Cuentos | La sombra del tiempo (Parte II) - Por Luis Giménez Pardo

Por Luis Giménez Pardo / Podés leer la Parte I aquí

Fragmento de la misiva que Albert Liverstein dejó a sus descendientes entre las páginas 33 y 34 del tomo XII de la serie La Orden del Fénix.

«Caminé pasos muertos en busca de una conversación que saque a la luz – no forzadamente – aquello que tenía ganas de poner sobre la mesa. No encontré a nadie dispuesto a recibir esta catarata de ideas que ni yo habría soportado.

Había un sujeto, solitario. Disfrutaba de la bohemia asfixiante que el humo del octavo cigarrillo juega a disimular.Foto 2 Silenciosamente, cuidando de que mis suelas no contaminen la armonía de la pobre música que sonaba de lejos, fui acercándome. Su rostro era una incógnita tanto como su nombre, que nunca lo pregunté. Mi estado de desequilibrio era tal, que no deposité importancia en descifrar si era imaginación mía o verdaderamente había alguien frente a mis ojos.

Se siente en el aire, se respira, es como una brisa indeseada que se atreve a romper las reglas presuntamente establecidas, que todos respetan pero que nadie firmó. Es una sensación diferente, que ni siquiera se arrima a preguntar si puede bailar, empieza a mover sus pies al ritmo del desencanto e invita a su danza al ángel del silencio.

No quedamos fuera de su magia ni mucho menos, por el contrario, estamos empapados del rocío que sus conjuros convidaron en el ambiente. Todos abrazados al sencillo oficio de no pertenecer a este mundo. Todos espiando las posibilidades que descartamos y podrían haber sucedido.

Es curioso aquello de sentarse a pensar en las distintas puertas que ofrece el destino y saber que sólo hay lápiz y papel para que una sola de ellas sea abierta, dejando las demás sepultadas en las tumbas de lo que pudo haber sido o moribundas en realidades paralelas intocables, presuntamente contradictorias. La piel y el tiempo se dan la mano a la hora de afirmar que ninguno nos deja escapar, somos prisioneros de esa condición que no compramos pero aceptamos irremediablemente.

Como un vómito incansable, las palabras salían de mi boca esperando ser, al menos, recibidas por un desconocido que representaba mucho más que las personas a las que pudiera haber acudido en aquel momento. La vorágine era indefinible pero existía con una fuerza misteriosa que justificaba los pasos de danza que mi lengua dibujaba en cada frase. La figura movió su mano y dibujó una coreografía de aceptación.

Apuré el vaso y me fui. Me escapé. Todos los lugares son ninguno cuando el alma exige libertad. Ahí andaba mi inconsciente, corriendo detrás del tiempo, yendo hacia un punto que no se sostiene más que por la insoportable idea de huir. Llegué a mi casa, y parado frente a una vieja biblioteca sólo miré los lomos de los libros, tomé nota de cómo estaban acomodados, “¿Por qué así y no de otra manera?”. No tenían nombre particular, sólo se leía en letras doradas La Orden del Fénix, así que escribí las primeras tres palabras de cada uno en una hoja a modo de seguimiento.

Un día más tarde recordé aquello e intenté comprobar las coincidencias. Todo había cambiado. Los libros no respetaban su lugar, ni siquiera las palabras anotadas mantenían su sitio. Tomé uno al azar, opté por el que figuraba en el trigésimo segundo lugar, una hoja se desprendió. Tarde comprendí que en verdad no pertenecía al libro sino que había sido puesta allí.

“¿Y si en un escenario superpuesto aquello a lo que dimos la espalda se vuelve frente? ¿Y si los senderos que se bifurcaron aún sobreviven y nosotros sólo nos limitamos a apreciar las flores de una parte del jardín? Así como el viento cambia su soplido, los opúsculos se mueven, casi como la aguja que persigue incesante la zeta invertida”.

Agonizantes y desnutridas, bajo el sepulcro infame de la identidad – falsa, por supuesto – que nos confiere la existencia, se encuentran escondidas las respuestas a los interrogantes que cuestionan las decisiones del tiempo. Olvidadas allí, sangrando la soledad, dormitan resignadas no porque sus líneas no coincidan con lo que los relojes dictan ni porque su sola mención desbarate los planes del destino, sino porque nadie sabe que están allí».

