Lecturas | «Cotidiano», de Mariana Travacio - En las tramas de lo cotidiano habita un misterio. Lo siniestro surge, de repente, emerge y acorrala. Están todos atemorizados, cohibidos, desesperados. Los modos de vida que subyacen en el entorno conflictivo se dejan ver en las minucias de todos los días, la alteración paciente de los minutos, una sucesión que se repite, como en vuelcos, desequilibran. Se anhela la estabilidad, lo normal. Esos deseos rutinarios van formando las superficies por donde resbala algo hasta llegar a la tragedia. Todos los sabían.

En las tramas de lo cotidiano habita un misterio. Lo siniestro surge, de repente, emerge y acorrala. Están todos atemorizados, cohibidos, desesperados. Los modos de vida que subyacen en el entorno conflictivo se dejan ver en las minucias de todos los días, la alteración paciente de los minutos, una sucesión que se repite, como en vuelcos, desequilibran. Se anhela la estabilidad, lo normal. Esos deseos rutinarios van formando las superficies por donde resbala algo hasta llegar a la tragedia. Todos los sabían.  

Por Herminda Azuénaga de Puchet

Cotidiano Frente

¿Hace falta buscar núcleos temáticos, dar precisiones estilísticas, trazar cartografías, intentar ubicar tradiciones en las atmósferas narrativas o en los personajes que habitan las historias? ¿Qué tipo de lectura se vuelve necesaria? En Cotidiano, de Mariana Travacio, la necesidad parece ser otra. Los cuentos son momentos mínimos, abiertos, en apariencia incompletos. Se construyen sobre lo siniestro cotidiano: pequeñas acciones que dislocan los actos superficialmente sin importancia, alteran los deslizamientos, la continuidad en apariencia armoniosa, sin sobresaltos, hasta superarlos. Si hay complejidad, espesura, mezcla confusa, no está en la trama, ni en el ritmo, ni en las escenas que se suceden en los relatos. Emerge como contenida en el pasado una vez que finalizan los hechos. El presente se precipita, se trata de la insinuación de la muerte, alguna de sus formas, la decadencia, el dolor, el abandono, el letargo pesaroso de la robotización rutinaria.

El argumento es ese toro de cerámica que se rompe en pedazos, que no soporta sostener toda la intensidad de la felicidad ahí atrapada. Pesa demasiado para ser un adorno, para quedarse quieto en una repisa. La pérdida del erotismo, el desamor, la ruptura de los lazos, la hija que se va y sufre, toda fragmentación de algo que parecía sólido y no lo es. Las historias del libro son ese lento devenir de lo indudable. ¿Quién puede dudar de que todo desencadenará en una tragedia? ¿Quién puede, asimismo, aceptarlo plenamente y seguir viviendo con esa certidumbre? Desde el principio los personajes saben todo, aunque elijan traducírselo a sí mismos con lenguajes consoladores, acontecimientos reconfortantes organizados y distribuidos para caminar con seguridad. Es una gran experiencia de apisonamiento, de qué manera se afirman los suelos sobre los que se debe poner los pies todos los días, inevitablemente. ¿Qué terrenos ¿Cuáles?

Cuando algo falla, hay riesgo. La madre (en «Manuela») sabe del sufrimiento de su hija, ve los golpes de su marido, escucha lo callado. Se aleja, por fin. Siempre empieza y termina en un alejamiento. Hay un componente de azar que parece facilitar la aparición de lo siniestro en la malla segura de lo cotidiano. Es azar por desconocido, a pesar de ser reconocible. ¿No es una definición de la temporalidad, la fundación –fundición– de una instancia de lo contemporáneo, ese pulso terrorífico vibrando por debajo de las actividades más triviales? En ese juego de diagonales se extravían los personajes. Hacen líneas transversales sin grandes aventuras ni actos trascendentes. Están inmersos en la abulia sin fin de sus rutinas, acomodados entre moldes sociales que asumieron confortables pero dejan pasar una ráfaga helada de dudas.

