¿Cuántas veces? Luego le habló a él, al padre de Amanda, para que también le diga algo, para que se ocupe también de su hija.

Es que fue por los bichitos, mamá.

El padre le señaló el plato. Comé, que se enfría, dijo.

La madre movió la cabeza hacia ambos lados, aún más fastidiada, y empezó a comer.

¿Es que no los escuchan?

Ahora la voz de Amanda era pausada y limpia.

Y no se te ocurra dejar el puré, dijo la madre, como si no la hubiese escuchado y como si, al mismo tiempo, a la orden de él le faltase lo más importante. Comé que si no te van a crecer sapos en la panza, agregó, mirándola con seriedad.

Según una superstición de siglos, se creía que se alimentaban del rocío dispersado por las mañanas húmedas. En realidad, su régimen alimenticio es omnívoro: comen tanto hojas, tallos y raíces de plantas como insectos. Incluso, si se encuentran en una zona habitada, suelen comer los desperdicios de una casa, siempre y cuando éstos sean de pequeño tamaño, como es el caso de las migajas de pan. Asimismo, se alimentan de frutas o verduras que contengan un sabor ácido, como el limón o la cebolla, por ejemplo.

¡Panza no! ¡Barriga! ¡Ba-rri-ga! Sapos en la barriga se dice, corrigió Amanda, que, evidentemente, no perdonaba por nada en el mundo ese tipo de equivocaciones. Después se quedó pensativa unos segundos, haciendo montoncitos con el puré en el plato: se preguntó si más bien la frase no hablaba de convidar o no, más que de comer o no. Entonces preguntó:

¿Y no era que si no convidaba me salían sapos en la barriga?

Pero si no comés, también, le contestó su madre.

¡Sapos no! ¡Sapos no! Esos bichitos me van a crecer, los que están afuera, dijo Amanda, mirando esta vez a su padre, que respondió:

Sapos.

¡Eso no! Esos bichitos me van a salir. Como a Bobi, en la barriga.

No digas pavadas, querés, dijo el padre, riendo. Luego cortó el pan: dejó una mitad al lado del plato de su hija y con la otra mojó el jugo del bife.

La madre se levantó a reponer la jarra de jugo fresco. Al sentarse a la mesa se preocupó por Amanda, que levantaba y bajaba el tenedor como si fuese un avión que daba sus últimas volteretas antes de precipitarse definitivamente. Le preguntó por qué casi no había tocado la comida.

Es que hace mucho calor mami, y están esos ahí afuera, Bobi los está mirando, dijo Amanda, que volvió a apretar la garganta como si tragara algo y después señaló la puerta mosquitero con una mano y con la otra estrelló el tenedor en un montoncito de puré.

Su padre le preguntó de quiénes hablaba: quiénes estaban afuera, qué era lo que miraba el perro. Amanda, que aún señalaba la puerta, contestó que hablaba de los bichitos, de los bichitos raros, y reiteró la pregunta:

¿No los escuchan?

Sólo los machos cantan, para atraer a las hembras. Cada especie posee su propio repertorio. El sonido es el resultado del roce de las puntas de las alas entre sí, que terminan en forma de peine.

La madre bajó el volumen del televisor. Sólo se oían los ladridos del perro, los autos de la calle y la voz de la vecina del patio lindero llamando a comer a sus hijos.

¿Los escuchan?, preguntó Amanda, esta vez levantando la voz.

No se escucha nada, contestó la madre.

Nada, dijo el padre, estirando la mano hacia la jarra de jugo.

Amanda pidió silencio. Escuchen, dijo, están cantando.

No hay nada, respondió la madre. Es el perro, es Bobi que juega.

Amanda comentó que a esa hora debían de estar en sus cuevas: estaba segura de que era por eso que no los escuchaban.

Ilustra: Juan Cruz Trangoni

Proyectan su canto excavando una cueva de aproximadamente medio metro de profundidad, la cual termina en una cámara de resonancia esférica. La tenacidad de sus sonidos se agudiza avanzada la tarde y continúa durante toda la noche, sin intermitencias, en especial en épocas de verano.

