Cuentos | I - Por D.B. | Ilustración: Celeste Ciafarone

Marilú me mira fría, me mira desde la media sombra del atardecer que ilumina al entrar por la persiana. Me mira con sus ojos tiesos y me sonríe porque no la puedo tocar. Marilú es la que se regocija porque yo no la puedo alcanzar. Es la del invierno, la de las noches, la del silencio, la de los viajes. La que disimula los dolores de su ausencia de alma, de su tono de piel apagado, de sus extremidades atrofiadas, de su imposibilidad de tocarme y sentir calor. Marilú es la que a veces me mira desde la nuca. Desde las grietas, desde el vestido, desde el cabello despeinado, desde sus pies descalzos o calzados con plásticos rotos. Es la que cruje cuando duermo. Es ella. La que juega desde el sillón de jefe, desde el trono de reina, desde el lugar de las yemas de los dedos que la acarician cuando ella sueña. Porque ella es todo lo que hacen por ella y yo simplemente le soy ajena. Pero yo la quiero. La quiero y viajé muchas horas para verla, para tocarla. Viajé para que me hable, para que me quiera, para que viajemos juntas a la vuelta. Quiero que me quiera como su piel fría y agotada quiere por la noche a los rayos de la mañana que le dan calor. Como sus brazos extendidos quieren ser acomodados para descansar de su dolor. Como sus córneas deshidratadas quieren desesperadas los mecanismos biológicos que tengo yo. Ella me mira con todo su deseo de no ser ella nunca más. Porque ella se duele, se llora, se muere. Y quiere lo que me define. Y por eso no me quiere. Pero yo sí. Yo me paro frente a ella y la miro para acomodarla. Para aliviarla. La miro porque quiero repararla para que esté conmigo. Porque quiero que esté conmigo. Que estemos juntas. La miro a través del paralelismo infausto que nos posiciona inalterables. La miro y nos observo en la desoladora situación de nuestras miradas dadas y devueltas que no alcanzan para interrumpir el desgarrador retrato. Ni mil veces, ni mil viajes, ni mil fríos de ruta y mil silencios de tardes han alcanzado, pero la sigo mirando. La sigo deseando. La quiero. Marilú es inaccesible, su descanso irreparable, su frivolidad inagotable. Y yo la quiero. La quiero.

Por Celeste Ciafarone