Cuentos | La traición - Por Adalberto Fanfarrón  No, no es que a mí no me gustara la mina. No es eso. No vayas a creer que estoy medio rarito, que ahora opte por otros caminos, probar nuevas cosas. No, nada que ver. Pero, viste, la cosa arranco rara desde el principio. Y, yo no soy supersticioso, pero viste como […]

Por Adalberto Fanfarrón 
No, no es que a mí no me gustara la mina. No es eso. No vayas a creer que estoy medio rarito, que ahora opte por otros caminos, probar nuevas cosas. No, nada que ver. Pero, viste, la cosa arranco rara desde el principio. Y, yo no soy supersticioso, pero viste como es cuando se dan tantas casualidades juntas. No puede ser. Algo tiene que haber, algún hilo causal que conecte los fenómenos, que se yo. Yo la vi a la mina y ahí nomás me dije ‘esta es mí’. ¿Viste como soy yo? La fiché. Le clave los ojos y, no sé, la mina me sugirió algo que me hizo saber que era esa mina la que tenía que buscar. Está bien que era la única que estaba, estaba lleno de tipos el lugar, pero yo sabía que era esa mina. Así que agarre y me propuse llamarle la atención. Sutil, viste, una cosita elegante, como para marcar presencia, como un cazador que recorre el terreno y muestra que es él el que manda. Como advirtiendo: ‘ojo que acá estoy yo’. Camine despacito, con la cabecita en alto, la mirada fija adelante, casi sin pestañar. En esos momentos no hay que mostrar flaquezas. No podes dudar. Cualquier vacilación y fuiste. Las minas son muy perceptivas. Más que nada esa: una mina de mundo, linda, que se ve que la encaran seguido; de esas minas que saben cómo tratar con las hienas que la quieren levantar. Vos me entendés. Entonces la tenía que refinar. Y pasé caminando, canchero, bien cerquita de la mesa, sin mirarla, rozándola apenas, como por descuido. Y cuando pasaba, medio de reojo la calo mirando, pispiando sobre el hombro, haciéndose la boluda. Yo, nada. Me hice el desentendido y seguí. Ahí nomás me dije: ‘listo, papita para el loro’. La mina había cedido, se rindió. Solita. Con esa mirada me lo dijo todo. De todas formas, todavía tenía que seguir actuando. El trabajo no está terminado hasta que no borras el teléfono después de salir del telo. Vos sabés como es. Bah, salvo que quieras verlas una o dos veces más. Pero, vos me conocés a mí. Me cuesta quedarme más de un rato con una mina, viste, es más fuerte que yo. No me les puedo negar a las otras. No es por vanidad. Es una cuestión de pulsión masculina, una fuerza que me lleva a desprenderme, a dormir una siestita en cada cama y partir. ¡Que te voy a contar a vos! Bueno, la cuestión es que fui y me acodé a la barra. Cruce los piecitos, viste, como sobrando la situación. Moví un cacho la cabeza y con un gesto, sin hablar, le pedí un Whisky al barman. ‘Sin hielo’, le digo, y se lo digo fuerte como para que la mina, que estaba ahí más o menos cerquita, escuche y diga: ‘este es un tipo de calle, no es un pichón’. Vos sabes cómo son estas cosas de la persuasión. A las minas se le mete algo en la cabeza y con esa idea siguen toda la relación. Es así, que le vamos a hacer. Por suerte yo lo sé. Nosotros lo sabemos. Así que corría con una ventaja. Tenía que darle esa sensación de tipo con experiencia, un bacán, de entrada. No podía tropezar porque listo, nunca más y si te he visto no me acuerdo. Entonces cacé el vaso con dos dedos –agarrándolo entre el pulgar y el índice, viste- y lo movía un poco, lo hacía bailar, canchero, como sobrando el tema, y mientras la miraba fijo, pero cuando ella atinaba a mirar, corría suave la vista y sonreía, como para que supiera que era a ella a quien mirara, pero le demostrara que yo manejaba la situación, que no me tenía regalado, que yo sabía lo que hacía. Es así, un tire y afloje, en esto. Das un poquito, volves; soltas, traes, es así. Ella medio que sonreía, así, con timidez, y volvía a la mesa. Así lo hice un par de veces y la mina se reía y se le iluminaban los ojitos, no sabes, divina era, una belleza. Hasta que la vieja que estaba con ella en la mesa, se ve que se dio cuenta, y se dio vuelta. ¡Una cara de mala tenía la vieja! Viste, de esas viejas mal atendidas, que se les nota que hace años que no tienen asistencia generosa, que no te das una idea. Un horror, la vieja. ‘Es la madre –pensé- ¡cagamos!’