Al terminar de almorzar, la madre recogió los platos y los cubiertos y trajo el postre a la mesa. Mientras Amanda metía un dedo en el dulce de leche, su padre estiró un brazo hasta la pared, movió la perilla de un golpe y aumentó la velocidad del ventilador de techo. Amanda no comió el flan, en cambio bajó de un saltito de la silla y así, con las manos pegoteadas de dulce de leche, salió al calor del patio. Su madre alcanzó a ponerle una gorra para protegerle la cabeza del sol. Parte del pelo rubio de Amanda logró escaparse por los costados de la gorra y se agitó por el viento de la corrida. Antes de salir, preguntó:

¿Puedo decirle a Bobi que deje de mirarlos?

Sí, respondieron sus padres, al unísono.

Ella se dirigió a él, a su marido, y le dijo:

Espero que no esté tanto afuera, el sol está fuerte y hace mucho calor; en un rato andá a buscarla.

Está bien, no te preocupes.

Ella, de pie en el comedor, se quedó pensando en algo. Sí, se preocupaba, por todo.

Y no te olvides de darle de comer a Bobi. El balanceado está donde siempre, agregó.

Está bien, respondió él.

Casi no llegaban sonidos del patio. Sólo se escuchaban de a ratos los ladridos del perro. Amanda observó las cuevas, los múltiples agujeros. Bajó la cabeza, acercando su sombrero a la tierra. El polvo se le adhirió rápidamente al dulce de leche de los dedos, el perro movió su hocico detrás del vestido, entonces Amanda cayó hacia adelante por el empujón, sintió un gusto amargo en la lengua, le ardieron los ojos y escuchó, con la cara pegada al piso, el canto subterráneo. Un olor como a flores le llegó de a ráfagas a su nariz sucia de tierra. A un costado, el perro ladró y hundió el hocico en el pasto, con fuerza, como persiguiendo algo que, de ningún modo, iba a dejar que se le escape.

Son en extremo limpias las entradas de las cuevas. Al ser territoriales, dicha prolijidad cumple el papel, junto al canto característico, de primera impresión para atraer a las hembras al apareamiento; aunque constan otras técnicas, como la producción de un perfume corporal (a través de la generación de grandes cantidades de hidrocarburos curticulares) por parte de las especies más débiles que no disponen de un canto intenso y de largo alcance.

El padre salió al patio para darle de comer al perro y vio a su hija en el suelo. La cabeza descubierta al sol, la gorra caída a un costado, una oreja apoyada contra la tierra: Amanda escuchaba el canto y olía el perfume. La levantó de las axilas y estiró el vestido hasta que la tela le cubrió las rodillas. Después encendió la bomba de agua que, como un animal viejo pero obediente, respondió con normalidad a su pedido. El pico de la canilla tenía ajustada una manguera; así, pensaban los padres de Amanda, se hacía más fácil regar todo el césped y hasta las plantas más alejadas. Además, podían agachar las cabezas, mirar de parados las puntas filosas del pasto y refrescarse el pelo en tardes tan calurosas como estas.

Es lo que le gustaba tanto a Amanda que hiciera su padre. Sentía las gotas frías resbalar por el cuello, atravesar el pecho, seguir un curso caprichoso en la panza y caer por las piernas. Le daba un escozor de alegría. Esta vez, con la cabeza agachada para recibir el agua, veía, a través de las puntas filosas del pasto, los pequeños agujeros de las cuevas.

Generalmente se los encuentra en lugares propensos a la humedad: troncos de árboles, ladrillos, piedras, pastizales. Sin embargo, sólo bajo tierra construyen un hábitat propio.

Cuando dejó de caer el agua, Amanda habló:

¡Son millones! ¿No los escuchás?

Su padre buscó la toalla que había dejado a la mañana sobre un banco del jardín y le secó los pelos rubios. Después le secó, dando golpecitos suaves, los hombros y los brazos y por último las piernas.

