Ensayos | Gatillos y canguros - Por Lucas Paulinovich | Fotografías: Fernando Der Meguerditchian

Somos de los pocos locos que andan buscando placer
y aunque quieran vernos rotos, no damos brazo a torcer.

Canguro, WOS

No es que antes no existiera, pero en estos últimos cuatro años, gatillar se hizo más fácil. La subordinación del Estado a la lógica del mercado también se dio en el plano de la «seguridad». Gatillo fácil no es lo mismo que gatillo libre. Cuando se combinan, la fragilidad estructural se quiebra. Y la sociedad entra en pánico. Si bien la rutina del gatillo policial se prolonga varias décadas hacia atrás, esa práctica ahora recibió un nombre sistemático: doctrina Chocobar. ¿Quiénes son los que gatillan? Principalmente, gatillan los policías, cebados por el gobierno. Gatillan porque pueden, porque saben que tienen respaldo, que la institución los banca y convalida la purga. Para eso tienen la chapa. Los dejan gatillar, o dar patadas de canguro. Después, es cuestión de elaborar una buena justificación. La más sencilla y eficaz: peligro de vida. El agente matador arriesga su vida para disolver una amenaza. El asesino, de repente, se transforma en un héroe. ¿Para quién? Para los giles robados. El ciudadano común. El agente anónimo, trabajador policial, es el héroe de los transeúntes anónimos, reventados de miedo y cansancio.

Volver a casa en paz se volvió una consigna ecuménica: todos desean preservar su vida en el tránsito de casa al trabajo. Y ese exterior agresivo es la ciudad, una bestia que engendra el peligro de muerte. El lugar donde habitan los «otros», la plaga rara que nunca para de crecer. Los que buscan algo más, no se resignan a entregar la «plusvalía social», y tienen un modo hostil de no resignarse. El riesgo de ser robado es la confirmación violenta de la propia condición. «No se puede vivir en paz», resulta un pedido desesperado de orden, de regularidad, la previsibilidad mínima: seguir vivo. Y es la legitimidad básica de ese reclamo lo que distorsiona toda la discusión y abre paso a los cizañeros mediáticos, los profetas incendiaros, los demagogos de la punición, los divulgadores de la guerra sorda. Un plantel de indignados por el sufrimiento que no sufren que se ve invadido por esa realidad atroz que ellos regurgitan todos los días. A veces, les sucede. La comen, pierden. «A cualquiera le puede pasar». Y de golpe esa indignación sobreactuada adquiere una dimensión visceral, genuina, surge un odio macerado en su diferencia social, y arremeten. Descubren que ellos también son cualquiera. Es insoportable.

Foto: Fernando Der Meguerditchian

Los cualquiera se adecuan a la regla, se estandarizan, y piden justicia, porque saben que la justicia funciona parcializada, es injusta. Los cualquiera piden que, por lo menos, le dejen un resto para disfrutar, un mínimo vital que guardarse para sí ante el furor de los acreedores, esos de más arriba a los que siempre hay que pagarles. Los patrones -o los jefes superiores, los delegados inmediatos de los dueños inaccesibles- que recortan, suspenden turnos, despiden, pagan poco y pagan mal, bicicletean, forrean. Y el gobierno que cobra impuestos y se los traslada a unos pocos, que tienen el poder para imponer leyes, ajustes de austeridad, hacen tomar deuda y que el gobierno la descargue otra vez sobre los cualquiera. Porque son los cualquiera los que siempre tienen la culpa. Y al estar podridos de esa culpa, no pueden aceptar que otro cualquiera le quiera arrebatar el bien tangible de su sacrificio. Y exigen y estallan y tienen razón. También disparan, siempre hay que disparar para algún lado.