. Claro, me hice la idea. La mina está viviendo acá hace algún tiempo, era una mina que vivía con los padres, hija única posiblemente, la madre la vino a visitar, se fueron a tomar algo al café… la vieja no quería que ningún buitre le quiera arrebatar a la hija, por lo menos en ese momento. De esas viejas que quieren copar todo. Mala leche, la vieja, una vieja mala leche, para hablar claro. Aparte, por cómo era la vieja te digo, estoy seguro que desde hacía tiempo le venía rompiendo las bolas a la nena para que le presente un novio fijo, que ya era grande, que tenía que pensar en casarse y todas esas huevadas que le llenan las cabezas a las pobres minas y le complican la vida sentimental. Después los tipos, con tantos trastornos que le mete la madre, las dejan, se van, huyen despavoridos, pobres minas. Así que me las vi negra. Pero bueno, ya estaba ahí, la mina me había sonreído, así que no desistí. Cuando la vieja miró para mi lado, me hice soberanamente el pelotudo y después, cuando ya giró para seguir con la charla –que, de paso te cuento, cotorreaba que era una cosa insoportable esa vieja- volví al campo de batalla. Viste, uno tiene que saber cuando atacar y cuando replegar las fuerzas. Son cosas que da la experiencia, viste. Entonces, le tiré un par de miraditas más a la mina, y me las respondió bien. Con modestia, pero bien. Que se yo. Tampoco se iba a entregar la mina. No era de esas. Era una mina bien. Una morocha que se ve que fue a escuela privada, de esas que le gustan las formas, el coqueteo, el boludeo previo y al final te tapan la boca, a la hora de los bifes son tremendas. Viste, yo tuve varias de esas y te puedo dar fe que son así: al principio se hacen las reinas, que ‘pará que vas muy rápido’, ‘que en la primera cita no’, ‘que esto no hago’, que una cosa, que la otra, y después, agarrate porque son unas fieras que te dejan como un pavote, te comen crudo. Bueno, esta era así. Una chica de familia, de las que tienen buena reputación entre parientes, consuelan a los primos, charlan con las tías solteras, les sonríen respetuosamente a los tíos mamertos que en las fiestas se ponen en pedo, se pierden y se la quieren encarar. ¿Te das cuenta lo que te quiero decir? Esas minas más bien fi-fi que son como un cofre cerrado que, cuando se abre, explota. Bueno, yo era el pirata que estaba buscando abrir ese cofre y tenía la llave. Disculpa la metáfora pelotuda, pero vos sabes cómo me ponen esas situaciones. La cuestión es que la vieja no paraba de hablar y de hablar, y yo notaba que la mina ya estaba hinchada los huevos, viste, miraba para un lado, para el otro, sonreía falsamente, giraba los ojitos de acá para allá. Se quería ir, la mina. Y se quería venir conmigo, te la canto. Estaba seguro. Cada tanto ojeaba para mi lado, y yo, como un dandy, pasaba la vista con gracia, le mostraba un poquito los dientes, así, con esta cara, ganador, superado, viste, y seguía el recorrido de la mirada hacia otras mesas, como para que la mina piense que también hay otras posibilidades, que no es la única, que estaba buscando otras también, que si no callaba a la vieja y se la sacaba de encima se perdía este cuerpito, es así. En realidad no había ninguna otra mina, eran todos machos. Estaba jugado yo, pero no podía mostrarme débil. Tenía que actuar, evidenciar superioridad. Así que, cada tanto, le metía un traguito corto al Whisky–si, no me mirés con esa cara, ya sé que no me gusta el Whisky, pero bueno, viste como es, son las necesidades, los gajes del oficio, no podía pedirme un pingüinito de vino con soda, no daba, tenía que aparentar nivel, clase, ser un tipo de categoría, ¿me entendés?