Lecturas | «Las mujeres no peinan caballos», de Federico Aicardi - Por Mercedes Blanco

La voz infantil ocupa toda una estantería en la literatura contemporánea. Como si arreciara una obsesión por explorar los sentidos implícitos en la inocencia de las infancias, descubriendo interpretaciones posibles para los episodios que quedaron marcados a fuego en la memoria. Esta memoria puede ser colectiva, pero generalmente se desliza por los matices de la experiencia individual. Esos son detalles, volatilidades alrededor de la lectura de un texto: manías y presunciones del presente.

En Las mujeres no peinan caballos, la primera novela de Federico Aicardi, el procedimiento adquiere una tensión particular: son las fantasías infantiles las que componen la garganta del relato, pero no es la voz de un infante quien las lleva adelante. El protagonista se encuentra asomando el umbral de la adultez, un perímetro desconocido que se vuelve nítido a partir del erotismo materno desplazado hacia la figura de una vecina, Marita, que es también madre —de un niño con deficiencias— y por esa razón un objeto de deseo que descubre la espectralidad erótica, sucia, desnombrada e inhibida, de la adultez. El deseo del retorno al seno materno es, en este caso, la ansiedad sublime por poseer el cuerpo de Marita y resignarse a caer en una fatalidad miserable, ruin, pero evidente, y por eso cómoda.

«Las mujeres no peinan caballos», de Federico Aicardi

Aicardi es guionista del programa Falso Vivo de Radio Universidad y publicó cuentos en diversos medios de la ciudad. También escribió obras de teatro y es docente en la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. En Las mujeres no peinan caballos construye el escenario barrial donde se disputan los vínculos formativos del protagonista, expuesto a una especie de examen de conciencia —menos reflexivo que de sentencia— a medida que transcurre la crisis en la relación de sus padres, la reelaboración de los recuerdos que irrumpen tras la enfermedad del padre y la salida al mundo exterior de la madre en estado de inminencia de viudez.

Con una prosa sin alambiques y directa, casi como un ejercicio de taller, va puntuando los momentos en la vida cotidiana de un espacio definido por personajes blandos, que carecen de profundidad y, en consecuencia, sospechosos. Como si lo corriente dejara ver su hostilidad íntima. No hay nada que indique un nivel de trascendencia en los episodios narrados, porque lo que se pretende es, precisamente, remarcar el contorno absurdo, fatalmente vulgar, del deseo atrapado en la modestia del barrio y sus habitantes: es algo que nos pasa a todos, que constituye una de las etapas más o menos esquemáticas por la que atraviesa cualquier ciudadano de los sectores medios urbanos en una ciudad como Rosario según el énfasis de la época, las sucesivas aperturas que se habilitan en las presas de la conducta, las sistemáticas recaídas colectivas en lo más lodoso de la incertidumbre. Sin embargo, esa es la razón por la cual la dramaticidad abunda en cada una de las decisiones que toma el protagonista; elecciones frágiles, dubitativas, que van colocando con naturalidad todas sus acciones en las periferias de la decadencia.

«Las mujeres no peinan caballos», de Federico Aicardi

Echarse un polvo pude ser ese destino salvador que esconde el pozo incontestable de la verdad. Llegar a él es, al mismo tiempo, asumir esa verdad. Acabar con las modulaciones de la consciencia. Por eso al protagonista lo asalta una única pregunta: ¿cómo conseguir un caballo para cruzar las calles y peinarlo como lo hace el galán de la novela de la tele y entrar montando al paraíso de la satisfacción absoluta, de la plena realización, ese horizonte hastiante por ser imposible, inalcanzable, secretamente rechazado? Los cantos monocordes, pedestres y familiarizados, van iluminando como un sol la opacidad de los sueños. No hay caballo para alcanzar la hondura carnosa del anhelo: ni siquiera el más lustroso de los autos nuevos, provocativo, incitador de las más arrolladoras pulsiones sexuales. Nada de lo que el protagonista haga lo sacará de un sendero previamente delimitado por la tradición, las costumbres y la ordinariez, que ellos —todos, empezando por él— llevan a cuestas. Para él, querer es rechazar; porque querer, en el fondo, es querer la destrucción. Dar por finalizada la ilusión.

Se trata de un grito capaz de destruir todos los edificios del barrio, dejar el cuerpo de la madre desprotegido y tirado en la calle, una tormenta furiosa asomando en el cielo como despedida del muerto, el amor negado e insistido tan solo como una vocación por la negativa, una evasiva torpe y prepotente de la angustia que late en cada uno de los hechos. Las cosas no son como en las novelas. Pero en las novelas las cosas pueden ser como son. Con el registro de esa duplicidad se escribe Las mujeres no peinan caballos. Como si no requiriera de mayores pretensiones; haciendo que no sea necesario sumar elementos a la composición. Es la obviedad del desatino, uno ineludible.


Las mujeres no peinan caballos, de Federico Aicardi. Casagrande Editorial. Argentina, 2019.