¿Qué tenés ahí?, preguntó de pronto, y levantó el vestido mojado hasta que se dejó ver el pupo de Amanda. ¿Desde cuándo tenés esas manchitas en la panza?

Desde que están los bichitos.

¿Desde que están los bichitos?, preguntó el padre, más bien para sí mismo, como intentando darse cuenta de algo importante; miró hacia donde estaba el perro: movía la cola al tomar agua de un charco que se había formado junto a la bomba. Volvió a observar la panza de Amanda, salpicada de manchitas rojas.

Por un tiempo no vas a jugar más en la tierra, le advirtió. ¿Me escuchaste? ¿Te quedó claro? No más en la tierra.

Sí, pa-paaá, contestó Amanda, conteniendo un bostezo y restregándose los ojos con las dos manos. Luego juntó los labios hacia afuera, levantó los dos hombros al mismo tiempo, los mantuvo un instante así y luego los bajó y dijo:

Es que saltan, dan saltitos y se meten en la ropa. Es culpa de ellos.

El padre le hizo una seña para restarle importancia a todo: a la ropa mojada, a los bichitos, a la panza con machitas rojas, al perro, a sus propias preocupaciones.

Tuya es la culpa, así que te venís para adentro, dijo.

Amanda lo siguió unos pasos, casi pegada a sus talones.

Pero papá, ¿por qué a Bobi no le salieron las manchitas?

Porque no anda metiendo el hocico donde no debe.

Sí que lo anda metiendo, negó Amanda, desafiante­­. ¿Sabés lo que hace con los bichitos?

El padre no contestó. En cambio, le ordenó que entrara a la casa y fuera a dormir la siesta con su madre.

Quizás las manchitas en la panza me salieron a mí porque no como el postre, pensó Amanda. Pero no lo dijo. También pensó que si se iba del patio dejaría a los bichitos solos con el perro. Eso la preocupó. La preocupó mucho. Por eso miraba para atrás al caminar, en dirección al lugar donde el perro tomaba agua. Pero no quería poner de mal humor a su padre y decidió no decir nada.

Cuando escuchó cerrarse la puerta mosquitero, el padre entró al galponcito, sirvió el balanceado en un plato, lo dejó sobre el piso de la galería techada y llamó al perro, que se acercó de inmediato. Entonces tuvo la idea y regresó al galponcito. Agarro del mango uno de los bidones de pesticida que guardaba para la cosecha de maíz y cruzó el patio. Con paciencia tiró el líquido en los bordes del camino de baldosas, detrás de una parva de pasto seco, también sobre el alambrado que delimitaba la casa: precisamente en el lugar donde encontró a su hija caída. Casi todo el suelo del fondo quedó cubierto de pesticida.

Pese a su tamaño, difícilmente pasen inadvertidos, siendo o no multitud: para algunos, son un motivo de molestia en las horas de sueño; para la mayoría de los agricultores, una verdadera pesadilla si arrasan con las semillas de las cosechas; para otros tantos, una fuente de mala suerte si se los intenta erradicar; para la mitología china, en cambio, constituyen una fuente de sabiduría y prosperidad.

Mamá, ¿los escuchás?, dijo Amanda.

Estaba durmiendo, contestó la madre, sin levantarse. Palmeó el borde de la cama y la invitó a que subiera y se acostara.

Amanda subió y estiró las piernas al lado de su madre.

¿Pero los escuchás?, dijo, mientras hacía a un lado las sábanas: tenía demasiado calor para taparse. ¿Los escuchás, mamá? De noche están en mi ventana, en el piso, en el baño, en el pasillo, en la cama, en la heladera, dentro de la lámpara, hasta en mi… Puso las manos juntas sobre su panza y se quedó unos segundos en silencio, mirándolas. Bueno, lo de mi panza… juro que es culpa de Bobi, él hace eso. Peor es lo que hace él, sí. Peor, repitió, en voz baja, con cara de enojada. ¿No me van pasar nada, verdad mamá?