- y después suspiraba, suspiraba profundo, como un tipo que vive la vida, que tiene preocupaciones, que esta cansado de la mediocridad de la vida, un tipo reflexivo, como para que la mina piense que estaba en otra escala, que era de esos tipos que ya se cansaron de las simplezas, que buscan un más allá, un espacio de trascendencia o no sé qué carajo, pero la cuestión era que la mina tenía que pensar que yo no era uno cualquiera. Yo era un tipo de mundo, que había caminado la vida. Y me metí en el personaje. Me lo comí. Como hacen los buenos actores. Y ya estaba convencido que era un Brad Pitt o ese otro, ¿cómo era?, ese que rompe los huevos siempre mi mujer, bueno, no sé, a lo que voy, me convencí que era uno de esos tipo cancheros que aparecen en las películas –que solamente en las películas se ven, después está lleno de huevones que andan desesperados y les importa un carajo la galantería, la fineza y la sobriedad, ponen unos mangos y se acabó, tienen a la que quieren-, pero, viste, esta mina no era normal, era distinta, que se yo, la mina tenía que pensar que yo había salido de una película, que era una oportunidad única, que estaba ahí, me tenía ahí, y no podía desperdiciar semejante oportunidad que le abrió la vida por colgarse escuchando las pelotudeces que la vieja le repetía sin despertarle el menor interés. Así que yo fruncía el ceño y suspiraba. Miraba para arriba, me acariciaba un poco las mejillas. Me mostraba preocupado, pero galante a la misma ves. Como los actores, que andan con cara de estar lleno de problemas pero nunca pierden la línea y la elegancia. Así estaba yo, con el vasito de Whisky en la mano, el codo en la barra, los piecitos cruzados –que, te cuento, ya me estaba acalambrando que no podía más, pero no podía echarme para atrás y volver a tomar una posición rudimentaria, ordinaria… la diferencia los hombres la hacen en la forma en que se para, como se presentan ante la vida, ahí está todo el secreto- y la mirada que relojeaba un poco, recorría todo el bar, con la pera en alto, sin bajar la cabeza un segundo más que para suspirar y fingir agobios existenciales y hastíos de la rutina y la sencillez. Y vos sabes que estaba mirando a la mina y ella me miraba, cuando entra un tipo, trajeado, elegante, bien peinado, con presencia, el tipo, no sabés, hasta a mí me conmovió, de esos tipos que cuando entran a un lugar parece que van en cámara lenta y que todos lo miran. Bueno, el tipo agarra y va hasta la mesa de la mina. Saluda gentilmente a la vieja –y ahí pensé que estaba en desventaja, el tipo conoce a la vieja y me caga, se ganó a la madre y listo, la tiene en el bolsillo, viste como son esas minas con el tema de los novios y las madres y que se yo el cuento ese- y después caza a la mina del brazo, ella medio que se resistía, como que no quería, sabiendo que yo la estaba mirando, viste, era como que se daba cuenta y quería soltarse, pero el tipo la retenía, la agarraba y ella, sin demostrarlo explícitamente, ¿cómo te diría?, como sugiriéndolo, le decía que lo suelte. Ahí está, dije, la mina está conmigo, la tengo muerta, y el tipo este me la quiere afanar. Y el tipo la quería levantar y la mina es como que dejaba pesado el cuerpo para quedarse en la silla. Y el tipo insistía. Hasta que la levantó. Ahí yo sentí que la mina estaba incómoda. Se la veía mal. No sé. Por presentimiento, me