Crónicas | Para ser mejores - Por Javier Galarza

Luis Elias Sojit fue un periodista y relator deportivo de mediados del siglo pasado. En la década del ’30 se inició relatando partidos de fútbol primero, boxeo después, hasta llegar finalmente al lugar por el que se hizo conocido: el relato automovilístico. Allí acuñó algunas de las frases que quedaron en el inconsciente popular de algunas generaciones. «Coche a la vista» era una, al avizorar algún auto de Turismo Carretera que se encontraba envuelto en una nube de polvo. Así también se llamó su revista, que nació en 1940 y se dejó de imprimir a fines de los ’80. Otra de sus frases fue «Perón cumple, Evita dignifica». Sojit tenía un programa en Radio Belgrano a comienzos de los ’40 que se emitía justo antes que el de María Eva Duarte. Allí se conocieron y entablaron una amistad que se extendió, por consiguiente, hasta el General. 

El 17 de octubre de 1945, el día de la gran movilización obrera y sindical para pedir por la liberación del entonces Coronel Juan Domingo Perón, fue un día soleado. La unión entre las clases populares que comenzarían a tener cada vez mayores derechos, la alegría de ese pueblo marchando por su líder y el sol radiante hicieron que Sotij pasara a la inmortalidad con una frase que repetimos hasta nuestros días. Cada vez que comenzaba una transmisión automovilística, si el día estaba soleado decía: «hoy es un día peronista». 

El domingo último fue un día de alegría democrática. Fue un día de ejercer el deber cívico. Pero no fue, lo que se dice, un día peronista. Estaba fresco. Nublado. Esa aplicación que todos tenemos en el teléfono indicaba un 85 % de probabilidades de lluvia para eso de las 11 horas, algo que efectivamente terminó ocurriendo. Fue una mañana gorila y oligarca. 

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«El dólar va a estar mas cerca de $9.50 si hacemos las cosas bien, y más cerca de $16 si hacemos las cosas mal»
—Alfonso Prat Gay— Octubre de 2015

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Los primeros días de 2016 salimos por primera vez a las calles en contra del gobierno. Iban treinta días de gestión y el dólar ya había aumentado un 50 %. Por ese entonces había sucedido algo que nos parecía aberrante: mediante un decreto de necesidad y urgencia, el Gobierno había eliminado la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, una ley pésimamente implementada, pero que había sido el tótem de ese sistema de creencias que fue la lucha contra las corporaciones. Hoy, a la distancia, quedó como una lucha muy menor. El acto había sido en el Parque España un, ponele, 9 o 10 de enero. Hacía cerca de 40 grados. Hablaron Marcos Cleri, Martín Sabatella y Agustín Rossi en discursos épicos, acalorados, enfáticos, peronistas. Había más de diez mil personas. No salió en casi ningún medio. Nos sentimos ocultos por primera vez. 

Foto: Pablo Piovano

Ya para abril o mayo, en una marcha por calle San Luis, un ex compañero de estudios ironizó: «En estos meses ya marché más que en toda mi vida». Comenzamos a encontrarnos con gente que hace mucho no veíamos. Gente de ámbitos que quizá ya no frecuentábamos. Así como hay «amigos de cancha», muchos empezamos a tener «amigos de marchas». Detrás de eso, la estrategia del poder, el desgaste de tener que poner el cuerpo permanentemente. Lo que buscaban era la banalización del acto de protesta: muchas marchas, segmentadas, de poca convocatoria. «Hay que seguir en las calles, pateando. Aunque duren los cuervos, llueva este asco, y pesen los pies» citó el mismo compañero.

La primera movilización masiva de verdad (sacando los 24 de marzo) fue la de la reforma previsional, esa noche de diciembre. Sin saberlo, esa fue la llama que encendió el principio del fin para el macrismo. Dos meses antes habían ganado las elecciones de medio término de forma abrumadora. Hagan este ejercicio: busquen «elecciones 2017 mapa interactivo» en Google y espántense al ver trece provincias de color amarillo. La mismísima Cristina Fernández se había presentado para Senadora por la provincia de Buenos Aires, el territorio históricamente más favorable para el peronismo y perdió contra Esteban Bullrich, acaso el peor de ellos, el equivalente futbolístico de un cono de entrenamiento. Fue hace apenas, 24 meses.

La ola amarilla completamente envalentonada procedió entonces a avanzar con el plan de ajuste que incluían reforma previsional y laboral. Sin embargo, a pesar de lo vivido en estos últimos cuatro años, pareciera ser que hay algunas palabras que están en la memoria emotiva del país y que simbolizan heridas del pasado: «dictadura», «Fondo Monetario Internacional», «ajuste a los jubilados». Hacía allí avanzó el gobierno y tuvo un repudio popular como no había tenido en toda su gestión, con una escalada de violencia como no se veía desde el 2001, con disturbios, represión y una ciudad prendida fuego.