¿De dónde viene ese viento? Los hechos parecen estar ahí esperando para ser cumplidos con meticulosidad, ninguno puede escaparse de su fatalidad. Hacer y hacerlos, como una repetición automática que compone la realidad, una envoltura de identidad que se enrosca cronometrada con obligaciones. Hay que ir ahí hasta que sucumba, sobrevenga la tragedia. ¿No estaba? ¿Es una invención de los protagonistas, apurados por buscarla, por buscar algo, chocarse para descubrir los límites y su impotencia?

«Trayectoria» forma una imagen nítida: un obstáculo, la simultaneidad, y la moladora que cae y asesina. Accidente, se resume. Dos tiempos en superficie inconexos, sin amenazas, pero que por debajo anudan una fatalidad que los personajes no pueden –o no quieren– percibir del todo. Como en «Semana Santa»: romper un hábito atemperante permite abrir la posibilidad de emergencia. Vivir en emergencia: darle lugar al riesgo y a la erupción de la novedad. Viaje, vacaciones, distenciones o un estímulo que desinhibe. Ahora todo se ve desde lo horrendo. La salida, en este caso, es por la traición. Lo bajo, la venganza artera, también desesperada e impotente, de la mujer solitaria. La ruina almacenada durante días y días monótonos, explota en bajeza. Alcanza con que una cortina de bar separe dos momentos. Todo lo cotidiano, ahí, es ajeno. Parece un acceso a la locura, pero el principio de realidad nunca se rompe: está más firme y provocativo que nunca. Sin embargo, no hay conocimiento de algo nuevo e insospechado: todo lo que estaba –se sabía– surge odiosamente iluminado, en el centro, ineludible. Están obligados a hacerlo, a estallar, escapar. Es la interpelación insustituible de lo siniestro. ¿Cómo leerlo ahora que lo cotidiano expresa la supervivencia de algo tétrico cultivado en el silencio y sólo reconocido cuando desborda y sobresale?

Las angustias nuestras

Los cuentos narran historias sin final, como lo cotidiano que transcurre y después, con la quietud y la distancia, cobra forma en la conciencia, se cierran y dan la idea de estar ahí, alcanzables, con algo que decir. La prosa, simple, directa, sin alambiques ni grandiosidades técnicas, es esa prosa de lo cotidiano. Una lengua que se construye en lazos diarios, comentarios ínfimos, ridículos por lo corrientes, las primeras –y a veces definitivas– instancias de lo real. ¿Qué tipo de realidad vivimos al vivirla tanto tantas veces? ¿Es la tragedia esa falta de sospecha sobre lo que está más allá? ¿Cuánto de ella se alberga en eso que está? Los relatos de «Cotidiano» se preguntan –sin preguntarlo explícitamente– por esa angustia inmediata que se va desarticulando en pequeños sufrimientos hasta reventar en un acontecimiento fatídico. ¿La tragedia diaria que vivimos, que vemos, que leemos, que presentimos? No hacen falta masacres, alcanza con horas y horas y más horas acumuladas. Por eso no sobra la sangre, el dolor, la traición, la mezquindad. Están, sigilosos, en las fantasías penosas que imposibilitan la vida de los personajes.

¿Qué otra cosa es sino lo que se cuela por las hendijas del recién mudado que oye a sus vecinos discutir? («Hendijas»). El tipo sale a la galería y escucha. Proyecta sus fantasías, siente multiplicarse las voces en esa alegoría de la urbanidad, sonidos que se filtran y conviven, que traen la remembranza de la propia sordidez. Un riesgo, de nuevo. Mudarse para buscar algo, y encontrarse otra vez uno mismo. En eso se van desgranando los modos de vida cotidianos, que pueblan las ciudades. Puras suposiciones: risas, voces, ruidos, sucesiones de la vecindad. Contagios, influencias, réplicas. Los modos de vida se reproducen, penetran, homogenizan. Si tanto se padece, por qué se sigue con lo mismo. Ese realismo pesimista, esa contemporaneidad de aburrimiento e imposibilidad, sumergen a los personajes. Es la pregunta por lo cotidiano, lo siniestro. «Si tanto sufre, si tan poco entienden, me pregunto qué la mueve a seguir a su lado, a sostener ese horizonte de puro reclamo. Me lo pregunto ahora que ha pasado tanto Contratapa Cotidianotiempo: el tiempo necesario para inferir que no se trata de una crisis ni de una pelea pasajera: se trata de un modo de vida. Ese modo de vida me invade, por las hendijas» («Hendijas»).