daba cuenta. Como que no quería saludarlo al tipo, se negaba, yo sentía que la mina se negaba, que, en el fondo, estaba pensado que yo la estaba mirando y no quería cagarla. Quería venirse conmigo, pero tenía a la vieja y al tipo ese que la apretujaba y no la dejaba ser libre, soltarse al deleite de sus placeres y correr hacia mis brazos que la esperaban para fundirnos en un abrazo que sea el prefacio a un desatado desenfreno de pasión. La mina no quería. Estoy seguro. Pero el tipo la agarraba fuerte del brazo y cada vez se la acercaba más, mientras hablaba y contaba no se qué obviedad cotidiana y la viaje se reía a carcajadas y le festejaba los chistes que hacía. Era un complot contra mí. La vieja estaba en contra mío, intentando llevar agua para el molino del tipo ese. Ya había elegido y había elegido en contradicción a lo que decía su hija. Era de esas viejas prepotentes que quieren elegirle los novios y decidirle la vida a las pibas, y las pobres pibes, criadas en sus casas para la sumisión, no les queda otra que aceptar y viven una vida de aceptación y sometimiento. Es así, primero son los padres, después los maridos, el jefe y, pobres minas, terminan haciendo lo que los otros quieren y no pueden elegir. Yo no quería eso para ella, era demasiada mujer, ¿Me entendes? Y ella tampoco lo quería. Tenía como una cosa rebelde que se le notaba en la actitud, como un deseo de rebelarse y sacarse de encima al tipo ese y a la vieja y mandar todo al carajo y largarse a vivir la vida conmigo, que la esperaba en la barra, controlándolo todo, como si supiera cual era el desenlace. Porque en el fondo creía que lo sabía. Estaba convencido. Ya la veía a ella, de un tirón, sacándose de encima al tipo y viniendo hasta mí, agarrándome la mano y saliendo, como apurados, por la puerta, mientras todo el bar nos miraba, atónitos, sorprendidos por la increíble decisión y valentía de esos dos rebeldes que hicieron valer su voluntad en nombre de una pasión. Por eso, vos me vas a comprender. ¡No podía cortarle las alas a esa pobre mina y dejarla ahí, presa de esas manos metálicas que la apresaban como grilletes, ante la mirada cómplice de la vieja, que estaba de acuerdo con el encierro! No podía dejar que nuestro amor se rompiera así porque sí. Que se tiraran a la basura tanta energía contenida y no pudiéramos explotar. Vos sabes como es eso. Era como un afán de justicia. Y encima el tipo cada vez se la ponía mas cerca. Y ella, tensa, intentaba resistirse sin perder el respeto, como buena niña sumisa y bien educada. Y el tipo la abrazaba y se la quería adueñar, y yo veía en ella los gestos propios de quien esta sufriendo una imposición indeseable. Y la vieja se reía a gritos y consentía la esclavitud. Y yo miraba. Y el tipo se la acercaba, hasta que de pronto, la tomo firme y le partió la boca de un beso. Y ahí explote. No podía permitir esa injusticia, no podía quedarme quieto ante ese abuso. Solté el vaso, fui derecho hasta la mesa, y sin decir una palabra, cuando el tipo giró para mirarme, lo puse, le hundí la geta de un trompadon. La vieja dio un grito sordo. El tipo se desparramó entre las mesas y tiró al carajo una en donde dos viejos jugaban al ajedrez, que se levantaron a las puteadas. Yo esperaba que ella me abrazara como a su salvador y marcharamos juntos. Esperaba una devolución agradecida de semejante proeza, impulsada solo por amor. Pero no. Sin decirme una palabra, me dio una cachetada y se fue a asistir al tipo, a su explotador. Me traicionó, ¿entendes? La mina me cagó. Para colmo la vieja llamó a la cana y se armó un quilombo bárbaro con los tipos del bar. Me comí 72 horas adentro y encima no puedo entrar más al bar. Por eso te cite acá. Me cago la mina, ¿te das cuenta? Yo sabía que iba a terminar mal.