Veníamos ademas, de lo ocurrido con Santiago Maldonado. Ese fue un punto de no retorno. Ahí mostraron su verdadero rostro. Nos dimos cuenta que no solamente querían realizar una transferencia de recursos hacia sectores más concentrados: además eran abyectos, siniestros.

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«Hay un barrio de Gualeguaychú donde todos se parecen a Santiago»
—Diario Clarín— 11 de agosto de 2017

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El votar es un placer que nos suele suceder. Y nos sucede de manera ininterrumpida hace ya 36 años. Para mucha gente es volverse a su pueblo, mientras que para otra representa volver al barrio, producto de la procrastinación permanente de ese trámite que hemos llamado Cambio de domicilio. Quien suscribe, por ejemplo, el viernes anterior a las elecciones perdió la billetera y luego de dos horas de búsqueda, la dio por perdida denunciando tarjetas. «No voy a poder votar» dije angustiado. Las tarjetas me chupan un huevo, la plata también. Pero haberse fumado estos cuatro años y no poder votar, era como coger y no acabar. Finalmente, la billetera apareció, ahí, evidente, en el piso. Volví a vivir.

Foto: Fernando Gens

Votar es una sensación maravillosa y cargada de responsabilidades. En las escuelas deberían enseñar las conductas de un buen votante: llevar número de orden, no boludear (está dando vueltas en redes sociales las fotos de unos Tinchos que se sacaban fotos en cueros en el cuarto oscuro) y en la medida de lo posible, jugarse con algo para las autoridades de mesa: «vos trajiste chocolates la vez pasada, me acuerdo porque fuiste el único que trajo algo». Esta gente está cuidando los votos de todos. Por favor, tengan un gesto.

Quienes sí tuvieron un día de trabajo arduo fueron los fiscales. Los relatos coinciden en que Juntos por el Cambio duplicó la gente que fue a fiscalizar y además con una bajada de línea clara y concreta: tensen la jornada, desgasten e impugnen lo mas que puedan. Tal es así que en muchos lugares los fiscales macristas buscaban cualquier artilugio para provocar: que los colores de las biromes con que se firman los sobres, que la antigüedad del DNI, que la foto que figuraba en los padrones. Cientos de videos denunciando supuesto fraude, sin evidencias y con un desconocimiento profundo del proceso electoral. Macristas descubren la democracia,

Párrafo aparte para la dirigencia oficialista creando el clima de fraude, embarrando la cancha y agitando desde días anteriores, en una muestra de irresponsabilidad soberana.

Las denuncias fueron desestimadas por la Cámara Electoral.

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«Gracias a Dios se murió De La Sota« »
—Elisa Carrió— Córdoba, 23 de abril de 2019

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«Ahora si se te descompone el teléfono, llamas y te lo van a arreglar al otro día. Antes olvidate, era todo una coima» dice un testimonio de una de las primeras publicidades de Telecom, la empresa que había adquirido (junto a Telefónica) la licencia de telefonía que antes pertenecía al estado a través de Entel. El neoliberalismo colándose por los rincones de nuestras casas en horario central. 

Todo tiempo histórico tiene sus publicidades. La nuestra dirá más o menos así: «Imaginate vivir en una meritocracia: un mundo donde cada persona tiene lo que merece. Donde la gente vive pensando cómo progresar día a día, todo el día. Donde el que llegó, llegó por su cuenta, sin que nadie le regale nada. Verdaderos meritocratas». En 2016 Chevrolet lanzó una publicidad del Cruze II, su nuevo modelo, con un sport que describió el clima de época: la invisibilización de las desigualdades económicas y de oportunidades. Si vos querés, podés. Si no podés, es culpa tuya que no te esforzás lo suficiente.

Sintetizar discursivamente al macrismo es complejo, pero se podría resumir en:

1 No propongas nada
2 No digas nada

Estos son los consejos que Jaime Durán Barba le dio a Federico Sturzeneger en el marco de la preparación de un debate. Allí está todo, el ABC del discurso cambiemita. Discursos plagado de metáforas y figuras. Enunciados vacíos: «la pesada herencia», «la tormenta», «la luz al final del túnel», «salir a flote», «sentar las bases». 

