Cuentos | La tierra de los tiernos sabores - Por Luis Alé

Las papilas gustativas alteran su funcionamiento luego de que un huracán de sensaciones atraviese la carne que forra al cuerpo y destrone, no sin antes pegar el grito, a los sistemas arcaicos y obsoletos que aun sostienen aquellos que intentan imponer una sola manera de catar la realidad.


“Así es la sangre de mi tierra, siempre no estamos moviendo. Es la única constate, somos una furia creativa, una tristeza bailable, una sonrisa descarnada. Formamos parte de eso que los de afuera llaman Mar de fuego, le cantamos a esas fuerzas que mueven la vida, el amor y el odio nos guía, somos pura pasión, somos la necesaria razón.

Y bailamos, siempre nos estamos moviendo al ritmo de la sabiduría de la calle, conocemos ocasionalmente el sabor de la victoria y pero derrotados la seguimos luchando y hoy con el cuello en la horca recuerdo esos aromas, sonidos, sabores y los ojos de tus misterios. Cuanto conocedores me enseñaron el camino, cuanto mediocres triunfaron sobre mi y hoy tal vez lo hagan nuevamente, pero ya poco importa.

Hice todo lo que estuve que hacer en esta vida, traicione como los amables lo hacen, elogie los ojos de mis amores (algunos los quise más que a otros) y mate a tantos por equivocación, que todavía hoy me pregunto si merezco el infierno o el cielo. Calculo que en ese otro Mar de fuego voy a encontrarme conocidos, gente que me espera para reprocharme. Serán buenas noches de tabernas.

Carajo, como quisiera un buen vaso de vino tinto y un beso de un recuerdo perdido, hoy no será el día, hoy me voy, pero me llevo el orgullo de haberlo vivido todo. Anduve en el faro de fin del mundo, con el frio que nos daba un adelanto de lo que es la muerte, estuve en la selva donde los salvajes me civilizaron y me hicieron sentir a su Dios, uno que puedo sentir y que me devuelve los favores, sin el no habría vida, el sol y la tierra son caras de la misma moneda.

No me preguntes, la condición humana es algo que me deje de preguntar a mi mismo hace rato y siempre que creí encontrar una respuesta, estas tan solo llevaban nombre de personas. Hice lo que tenía que hacer, porque un día me canse de soñar y me dije es hora de cambiar o que se vaya todo al carajo. Y esa noche fue cuando empecé a bailar con Latinoamérica, en el barro que había enfrente de mi casa, con una botella de cerveza en la mano, el mar de fuego me llenaba el alma. Así comenzó mi viaje, con mis libros bajo el brazo, con un fusil en la mano contraria, me lance a la búsqueda de algo mas, y le enseñe a los demás a decir basta. Fui el rey de los condenados por un tiempo, fui el general de los derrotados, mi valentía fue pagada con la fiesta del pueblo. Valía la pena sacrificar cuerpos y almas, no voy a mentir que cometí crímenes, pobre de aquellos que niegan su lado malvado, porque en la guerra cualquier aspecto sirve. No estuve hijos propios, pero si miles de hermanos algunos murieron en mis manos, otros me abrazaron en la victoria y los mártires nos sonríen en cualquier lugar. Ahora que la hora de mi muerte es cercana, tal vez se cumpla el presagio de mis antepasados que daban por sentado que la muerte es un descanso eterno, pues hoy eres bienvenida amiga mía que me acompañas desde mis años mozos, nunca me inspiraste miedo, siempre te devolví tu gesto chispeante, hoy considerando que todo está hecho, que mi tiempo en este mundo ya no es necesario, dejo grandes guerreros atrás mío, a los cuales les doy una advertencia totalmente trillada, pero no menos valida, unan sus fuerzas, juntos somos invencibles, solamente así podrán honrarme, porque de nada sirve una estatua y si tiran todo estos años de lucha a la mierda, por ver quién la tiene más grande, ustedes pelean por la gente, por el honor de las mismas, olvídense del suyo.

No hay más que decir, hoy me despido de mi amante más exigente y por la cual derrame litros de mi sangre y las de mis enemigos, estuve un sueño, (que otros campeones tuvieron y estuvieron) una Latinoamérica unida, mas allá de cualquier frontera, somos todos híbridos, hijos del mar de fuego y por madre la tierra de los tiernos sabores.”

La asamblea se quedo en silencio, esta fueron las últimas palabras escritas, de su profeta, su general, su amigo. Hernan Cortese, fue el primer en unificar las villas miserias del Gran Buenos Aires, las armas ya estaban, solo les enseño hacia donde apuntar, les doy palabras, les enseño que eran personas, que amaban, soñaban y peleaban igual que sus hermanas, la nacionalidad fue un invento de sus enemigos, todos eran hermanos. La gente que sembraban las tierras como sus antepasados, los recibieron con los brazos abiertos, los sumo a su causa, los de otros países lo vieron como la reencarnación de los libertadores.

Era obvio que su muerte ya fue consumada, mientras su lugarteniente leía la carta que le dejo como legado a su pueblo, un jovencito, en su pecho sentía el Mar de Fuego, tomo su fusil, fue seguido por la multitud. Donde todo comenzó, se peleaba el juicio final ( Cortese siempre decía que cada batalla era el juicio final) o tal vez no, la cuestión radicaba que ya sabían hacían donde apuntar, muchos años pasaron desde la primera vez que el pueblo dijo BASTA, marchaban seguros, saludaban a San Muerte y con una sonrisa macabra, un fusil disparo el primer tiro.