Cuentos | Promesa (77 – Piernas de Mujer) - Por Cecilia Macarena Pelliza

Era muy chica y mi lugar predilecto de juegos era bajo la mesa. Podía pasar varias horas ahí y me molestaba mucho si alguien se asomaba a observar mi intimidad. Así que los mayores debían cuidarme, observándome a la debida distancia…

Esa tarde jugaba poco entretenida, más bien dispersa, y la que observaba era yo. Miraba cómo mi papá preparaba alguno de sus menúes, a mi mamá limpiando las cosas que mi papá iba ensuciando. Reñían a veces, otras reían. Y al fondo, como olvidada compañía, había quedado el televisor prendido. La sucesión de imágenes y los colores solían hipnotizarme un poco, pero esta vez fue distinto.

Lo que me dejó detenida fue una pierna de mujer. Bah, dos piernas de mujer. Bah, un pedazo de las dos piernas de mujer. Y un hombre. Bah, una mano de hombre, específicamente los dedos de una mano de hombre.

Primero la mano solo se apoyaba, firme sobre la rodilla. Luego la apretaba un poquito y con esa misma presión empezaba a avanzar, despacio. Fue ahí que entraron en acción los dedos, lo que pasa es que se toparon con la pollera. Entonces, con la agilidad de un marionetista – yo había visto uno en la plaza de mi barrio -, se entrelazaron con la tela y luego se escabulleron por debajo de ella. Así manos y dedos fueron avanzando como queriendo alcanzar algo, pero ya no se veían ni manos, ni dedos, ni pierna. Tan solo una tela que se abultaba y se aplastaba en los espacios que se ocupaban o se libraban. Como cuando el principito dibujó la boga con el elefante adentro y todos pensaron que era un sombrero, bueno… yo bien sabía que eso no era simplemente una tela.

Fue ahí cuando mis padres, que debieron haber posado su mirada de cuidados y control sobre mí, como dije antes que acostumbraban a hacerlo, reaccionaron. Mas bien, intentaron reaccionar – sospecho que a ellos también los tomó la imagen –. Entonces buscaron el control, no lo encontraron, corrieron hacia el televisor y lo apagaron. Y lo apagaron justo cuando un tercero entraba a escena, situación que hacía que el hombre pida disculpas a la mujer y se retire.

– Papá, ¿por qué el señor pidió disculpas?
– Por tocarle la pierna
– y por qué hay que pedir disculpas si tocas una pierna
– y… porque está mal, no es correcto. A los hombres no les gusta… y a las mujeres tampoco, no es lindo.

En primer lugar pensé que si a la señorita no le gustaba lo que hacía la mano del hombre debió decírselo, o al menos ofrecer alguna resistencia. Aunque si me pongo a recordar bien, había alguna resistencia… pero era de esas que dan más ganas, de esas que dicen no pero sí. En fin, la señorita no había sido clara. Pero más allá de estas dudas las respuestas de mi papá abrieron otras dudas, otras intrigas, mucho más profundas. Así, las piernas de las mujeres aparecieron ante mí como el objeto tabú, el prohibido, el que guarda algo a desentrañar.

Desde ese día seguía yendo bajo la mesa, pero ya no a jugar, sino a mirar piernas. El lugar me daba una perspectiva y un camuflaje inusitados, que me permitieron durante mucho tiempo realizar un análisis minucioso de ellas, las piernas.

En primer lugar noté las diferencias entre las piernas de los hombres y las de las mujeres. Pareciera que las primeras se ensanchan bastante más llegando al tronco, además de ser menos peludas, pero en esto puede haber excepciones. Además las de mujer tienen, siempre, mucha más gracia al andar y ese misterio, esa atracción que al poco tiempo de observarlas me di cuenta que era propia solo de las de ellas. Así que me dediqué a observar piernas de mujeres, que también eran las mías, pero en potencia.

Las vi de todos los colores: blancas, amarillas, bronceadas, negrísimas, rojas (que es como quedan las blancas cuando quieren ser negras). Diferentes formas: rechonchas, lánguidas, cortitas, flacas.
También noté que a las vírgenes no se les ven las piernas, por eso no me gustaba ir a la iglesia. Y, al asomarse la adolescencia en la escuela “la pollera por debajo de la rodilla” era la regla.

Pero entre todas las que vi, las que más me divertían eran las que lucían tacos altos. Eran sin duda más llamativas, llamaban con su tac tac tac. Como si te avisasen de lejos que estaban por llegar y te siguiesen hablando aunque ya no te miraban más.

Pronto descubrí lo bello de las silenciosas, de esas que al darte vuelta de imprevisto te las encontrás. Ese efecto lo logran usando sigilosos calzados como zapatillas de lona o pantuflas. En cuanto a las pantuflas también hay que decir que parecieran ser ideales para las piernas cansadas o recién levantadas, cuando apenas se quieren despegar su peso del piso y avanzan como acariciándolo.
Otras que suelen andar de ese modo son las fanáticas por el brillo del piso. Éstas han adoptado unos trapos llamados patines para deslizarse por algunos sectores de la casa sin dejarle marcas. Hay otras en cambio que les encanta andar descalzas, manchando y manchándose por donde andan. Piernas sucias de arena y mar. De barro, de alquitrán.

También están las piernas despistadas que chocan, tropiezan y caen. Y vi algunas piernas que pelean, y otras tantas que se dejan. Hay piernas que huelen a menta y otras a naranja.

Hay piernas que se ocultan en cilindros de telas y otras que usan telas para que las vean. Hay piernas que son escudos entre los niños que pelean.

Hay piernas en las que se ven dibujadas sinuosas carreteras, que no son más que los caminos sugeridos por los que uno puede recorrerlas. Piernas que juegan. Hay algunas que se las ve siempre sentaditas y quietas.

Hay muslos que ya cuelgan y no pierden su belleza. Piernas de pieles frágiles desgastadas por el tiempo, que caminan lento ya que comprendieron lo inútil del apuro. Piernas que muestran cómo el mundo supo hacerse carne en cada una de esas huellas.

Pero en todas y en cada una de las piernas, vi ese misterio que se encierra. Misterio que es poder, en el sentido de potencia, que se abre a lo imprevisto, que encierra una promesa. ¡Qué se cumpla! ¡Qué se pueda!