Eso sumado a la apelación del componente emotivo por sobre el racional. En su Retórica, Aristóles diferencia por un lado, el logos, que es la información, los datos, la evidencia sólida, del ethos: los argumentos morales de que expresa quien emite el discurso y por último, el pathos, que es el aspecto que busca convencer a través de la emoción. En este último se situaban todos los elementos persuasivos del Gobierno: «es emocionante ver lo que estamos logrando juntos» decía un spot. Emoción. Lograr. Juntos. Con Menem sucedía lo mismo. El Gobierno menemista tuvo la baja de inflación más grande de la historia. ¿Alguna vez lo escucharon al ex presidente jactarse de eso? No. Siempre prefirió situarse en el plano de lo emotivo con el famoso «ingreso al primer mundo». 

El postkirchnerismo olfateó eso y jugó a lo mismo. Los candidatos ya no eran sus apellidos, apenas sus nombres de pila: «Alberto y Cristina», «Axel», «Matías». Nunca sabremos que propuso Lammens como candidato a Jefe de Gobierno, pero recordaremos por un tiempo «si vos querés, Larreta también».

Foto: Julian Athos Gaggiano
Terminó siendo finalmente el macrismo, una fábrica de memes: una estructura plagada de furcios, justificando cada una de las teorías del inconsciente de Freud («vamos a cambiar el país con el apoyo del narcotráfico»). Cuando se corría unos metros del coacheo, mostraba el verdadero Macri.

Hace un tiempo, el periodista Martín Rodríguez recordó una anécdota sobre el Papa Juan Pablo II. Cuenta que era un diplomático, un tipo muy preparado para visitar los distintos países, ya que manejaba varios idiomas. No obstante, el día que atentaron contra su vida, el 13 de mayo de 1981, al momento de recibir los balazos, el Papa puteó en polaco. A pesar de ser un políglota, en un momento totalmente crítico, la reacción fue en su lengua madre. Eso le pasaba a Macri: se alejaba medio metro de su discurso prefabricado y mostraba el verdadero Mauricio, hablándote como patrón de empresa. Piensen en el discurso post PASO del 12 de agosto y fíjense como Macri nos puteó en polaco. 

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«El que quiera estar armado, que ande armado»
—Patricia Bullrich— 2 de noviembre de 2018

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A las 21 horas en punto, tal y como lo habían anunciado tres horas antes, Rogelio Frigerio dio a conocer los primeros resultados. Esta vez hubo puntualidad y sensación de transparencia, muy en contraste con el papelón de las PASO, donde no dieron datos hasta casi las 23 horas, mientras el cuestionado y sospechado sistema de Smarmatic estaba caído. 

Fueron no más de dos minutos en los que el Ministro del Interior se explayó en las formalidades: que fue una jornada de alegría democrática, que no hubo irregularidades, que las cargas fueron veloces, etc. Ese tiempo es el que utilizamos para decodificar el resultado de acuerdo a sus expresiones, sus movimientos, su gestos. Tratamos de arrancarle alguna pista inequívoca de los datos en algún ademán. Se lo veía a Frigerio con buen semblante. Seguro. Eso inquietaba, sobre todo si lo comparamos con la confirmación casi fúnebre de los datos de las PASO. 

«Los resultados que tenemos ahora son los siguientes: Frente de Todos 47.21%, Juntos por el Cambio 41,42%». Todo lo que devino de allí fueron sensaciones encontradas.

Si alguien del futuro se nos hubiera presentado en cualquier momento entre enero de 2016 agosto de este año a decirnos «el peronismo va a ganar en primera vuelta» hubiésemos firmado con los ojos cerrados. Ahora bien, entre agosto y octubre pasaron cosas: una (otra) devaluación, la profundización de la crisis y fundamentalmente las PASO, esa encuesta nacional que le dio al Frente de Todos una ventaja de casi 17 puntos. A partir de esto, lo que se esperaba era un triunfo aún mayor. Necesitábamos una victoria aplastante, humillante. Queríamos ganar 3 a 0, tirar caños y que echen a uno de ellos. Y no.

Las encuestas de las consultoras, esa droga dura que no podemos dejar, auguraban más de 20 puntos de diferencia. Y así como creímos en su vaticinio de poco margen en las PASO, ahora nos comimos la de la victoria abultada.

Mauricio Macri hizo una gran elección. Cambió por completo el eje de campaña y de lo que históricamente hizo desde que empezó su vida política: recorrió miles de kilómetros, realizó actos (30 en 30 ciudades), alentó a la gente a salir a la calle a defender sus ideas. Hasta besó un pié. En definitiva, se valió de la herramienta que siempre despreció: la política. Y tuvo grandes resultados: un incremento de 2 millones y medio de votos. Un 40 % nada desdeñable que lo sitúa como el principal actor a la hora de comenzar a pensar la oposición. Ni María Eugenia Vidal, de pésima elección, ni los radicales, siquiera Horacio Rodríguez Larreta (el gran ganador del oficialismo, con una victoria aplastante) pueden erigirse como figura opositora sin confrontar al inventor del invento. No por nada ya identificamos a una porción de la sociedad como «macrista». 