Contar la nada

¿Qué memoria permite almacenar ese ritmo frenético y denso de lo cotidiano? ¿Para qué habría que tenerla, como si se tratara de una máscara de oxígeno siempre a mano? En «Construcción», la psicóloga quiere ayudar a la protagonista para que recupere la memoria. No puede recordar nada, ni a sus hijos. Pero en algo la ciencia no tiene nada que hacer, su deseo de intromisión y direccionamiento, la aplicación de un recurso mejorador, se topa con el cuerpo vivo de la paciente. Le cuentan cómo era la que es. Otra vez las temporalidad colisionando en una contemporaneidad conflictiva. ¿De qué otra forma puede entenderse esa imposibilidad de saberse cuando todo apunta a señalarlo? ¿De qué están hechos los signos que indican quién uno es en esa marea de apariciones –las más previsibles– que hacen la vida que por necesidad se vive todos los días? La amnesia se produce como un impacto. Después, el olvido. Estar ajena a lo suyo: madre que ignora a su hija, esposa enamorada que repugna a su marido. Todo es pasado como una foto inmóvil de la que no se reconoce nada. Hay que reinventarse. Lo cotidiano es de otra, se establece como una frontera demasiado cercana, algo que se fue.

La lejanía, la ajenidad, es ese olvido. «La psicología me agota», lamenta. No entiende, no puede. El pasado que se impone como una necesidad del futuro. El momento de afirmación nace en esa contradicción, es la falta de una certeza. Al menos una equívoca. Los personajes están agobiados, lo saben. Pero siguen.

«En pocos días tengo una rutina», dice, «esta rutina es mía, la inventé yo». La trampa para salir de la trampa. La rutina es un soplo como un hilo de enredos, un cuerpo demudado, una memoria que no consigue dar consigo misma. Las formalidades, lo convencional, los modales adquiridos, los recorridos esperables, la gran puesta en escena no ayudan a saber. ¿Dónde hay que buscarse en esa contemporaneidad arrebatada, en ese presente en el que no hay nada ni nadie? Ahí donde Parisi se encuentra con su tristeza solitaria en la «Rapsodia silenciosa». El río, la noche, el silencio. «El silencio atora», dice Ofelia Ortiz, «la noche es una jaula. Te cierra la boca, y los ojos, y los demonios quedan adentro, bailando alegres, impíos, como si fueran hadas, que no lo son» («Último diario de Ofelia Ortiz»).

¿El archivo infinito de la era, la profusión de información disponible, caótica, sobrepuesta, no es la ausencia de memoria? Nada que toque la carne, que se inscriba en la subjetividad. Todo fluye, y aterra. ¿Cómo impregna en los cuerpos ese torrente desquiciado de imágenes, datos, recuerdos fragmentarios? No preguntar, esta vez, es una respuesta. Asumir únicamente el presente infinito, despersonalizado, en algún grado. La desmemoria exonera, al tiempo que es un síntoma del exceso de noticias sobre lo que fue. Dijimos: todos los personajes saben de lo que se trata, pero no son capaces de evitarlo, salvarse, cambiarlo. Es lo que debería ser y lo que se anuncia. El tejido cotidiano se confirma y se anula en cada uno de los intentos por adquirir autonomía. Los personajes están encerrados en sus propias vidas, van camino a una desgracia. Son todos tan parecidos cuando están penando. ¿Qué tipo de deseo logra evadirse de esos planos? Hay una figura ilustrativa en «Nadie ahí»: el viejo abandonado, quedó último, vive y llora despacio, casi sin darse cuenta. ¿De qué manera se rescata una vida silencios? ¿Cómo hay que relatarla? ¿Qué lenguaje puede hacer imagen con esas acciones que no están quietas, pero tampoco tienen la intensidad que supone una trama? Lo cotidiano y la literatura, en definitiva. Qué hay cuando no hay nada.

 

Travacio, Mariana: Cotidiano, Baltasara Editora, Rosario: 2016 (primera reimpresión).

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