***

Comprendió, tarde, que su persecución hacia el libro correcto dejó en silencio el socorro de su mujer y por ello eligió abandonar el mueble. Había entregado, estúpidamente, el amor a la tierra y al olvido.

El señor Liverstein, que respiró durante 89 abriles, regaló el mueble  –junto con los libros y las búsquedas perennes– luego de que su compañera decidiera atravesar las venas de su muñeca y despedirse, no sin antes chillar del dolor, de un mundo al que le reclamaba atenciones que no encontró.

Su suerte no fue mejor y los años le comieron la carne. Continuaron con su gnosis para después lamer sus huesos, en el único final inevitable que asegura cualquier futuro. Sus ojos, enfocados hacia un infinito desconocido, alumbraban tímidamente el aire mientras una mueca de congoja –la última– perpetuaba el trazo en su rostro y en el recuerdo de los presentes. Antes de morir o quizá muerto, justo cuando el cuerpo pierde los 21 gramos que se le acusan al alma y mientras los científicos calculan porcentajes para explicar lo que los poetas prefieren desnudar en versos, el señor Liverstein tuvo un sueño.

Era la misma habitación de siempre. Fría. La recordaba más luminosa que como se mostraba en la representación y había un cuadro que nunca había visto, apoyado sobre el mosaico de la vieja cómoda. Siete o tal vez ocho baldosas más tarde estaba ella. Miraba a través de los cristales de la ventana, como esperando que la luz la salve de la vida. Apuró los pasos para abrazarla y recomponer las horas perdidas pero al mínimo roce desapareció. Los dedos intentaron ser suaves para hacer de las caricias un jarabe tibio que esboce su estría sobre la carne extasiada, entre el embrujo del tacto y las creaciones del intelecto. Nada sirvió, ella no estaba allí.

Levantó la vista mientras una gota de sudor se confundía con una lágrima. Frente a él, otra vez, la biblioteca. Solo quedó, de pie ante ella contemplando el misterio que lo había consumido. De pronto, como en una coreografía errática, los libros comenzaron a caerse de los estantes y al tocar el suelo estallaban en partículas refulgentes que iluminaban durante breves segundos la habitación.

Desnudo, el mueble también habló. Sus estantes cayeron al vacío infernal que proponía el paisaje y tras una densa y sombría oscuridad, todo enmudeció. Sus ojos no distinguían los colores y sólo aparecían sonidos esporádicos que atemorizaban su piel. Tenso, con el corazón atravesado por una electricidad misteriosa, comprendió que las voces que se escuchaban eran de una misma persona: él. Un rayo le encandiló los ojos y ante su torpe vista aparecieron centenares de sujetos.

Observaba sus movimientos, sus ropas, el color de su pelo, los gestos. Había niños, jóvenes, adultos y ancianos. Se vio en cada uno de ellos. Se vio padre, policía, sacerdote, adicto, fuerte, deportista, escritor, músico, pobre, médico, famélico, obeso, risueño, doliente, muerto, asesino, sádico, hijo, marido, abuelo, político, mendigo, artesano, empresario, budista, viajero, enfermo, feliz, viudo, soltero, lunático, pintor, abogado, periodista, bruto, homosexual…

Los párpados habían suspendido las actividades correspondientes a su función sólo para no perder detalles de lo que veía. La mano derecha de dejaba de temblar mientras una astilla de plata perforaba su pecho. Sentía cómo su cerebro interrumpía la circulación de sangre mientras se retorcían los conductos internos de la cabeza y lágrimas rojas pintaban su cara. El dolor era demencial. Miraba a cada uno de ellos. Nunca terminaban. Caminar en aquel laberinto borgeano era una odisea que aturdía su concentración mientras la cefalea se alimentaba de él.

Cuando su tórax dejó de llorar y la respiración volvió a normalizarse, advirtió el detalle que lo arrancó de la perplejidad para invitarlo a otro embudo mayor. No solamente estaba rodeado de todo lo que podría haber sido de su historia, sino que cada una de las realidades paralelas que inundaban el ambiente lo miraba con el mismo asombro. Todos eran una proyección de él y, en una yuxtaposición poéticamente frenética, él era una proyección de cada uno de ellos. Los otros, no menos fascinados, también sentían el impacto del peso de tamaña verdad. Comprendió, entonces, que su lugar estaba dictado y que cambiar la historia no era una acción que estuviera al alcance de sus movimientos. La obra había sido escrita y estaba condenado al siniestro escándalo de aceptar su papel: la tragedia.