Foto: Javier Galarza

Este amplísimo sector, que además está representada en ambas cámaras, hará que Alberto tenga un margen de maniobra menor del que se preveía. Tendrá entonces el presidente electo, un doble desafío: uno interno, mantener contentos a los sectores disímiles que integran la tan mentada unidad, y otro externo, el de equivocarse lo menos posible en la toma de medidas, ya que los de afuera estarán con la servilleta puesta y los cubiertos en las manos, esperando el mínimo tropezón.

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—¿No permitiría el aborto ni en casos de violación?
—No. Lo dije claramente siempre. Lo podés dar en adopción, ver qué te pasa en el embarazo, trabajar con un psicólogo, no sé.

—Gabriela Michetti— Diario La Nación, 1 de julio de 2018

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La sensación de alegría ambigua flotaba. «Ganamos, es lo que importa. ¿Vos no sos Bilardista acaso?» me pinchaba mi amigo Marcelo. Sin embargo la alegría fue alegría completa recién cuando copamos las calles. Cientos de personas esperaron los resultados desde temprano en el Centro Cultural Atlas, epicentro de actividades peronistas de la ciudad. Otros, en cambio, fueron directamente al Monumento a la Bandera. «Acá siempre festejé clásicos o campeonatos, es muy loco estar festejando con amigos de otros equipos» dice Daniel, militante del Movimiento Evita e hincha de Newell’s. 

«En 2015 cuando se supo el resultado me fui caminando hasta el búnker del Frente para la Victoria porque sentí la necesidad de estar con gente que sienta la misma tristeza que sentía yo» dice Érika, 32 años, politóloga. «Hoy también sentí la necesidad de estar con gente, de compartir ésta alegría».

Fue Rosario, una postal de la iconografía peronista:

¿Había mucha gente? Sí
¿Cantando? Más bien
¿Había banderas? Muchas
¿Pirotecnia? También
¿Puestos de choripanes? Lucho, por supuesto, viejo.

Descamisados 3.0 portando una alegría genuina, colectiva. Una alegría reprimida. No son pocas las personas que durante estos cuatro años tuvieron que censurarse. Decir que eras kirchnerista equivalía a ser cómplice de un delito mayor. Gente que tenía que esconder sus perfiles en redes sociales «por las dudas». Recordemos que en este país, las fuerzas de seguridad se tomaron el trabajo investigar y encarcelar a un pibe por tuitear. Hoy lo que se festeja es un grito contenido de años de un dolor un poco inexplicable. Porque, vamos, en estos cuatro años ninguno de nosotros un día no pudo comer. A lo sumo dejamos «de hacer cosas» o « compramos menos en el súper». Sin embargo, ahí está la grieta. No en qué partido votas o qué candidato elegís. La verdadera grieta está entre los que sienten empatía y los que no. Los que pueden sentir el dolor y las injusticias ajenas como propias. A ese 40% nunca los movilizó un ideal. Fíjense, hace dos días defendían la república y coso, y ahora están escupiendo mierda por ahí: «se merecen cagar en un balde», «ahora no voy a donar mas cosas para estos negros», dice gente que jamás donó nada, ni hizo nada por el otro. Curioso además que su concepto de solidaridad sea el de dar las sobras. Son eso. Festejan apagar las luces del mural de Evita, en lugar de crear símbolos propios. Los moviliza el odio y el clasismo.

Foto: Julián Miconi | SinCerco

Hoy lo que se festeja es la esperanza, ese sentimiento que ya habíamos olvidado. Hoy festejamos la posibilidad de tener un país más justo, libre y soberano. Hoy festejamos la legitimación de cosas que creemos que están bien: las Madres y las Abuelas. La ciencia. La educación pública. Nada menos. Hoy festejamos estar en las calles, encontrarnos, abrazarnos. Porque muchos de los que están acá, en el Monumento, son peronistas de Macri, sujetos políticos con diferencias sustanciales hasta 2015, pero luego hermanados por el espanto. Acá lo que se festeja es el triunfo de la política por sobre el marketing. Un candidato netamente político, de palacio («que fácil fue militar a Alberto» dijo la politóloga) en contra de un candidato de diseño. 

Acá lo que se festeja es la construcción política y colectiva que nace del amor. Porque la política sin amor es simplemente burocracia, un trabajo a reglamento. Ese será el desafío: construir desde ahí, porque toda construcción que nace desde el amor está destinada a perdurar. Porque sólo el amor vive para siempre.