Cuentos | El cabello del cogote estirado - Por Pablo Bigliardi | Ilustración: Pablo Benítez

Ana María no paraba de hablar sobre su hija ni siquiera para tragar saliva. Que Débora no podía tener hijos, que Débora llevaba tres embarazos perdidos o que había probado todos los métodos atendibles y cuando llegamos al clímax del quiebre entrecortado de la voz, más alguna lágrima apurada que salió quemando el maquillaje con surco incluido, desde la radio comenzó la canción I Ran, de la banda A Flock of Seagulls. Eran las tres de la tarde y mi peluquería estaba empezando a llenarse de gente. Yo iba pasando la tintura sobre las canas rebeldes de la frente de Ana María, en donde la erosión del tiempo había hecho el daño de la belleza perdida y un color artificial ayudaría a tapar todo, menos el problema que quería contar. Iba arrugando la pera, moviendo con tics de descarga los sacos de los ojos húmedos, tintineando los pómulos y yo sólo quería escuchar la canción de A Flock of Seagulls con todo mi egoísmo merecido de querer disfrutarla sin interrupciones de lágrimas. ¿La radio tenía que pasarla justo en ese momento? Y pensaba que mi continua acción laboral adentro de la peluquería era de períodos de inestabilidad interminables. Producto de la desesperación estresante de tratar de atender a toda clienta para ganar el dinero que nunca cubre las necesidades interminables de la compra. Desde los lugares menos pensados suelo buscar alguna forma de parar pero nunca encuentro el tiempo. Entonces subo y bajo montañas diarias de objetos innecesarios, de causas imposibles, de sucesos intrascendentes que logran la belleza diaria de lo efímero en cada cabeza. Mientras tanto la canción continuaba en su rock de guitarra eléctrica distorsionada y una mezcla de sintetizadores que a principios del año 1980 comenzó a llamarse pop cuando se iniciaba una década de peinados altos, de pantalones y camisas pinzadas con solapas anchas y una seriedad europea que se inauguraba en Argentina. Escucharla me trasladaba a esa seriedad alerta de un disfrute viejo; de todos mirarnos de reojo, medirnos el pantalón más inflado por el pinzado, o la nueva zapatilla Wimbledon de Adidas. La moda de canciones rápidas como I Ran con miradas para sacar a bailar a las tres de la mañana en los boliches bailables, eran el centro de una fiesta seria que duró hasta que se terminaron los lentos, a principios de 1990.

Ilustración: Pablo Benítez

Ese recuerdo ochentoso fue reemplazado por el yerno de Ana María cuyo nombre era Fabio. Cada vez que escucho I Ran me acuerdo de cuando estaba de novio con Débora y se iba a cortar el cabello a mi peluquería inicial, ubicada en un garaje cuya instalación de apuro aparentaba una peluquería de campaña. Mi hija recién nacida me había otorgado el arrojo de los intentos de independencia laboral como una inyección de energía superadora y nadie iría a interponerse en el camino de la famosa proyección. Fabio iba a cortarse el cabello al garaje porque le cobraba la baratísima suma de cinco pesos y todos estaban al corriente de que con ese precio mi economía no subiría hacia las escalas sociales esperables. Su prepotencia se hizo sentir el día en que sacábamos del auto con mi compañera María Soledad, las reposeras y trastos pertinentes para pasar el día en un club de verano de la localidad de Funes, cercana a Rosario. Solíamos ir algunos domingos y aunque resultaba bastante caro íbamos igual porque nos gustaba la poca cantidad de gente, el silencio y las dos piletas gigantes para refrescarnos y jugar con nuestra hija. Mi proyección había dado resultados: en cuatro años de peluquero independiente había logrado la compra de un auto y una casa que se pagaba mensualmente a través de un crédito hipotecario. Él se bajaba de su súper Toyota cero kilómetro con aire acondicionado mientras Débora, se las arreglaba sola con las canastas y reposeras. Vi su cara desafiante desde mi Renault 12 modelo 1983, base, sin aire acondicionado. Débora saludó temerosa, trató de salir caminando con los trastos para que la acción se llevara toda la incomodidad que sugería Fabio, que insistía parado firme con el cogote estirado sugiriendo autoridad en el lugar menos pensado: «Andá a laburar, ¿qué hacés acá vos?». Concluyó como lo esperable en semejante macho y Débora lo había previsto. Habíamos vivido una situación parecida el día en que cenábamos en un restaurante con María Soledad. Una clienta se había sentado cerca de nuestra mesa, tan cerca como para escucharle: «increíble que tenga que encontrar a mi peluquero acá», le decía al marido. «El peluquero» repetía mirándolo sarcástica, sonriendo una y otra vez como si se tratara del animalito de la limpieza que iba una vez por semana a limpiarle el cabello con algún betún de lustrar zapatos. Por supuesto que luego del servicio debía irme a mi casa en la más absoluta sumisión y sin haberle cobrado un peso, cuando su marido era un gran sucio de cuero cabelludo graso que se cortaba el cabello de un color tan duro como su origen, tapado por las largas capas sociales impuestas.