Entonces la policía gatilla, y los cualquiera no se calman, se irritan más, porque ahora los riesgos son mayores. No es solo el gatillo policial el que se dispara. También se dispara el gatillo narco. Y el gatillo vecinal. Los unos contra los otros, las calles como subfronteras barriales, los ajustes de cuentas, las venganzas, los desquites, las amenazas, los sustos. En la neoliberalización del delito, se gatilla para matar, pero también se gatilla para ajusticiar. Hacer justicia porque la Justicia falla, se delega la soberanía al libre juego del mercado. Otras modalidades del gatillo mercantil: gatillarle/pagarle a la cana o a alguna bandita para ser protegido. Una versión plebeya de la seguridad privada. Y se gatilla para saldar. Porque los negocios se traman, y en esa malla subcutánea de la ciudad se enredan las vidas.

Foto: Fernando Der Meguerditchian

Cuando se gatilla, se abre otro mundo. Destinos, horizontes, posibilidades, se confunden en la máxima intensidad de las compra-ventas, las cobranzas, las deudas, las balas, los pibes muertos. Las inversiones, los costos y los beneficios, el rendimiento. El delito inscrito en la relación entre capital y sociedad. Una economía opaca tendida en la base de la economía legal, un flujo alternativo de financiamiento, y un entredicho clavado en el centro de los deseos igualitaristas. Hay otros márgenes. La empresa criminal es modelo de relación social, y de existencia individual, de vínculo con uno mismo, con el tiempo, el entorno, el futuro. Las balaceras pasaron a ser otra manera de remarcar los límites del territorio y el poder. Estar mal ubicado, puede poner en riesgo tu vida, como le pasó a Benjamín, el pibito que estaba por jugar al fútbol y terminó con una bala en la cabeza. Uno es lo que gatilla, o deja de ser porque le gatillaron.

Y si hay gatillo es porque priman los fierros. Como si el problema de las armas fueran los fines, no las armas mismas. La democracia se encargó de devolver a la población las armas que los militares afirmaban haber monopolizado tras cometer un genocidio. El problema era la revolución, no la violencia armada. Las instituciones estatales -que son las responsables del control de las armas- conformaron grupos de juventud armada y los instruyen metódicamente en la pedagogía del gatillo. Es factor ordenador, disuasor y propulsor de conflictos. Al crimen y al castigo ni siquiera los separan el turno del servicio. La ley y el orden son instrumentos para contener y regular la dinámica criminal que la subyace, y les da vigencia. Arrasa a las capas inferiores, y se concentra en vertical hacia arriba. Los que molestan son los delitos amateurs, los pequeños emprendimientos, las pymes. En la Superliga del delito hay otros niveles de arreglo. Con gradaciones, como el uso de la fuerza policial: a medida que uno se aleja del centro hacia los barrios, la violencia y la impunidad se incrementan. El espiral del gatillo es infinito, como la deuda. Hay compromisos y posibles postergaciones, pero la cancelación de uno implica necesariamente la apertura de uno nuevo. Foquismo marginal.

Y mientras tanto, la policía gatilla: hace pactos con las bandas criminales, contrata personal para tareas delictivas, se mete a regentear, participa de la logística, presta servicios para las operaciones, fracciona la ganancia, cobra regalías, y distribuye los fierros. Y los Tribunales custodian, dividen causas, habilitan recursos, ofrecen juicios sumarísimos. El primer gatillo es el de la gestión del crimen que, fragmentada, corroída, desorganizada, con una conducción política deficiente y participacioncita, se constituye como una máquina necropolítica: el Ministerio administrador de las muertes. Los que deciden por los cuerpos. Sin ordenes compactas, lineamientos estratégicos, fines políticos definidos: sólo la certeza del gatillo a disposición. Están en el territorio y ejecutan: gatillan. Son la secta del gatillo alegre, pero ahora de un gatillo diversificado, amplificado en múltiples ramificaciones, socializado: productor de valor. Así la piel de la población que no para de toser trabajando doce horas, o a la pueden hacer toser cuando vuelve en colectivo, o en bicicleta, porque el precio del boleto se fue al carajo, se irrita, se impacienta.

