Cuentos | De esas cosas no se hablan - Por Azul Chiodín | Collage: Agostina Bertolotti

Cuando estoy triste leo de un modo particular: la distancia necesaria para la comprensión se acorta, la lectura deja de ser una cuestión intelectual. Leo pegada al texto, como si escuchara a un amigo que va a decirme algo importante, y tengo la sensación de que todo el sentido de lo escrito se redirige inevitablemente hacia mí. Sin embargo, no es que me sienta identificada con lo que estoy leyendo, se trata de un vínculo más sutil. Creer que encontramos en lo que leemos las palabras justas para definir lo que nos pasa no es más que una ilusión producto de una escritura hábil. Se me ocurre que se trata de una relación de composición: así como las notas de los acordes forman una unidad armónica, el sentido de lo que leemos puede hacer resonar algo de lo que ocurre en nuestra intimidad. Alguna cosa de nosotros mismos que, por otra parte, antes ignorábamos porque ha cobrado forma en el mismo acto de lectura y desaparecerá luego dejando solo una huella tenue pero persistente. Este fin de semana hice dos cosas, leí «Alexis o el tratado del inútil combate» de Marguerite Yourcenar y fui al cine a ver la última de Pedro Almodóvar, Dolor y Gloria. Un estado de ánimo particular hizo que encontrara entre el libro y la película esa misma relación de justeza, de contacto sutil.

En el libro de Yourcenar, Alexis es un músico que le escribe a Mónica, su mujer, para contarle que la abandona. La carta, sin embargo, es una excusa, porque lo que verdaderamente le interesa a Alexis es buscar los orígenes de la desviación de su deseo o, para decirlo con esa expresión tan misteriosa «hacer memoria». ¿Qué es «hacer memoria»? ¿Es excavar para desenterrar los recuerdos o más bien fabricarlos? ¿Se puede «hacer memoria» escribiendo? Alexis lo intenta, pero se encuentra enseguida con una imposibilidad constitutiva: «Escribir es una elección perpetua entre mil expresiones de las que ninguna me satisface y, sobre todo, no me satisface sin las demás. Yo debería saber, sin embargo, que sólo la música permite la coordinación de los acordes». La escritura encadena, tiende a la linealidad: la aparición del sentido queda sujeta a su lógica sintagmática. Otro músico que «hace memoria» es el protagonista de Tierra de la Memoria de Felisberto Hernández, lo que los caracteriza es un modo particular de habitar el lenguaje, una relación distraída, flotante con las palabras que les permite desprenderse de las exigencias biográficas y abandonarse en el recuerdo. Para recordar, para descubrir el estado más íntimo de sus deseos, sería necesario decir muchas cosas al mismo tiempo, pero sin decirlas, como cuando se toca el piano. Hacer memoria antes que emprender una labor narrativa es abandonarse a una aventura musical. «Woroïno estaba lleno de un silencio que parecía cada vez mayor y todo silencio está hecho de palabras que no se han dicho. Quizás por eso me hice músico. Era necesario que alguien expresara aquel silencio, que le arrebatara toda la tristeza que contenía para hacerlo cantar. Era preciso servirse para ello, no de palabras, siempre demasiado precisas para no ser crueles, sino simplemente de la música, porque la música no es indiscreta y cuando se lamenta no dice por qué»

Gente Cool | Por Agostina Bertolotti

Hacer memoria es buscar algo perdido, «Dolor y Gloria» se estructura a partir de esa búsqueda. Invadido por furor lento de la melancolía, el protagonista, Salvador, debe hacerse la misma pregunta que Alexis: ¿Cómo volver con precisión al primer deseo? Pero tanto la memoria como deseo son ríos de aguas turbias, y ante esto, ambos lo saben bien, no hay nada que decir. Alexis le teme a sus propios deseos, en la búsqueda por el origen de la supuesta desviación que le impide querer a Mónica, ocurre un hallazgo que él no parece registrar del todo: la desviación es el origen. Ocurre como al pasar en un momento en que le comenta a su mujer sobre volúmenes que había en la biblioteca familiar. «También había algunas otras obras muy diferentes, la mayoría escritas en francés, en el siglo dieciocho y que no se suelen dejar en manos de los niños. Pero no me gustaban. Sospechaba ya entonces que la voluptuosidad es un tema muy serio: se debe hablar con seriedad de aquello que nos puede hacer sufrir. Recuerdo algunas de las páginas que hubieran podido despertar mis instintos, pero que yo saltaba con indiferencia porque las imágenes que me ofrecían eran demasiado precisas; es una mentira pintarlas desnudas, ya que las vemos siempre envueltas en una nube de deseo.»

Si el objeto de deseo es, como decía Platón, atópico, solo resta, entonces, perderse en él. Alexis se topa con la misma decepción que Baudelaire advierte en los niños que desarman sus juguetes buscando su alma: la curiosidad infantil descubre, por primera vez, que detrás de la fachada fantástica de las cosas no hay nada. El alma de los juguetes, este núcleo imposible, como el del deseo, se rodea de velos, de relatos, de fragmentos, de imágenes. Al mismo descubrimiento llega en un acto de redención de sí mismo, Salvador. El niño presencia la escena del albañil bañándose en su cocina bajo la nítida luz del mediodía, y cae en ese estado de fiebre y debilidad que en la infancia -cuando aún no logramos comprender su influjo- se vuelve indiscernible de los primeros trances de la excitación. El deseo no retorna, sin embargo, con este recuerdo árido, que aún en la antesala de la vejez conserva esa luz enceguecedora, sino cuando, por azar, Salvador logra reencontrarse en el niño de la acuarela que le pinta el albañil y en la carta que en su reverso le dirige como agradecimiento por enseñarle a escribir. El deseo sólo puede recuperarse con ese doble retrato sencillo y sentimental, a partir de la mirada del otro. Hay cosas que no pueden decirse, la forma más directa de hacer reaparecer el deseo, sin caer en la falsificación, es dando un rodeo; lo que equivale, para Salvador, a hacerlo una escena: así la búsqueda se cierra sobre sí misma, y la película termina justamente cuando está por empezar.