Fabio pasó el resto de la tarde sin dirigir una miserable mirada hacia el lugar en el que nos encontrábamos y la incomodidad de María Soledad acabó explotando cuando decidimos irnos a las cinco de la tarde. Solíamos marcharnos cerca de las ocho de la noche, luego de haber agotado varios termos de mate, alguna galletita o medialuna y nuestra hija empezaba a dormirse. Cargamos los trastos apurados en el Renault 12 para no volver nunca más al club cuyo dueño parecía ser Fabio. Él continuó yendo a la peluquería. Daba por sentado que Débora habría intervenido amonestándolo y por eso llegaba un tanto manso a cortarse el cabello. Jamás hablamos del tema, ni tampoco de otros, la incomodidad se había instalado como la tercera invitada al corte de cabello y yo no recurría a los temas habituales de ocasión, de hablar por hablar para que el cliente se sintiera a gusto. Un día determinado dejó de ir. La grieta incómoda no permitió acercarnos a determinadas charlas como las que supimos mantener antes de su ataque. Algún tiempo después llegó el casamiento y fui a la casa de Ana María en donde Débora se peinaría y vestiría de novia, utilizando como salón de belleza lo que dejaría de ser su hogar y con el tiempo pasaría a ser la casa materna. Y en los siguientes años volvería de visitas con sus hijos, uno recién nacido en un moisés que acarrearía Débora junto a los bolsos y el otro apenas caminando, de la mano de Fabio que lo llevaría al trote imponiendo su autoridad de macho. Pero ese momento de proyección financiera no llegaría. La gran inversión del matrimonio no daba frutos, sólo ingresaría el dinero que cobraba Fabio en la gran empresa en donde dominaba desde una computadora a una gran cantidad de obreros que obedecían. Mientras tanto yo continuaría siendo interrumpido en mis inspiraciones musicales de I Ran, o de cualquier canción ochentosa por culpa de los grandes proyectos ciudadanos no concretados en la escala social advertida en los manuales.

Yo sería padre nuevamente, de otra hija, y pasaba a tener una suerte de coincidencias con Ana María. La hermana menor de Débora, Daniela, llevaba la misma diferencia en años que mis hijas y de las similitudes familiares de cuatro unidades la que menos esperaba como quinto componente era la de tener un yerno como Fabio. Daniela se casó dos años después y también fui al hogar materno a peinarla. Acto seguido, como era de prever en todo hermano que ve sufrir al otro, tuvo tres hijos en el lapso de los siguientes tres años sólo para que Débora lo mirara por tevé como expresaban los dichos populares de fútbol. Pero las lágrimas de Ana María por la hija mayor continuarían mientras se probaban todas las artificialidades posibles de los embriones en tubos de ensayos y Fabio se sometía a disgusto porque le daba lo mismo. No le interesaba tener hijos o cortarse el cabello en una peluquería de nivel social escaso, sólo quería llegar a casa después de su gran trabajo y que las cosas estuvieran en orden, entre ellas, la de la comida en la mesa a horario justo.

Ilustración: Pablo Benítez

Algún tiempo después cuando había olvidado por completo las caras de la súper pareja proyectada hacia el progreso, los encontré en el shopping un domingo de los aburridos, de cuando no sabemos qué más hacer con nuestras hijas encerradas en casa y salimos a pasear por pasear, sin un objeto claro del sentido de las vidrieras inalcanzables. Débora empujaba el carrito de un bebé y su sonrisa inocultable abarcaba todo el shopping. Sabía por Ana María del embarazo y que se habían mudado a un barrio coqueto en la localidad vecina de Funes, en donde la moda arrastraba severamente a todo aquel que fuera un joven entusiasta recién casado, que tuviera dinero para grandes inversiones inmobiliarias y se comprara la casa con frente moderno de ventanas de aluminio y portones para dos autos incluyendo jardín, césped y pileta en el mismo fondo del patio sin necesidad de recurrir al viejo club de dos piletas populares. Por la misma circunstancia de la lejanía, Débora había dejado de ir a la peluquería, evitando de esa forma todas las incomodidades de las excusas, pero no la de continuar padeciendo las lágrimas de Ana María que continuó pisando la canción I Ran, hasta que Débora quedó embarazada. Nos asomamos con María Soledad hacia el cochecito y pudimos ver una nena de apenas tres días. Débora nos contaba que esa misma mañana había salido del hospital. Él llevaba cuatro bolsas de cartón muy paquetas en cuyo interior había remeras y camisas con celofanes coloridos que anunciaban marcas mundialmente reconocidas. Me miró: «Ya no aguantaba más tanto tiempo encerrado esperando a que naciera la bebé, tenía que darme un gusto». Lo dijo de corrido moviendo la cabeza con ademanes cortos, propios del matón con sueldo alto y gustos caros que ayudarían a conformar su ego. Continuaba posicionándose ante Débora que debía acompañarlo a su súper compra pese a los puntos recién cosidos en su panza. Porque un matón argentino con sueldo fijo asegurado, se dedicaría de por vida a eso, a anular vidas de otros y su especialidad: las mujeres y los pobres. La estrella del año, su hijita, pasaría al segundo plano para siempre. Podía llegar a ser una obediente más y debería mantener los mismos rituales de limpieza y atención que su madre y que viviera el resto de su vida en familia para limpiarle el culo a Fabio cuando se pusiera viejo, si fuera posible. O a lo mejor la hijita con los años se rebelaría y lo dejaría solo, en un geriátrico olvidado del mundo y viudo, porque Débora se moriría por cansancio y desidia de haberlo aguantarlo tanto. Mientras tanto yo reemplacé I Ran por otras canciones ochentosas que me trasladarían a mi comodidad de gusano, de removerme en un pasado inquietante de ciertas circunstancias que me llevan a rememorar las lágrimas titubeantes de Ana María, el cogote estirado de Fabio indicando que no debía olvidarme jamás de cuál era mi lugar, en el que deberé quedarme para mantener tranquilas las mentes de todo gurka-clase-media que se precie de tal.