Poseen hábitos nocturnos. Por eso, sumado a la dificultad para verlos, la longitud de onda de su canto (al ser similar a la distancia existente entre los oídos humanos) hace sumamente difícil reconocer su ubicación.

No, no te va a pasar nada.

Son mis amigos, dijo Amanda, atenta al giro de las paletas del ventilador de techo, que daban todo el aire que podían­­­. ¿A ellos tampoco nadie les hará daño, verdad? Yo los quiero. ¿Te conté lo que les hace Bobi?

Sí, me contaste. No te preocupes, hija. No te va a pasar nada. Nadie les hará daño a ellos tampoco, te lo prometo, dijo por último su madre y se quedó dormida.

Entrada la noche la puerta del patio no se abrió, el mosquitero no sonó al cerrarse con violencia detrás de los pasos de Amanda, aunque su madre estuvo a los gritos llamándola desde la ventana de la cocina. Estaba preocupada. Era la hora de cenar y nunca su hija había tardado tanto en volver del patio; tampoco había desoído antes su llamado. El padre salió del baño y se sentó a la mesa.

Cuánto calor hizo hoy, dijo. Fue terrible.

Sí, y no anuncian que baje hasta pasado fin de mes, respondió ella, espiando el patio por la ventana de la cocina. ¿Amanda? ¿La viste?

No pueden regular la temperatura corporal: en consecuencia, la velocidad de sus procesos biológicos varía según aumente o disminuya la temperatura del ambiente.

Te estoy hablando, dijo, buscando un plato en el escurridor y un repasador para secarlo. ¿La viste?

Podría decirse que son un termómetro al alcance de los oídos.

¡Te estoy hablando!

De hecho se conoce una fórmula matemática para medir la temperatura atendiendo a la frecuencia del canto. La ecuación determina para algunas especies que: la temperatura ambiente en grados centígrados es igual al número de cantos por minuto dividido por dos, a cuyo resultado se le debe sumar nueve.

Qué, dijo él, como saliendo de un sueño.

¡Amanda! ¿Dónde está?

Estaba en el patio hace un rato, no puedo decirle mil veces las cosas. Igual ya me encargué que esos bichos no molesten más.

¡Siempre en el patio!

Ella agarró otro plato y también lo secó, ocultándolo con el repasador y girándolo como un disco volador al que parecía lustrar para lanzar un momento después.

Pobre hija, pensó. Acomodó los platos secos en la alacena y, al cerrarla, vio reflejado el patio a oscuras en la ventana. ¿Se puede saber qué hiciste?

En general, sus depredadores son las arañas, las avispas, los escarabajos, algunas aves, pequeños roedores y, muy a menudo, las lagartijas.

Preguntás qué hice (giró la cabeza y la miró, actitud que a ella le sorprendió, ya que raras veces él, al menos desde hacía un largo tiempo, la miraba a la cara): hice lo que habría que hacer con los cobradores y con tu madre, o sea, echarles un poco de líquido frío y agrío a ver si se calman un poco (se río, dando saltitos en la silla.) Así dejan de molestar. ¿No te parece?

No hables así, más respeto, es la abuela de Amanda.

Está bien, no es para tanto (volvió a reírse.) Hablando de todo un poco: ¿no es hora de cenar?

Ella espió una vez más el patio desde la ventana y le dijo:

Andá a buscar a Amanda, yo preparo la mesa.

Son agresivos. Entablan combates por la defensa o conquista del territorio, siendo frecuente dar con ejemplares (sobre todo, machos) sin una o varias patas y antenas o con las alas destrozadas por una contienda.