Foto: Fernando Der Meguerditchian

Entonces se gatilla para matar, y para no morir, y para vivir. El gatillo dispara una ley. Ponerse la gorra es cuando un cualquiera asume el lugar de autoridad y pretende hacer cumplir una regla/norma/ley. Ortivarse, en cambio, es anímico, de opción existencial: actuar de mala onda. Uno asume la autoridad cuando no cabe. El otro se corta, excluye, rompe el lazo solidario. Se cree algo distinto a un cualquiera. Los guardias del supermercado Coto que asesinaron a un tipo de setenta años que se había robado una mermelada, un queso y un chocolate, se pusieron la gorra. Actuaron como policías, y en su expresión más cruel y criminal. También los vecinos que asesinaron a David Moreyra en 2014 se pusieron la gorra, e hicieron justicia por mano propia, que es una versión individualista de la injusticia. Los linchadores surgen como autodefensas ante la expoliación: dosis de descarga frente a la imposibilidad. La defensa de lo conseguido, o la conquista de lo defendido. Y una utopía de la violencia: la honestidad por medios brutales es capaz de suprimir los obstáculos y recobrar la correcta circulación y las buenas relaciones mediante un orden mortuorio. Matar para desarraigar, una lógica castigadora que mira la sociedad con el Código Penal en la mano. Protocolos y penalidades, no siempre de derecha, reaccionarias, pero sí morales. El terror educador como bandera del autoritarismo argentino, transideológico.

Se gatilla por la autoridad, para la autoridad, contra la autoridad y desde la autoridad. Ante la dilución institucional, su entrecruzamiento, es la fuerza la que rige las definiciones. La autoridad es un fierro en la cintura. Y gatillar es darles curso a las intensidades, vehiculizarlas en sus formas prácticas, por fuera de las vías formales, porque esas vías están de antemano cerradas. ¿Dónde está la ley? Donde está el gatillo. La ley puede ser el móvil policial, pero cuando, avisado, se las toma, la ley pasan a ser los de la otra cuadra. Y si te asomás, gatillan. El gatillo activa una ley, o la hace huir, la suspende e instituye la propia. En el desborde y el desbande, el gatillo aplica, dispone, propone. Y supone: las trayectorias vitales alcanzan su textura entre los implícitos del gatillo.

Foto: Fernando Der Meguerditchian

Pero hay zonas, momentos, relaciones «desgatilladas». Espacios de «no gatillo». Una franja horaria, exigua, de paso, donde se puede bajar la guardia, o las armas. La meseta donde el gatillo aparece como problema. Y si preguntan bien, nadie les contesta. Esa indiferencia es tramitada de diversa manera según las disponibilidades materiales, espirituales, intelectuales, sensibles. Porque si el gatillo no está, suena a lo lejos. Se hace presente en su inminencia. Consagra derechos y obligaciones. La competencia. La super-vivencia. Llenar la vida, acumular y gastar. El lado activo del gatillo. La faz monstruosa al ser vista desde el otro lado, el pasivo: los giles robados, los potencialmente víctimas. Heroísmo de la víctima y monstruosidad del victimario son pares indisociables en la cosmogonía gatilladora. Y roles intercambiables: todo se hizo demasiado frágil como para que permanezca.

Por eso hay tiempos para hacer conducta, y tiempos que no. También para los buenos ciudadanos, que pueden sacarse y gatillar. O moler a palos a un transgresor. Al que mostró lo que no se desea ver, lo que ya se sabe demasiado como para notarlo cotidianamente. Ese es el consumo gatillero, la gobernabilidad fracturada donde «a nadie sabe lo que le puede pasar» y hay un homicidio todos los días. Con esos gatillos se dirimen los golpes que se aguantan y los otros que no tanto. Las violencias nuestras, rutinarias, de arriba, de abajo y de al lado. Y es una rugosidad que no se resuelve con el fin de un gobierno que frustró su modernización a los piñazos. Porque es obvio que hace falta que con menos se pueda vivir en paz. Y ese menos, incluye al gatillo. Pero todavía hace falta aclararlo.


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