Cuentos | La muerte - Por Regina Cellino

«En sus sueños se mezcló la imagen de Eneas y Dido, confundidos en amor incondicional y lejano. Inconscientemente se preguntó si ella también sería capaz de entregar su reino, su alma, a los pies de un extranjero»

El extranjero llegó y ella nunca más volvió.

Se la conocía no sólo por su anticuado trabajo sino por su mirada perdida cuando cruzaba las calles polvorientas de ese pueblo indigno de su nombre. De manera única y casual, ella pertenecía en horas de trabajo, y fuera de él también, al mundo silencioso de las sombras que se escabullen entre los espejos. Descubrió accidentalmente su don de Pitonisa a temprana edad, jugando con su hermana, y ya nunca más quiso ni pudo desprenderse de ese arte. Lo que empezó en adivinanzas inocentes, terminó siendo, con el paso del tiempo, en un medio para ganarse la vida. Sus habilidades eran tantas que terminó por anotarlas en una hoja cada vez que se le anunciaban en sueños o visiones: mal de ojo, predicciones cercanas y otras que se extendían a miles de años futuros, pero su mayor don era el de ver las vidas pasadas.

Lo había conocido esa tarde, después de una noche tormentosa de encadenadas pesadillas de guerreros conquistadores y ruinas abandonadas. No lo conoció, tampoco se parecía en nada al de sus sueños. Venía de lejos y cargaba con una historia milenaria, aunque ignota para él, todavía. El cartel “Sanadora de males” lo atrapó de inmediato. Tal vez, el dolor de cabeza o el azar vengativo.

Lo que comenzó en un ritual terminó en pura carnalidad. Se tocaron, se besaron, se hicieron uno, se esfumaron por segundos de la tierra y uno y otro conocieron el placer de la locura de un amor deseado y, al mismo tiempo, desconocido.

Ella comenzó a reconocerlo, él a odiarla. La verdad se iba revelando al tiempo que los sonidos se apagaban lentamente en la oscuridad. La Pitonisa se perdía en las apariciones y el extranjero en la claridad de la carne de una mujer. Sus manos comenzaron a enfriarse, y a ella ya no le enamoraban sus besos, que lentamente dejaron de ser suavidad y ternura para convertirse en una vorágine de furia. Intentó encaparse de sus brazos, más la fiereza del hombre impidieron la huida.

El juego terminaba pero ella sentía en las entrañas un dolor punzante. Se vio con asombro, con miedo y tristeza, se vio en la cama con un forastero, se vio en Roma, se vio en Grecia, se vio en Cuba, atada, ahogada, quemada en la hoguera, se vio y concibió el aquí y los tiempos remotos. Deseó a través de todos sus hechizos que el viajante se esfumara, sin embargo todavía lo sentía muy dentro de ella. No bastaron los oráculos ni los gritos que morían en el holocausto de su boca. El extranjero, esta vez, sacó el cuchillo, partió nuevamente como siempre, con la misma liviandad. Ella volvería a reencontrarse en otras muertes designadas, incapaz de huir de su destino, incapaz de evitar amarlo.

Él ya no estaba, ella dejaba de existir en el aquí y ahora de un pueblo indigno de su nombre.

Fotografia callejera, ciudad de Rosario | Por Martín Flores

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