El mosquitero hizo un ruido seco al cerrarse. A él tampoco parecía importarle el consejo de ella de que trataran la puerta con cuidado. Salió a la noche del patio. Observó la galería y el comienzo del jardín. Cerca del crespón blando, cuyo tronco estaba rodeado de hojas marchitas por el calor, el perro soltaba algo por la boca, como si se hubiera arrepentido de lo que acababa de probar. A un lado, tumbado en el suelo, un triciclo, y, más allá, una pelota y una muñeca de trapo. Llamó a Amanda. Una vez. Dos veces. Tres veces. Nadie respondió. El perro vomitaba, ahora con más fuerza. Miró hacia su izquierda: la puerta del galponcito estaba entreabierta. Entró. Encendió la luz. Encontró todo en su lugar: las herramientas de trabajo, las bolsas con semillas, los bidones de pesticidas. Encendió la luz del patio. En el fondo, agachada contra el alambrado, Amanda.

¡Amanda!, gritó.­­

Cuando estuvo cerca se dio cuenta de que su hija lloraba. Se miraba las manos y lloraba. Las lágrimas gruesas y pesadas caían y desaparecían en las puntas filosas del pasto.

Fue Bobi, dijo, en medio de un llanto entrecortado. Ya no cantan. Mirá, no cantan más. No dan saltitos.

Él le miró las manos en forma de recipiente.

La sangre es blanca debido a que no necesitan homoglobina para transportar el oxígeno.

Amando, con un hipo creciente que apenas dejaba entender lo que decía, levantó sus manos y se las mostró a su padre. Dijo:

Mirá, están todos como dormidos, tenés que despertarlos, son mis amigos.

No llores, hija, no llores.

Su padre sacó un pañuelo del bolsillo de la camisa y le secó las lágrimas.

Nunca más voy a hablar con Bobi, papá. Ni voy a jugar. ¡Nunca más!

Sin sacar la vista de sus manos, agregó:

Se los está comiendo. Ellos no pueden defenderse y Bobi se los está comiendo. Mamá me prometió que nada les pasaría. Él (señaló con la cabeza hacia donde el perro seguía vomitando), él les hizo daño a todos y ahora se los está comiendo. ¡No lo quiero ver más!

Sus depredadores, ocasionalmente, son también perros, gatos, liebres y lechuzas.

Está bien, no te preocupes, le respondió su padre, tratando de consolarla. Ya voy a hablar con él, lo voy a retar. Ahora a comer, que mamá nos espera.

Amanda levantó la mirada hacia su padre, que parecía más alto que de costumbre, un gigante, y luego volvió a concentrarse en sus dos manos juntas, pegadas en forma de recipiente.

Papá, ¿qué le hicieron para que les haga daño? ¿Qué le hicieron?, dijo y volvió a llorar.

Quizás lo atacaron y él se defendió. Voy a ponerlo en penitencia, para que no lo vuelva a hacer, ¿querés?

Amanda asintió con la cabeza y dejó con cuidado, arriba de un ladrillo, los bichitos inmóviles. En las manos le quedaron hilitos de un líquido blanco. Su padre la ayudó a levantarse.

¿Sabías cómo se llaman?, le preguntó.

No, respondió Amanda y se pasó un brazo por los ojos húmedos.

No tienen nombre. Vos se los tenés que poner.

¿Yo? ¿A todos?

Sí, vos, y un lindo nombre para todos.

Amanda se quedó pensando. Uno para todos. Pensó en los nombres que conocía: vacas, caballos, palomas, liebres, gatos, perros. Cuando pensó la palabra perros, se sintió enojada, muy enojada con Bobi. Se acordó de lo que hacía. Ya no iba a escucharlos cantar, nunca más. Nunca. Giró la cabeza y miró el ladrillo con los bichitos encima.

¿Y van a volver a despertarse?, preguntó. ¿Van a volver a dar saltitos y a cantar?

Eso nunca se sabe, respondió su padre y le pasó, con suavidad, el pulgar sobre la mejilla, borrando una lágrima que caía. Ahora dame la mano y vamos a comer que mamá nos espera.

Tengo que pensar un lindo nombre para todos, repitió Amanda, en voz baja, casi en silencio, y caminó de la mano de su padre sin mirar hacia el crespón blanco, donde todavía estaba el perro.