Cuentos | Diarios de un isleño - Por Jeremías Walter

Domingo 16 de marzo

Brevemente introduciré unas palabras para explicar la siguiente obra. No se trata de una historia ficticia, pero tampoco puedo asegurar que sea real. Tengo en mi posesión una serie de documentos muy viejos, procedentes de un antiguo armario que hay en el altillo de mi casa. Debo decir que mi casa estaba, antes de pertenecerme, completamente abandonada y desconozco la historia de quién o quiénes la habitaron antes que yo. Créanme que he hecho todas las averiguaciones que podía, más aún luego de encontrar este armario y los papeles que contenía dentro, pero siempre encontraba baches en la historia, relatos poco creíbles y contradicciones, y terminé, entonces, por no creer absolutamente nada de lo que me decían. No sin cierta impotencia, porque los papeles mencionados me resultaron tan extraños como interesantes.

Este armario es inmenso, ocupa casi todo el altillo y está bastante podrido, por así decirlo. Durante los meses en que se hicieron las refacciones para hacer la casa habitable, les prohibí a los obreros que tocaran el altillo, pues había allí muchas cosas antiguas que me interesaban. Lo cierto es que terminé tirando todo lo que había por su inutilidad y escasa relevancia anticuaria. Todo excepto este armario. Hace unos días tan sólo, decidí sacrificar el domingo, el único día que tengo libre, para ver que había dentro del armatoste y finalmente, deshacerme de todo ello.

Bien, ello no sucedió. Dentro del armario había cientos y cientos de hojas sueltas, la mayoría estropeadas por la humedad, cubiertas de polvo, unas con manuscritos ilegibles, otras con algunos números tipeados con máquina de escribir, etcétera, etcétera. Se trataba, pensé, de un manojo de papeles inútiles y heterogéneos, que estaba por prender fuego y tirar a la basura, hasta que encontré, entre el montón, una serie de papeles de otra clase, más blancos y mejor conservados que el resto. Noté que debían haber sido, en su tiempo, papeles de gran calidad. Estaban escritos a mano, creo que con una pluma, en una especie de tinta azul, en letras cursivas bastante prolijas y legibles. Primero encontré tres o cuatro hojas, para luego darme cuenta de que había muchas más, desparramadas por todo el armario.

Atraído por lo que leí en éstos papeles, debo decir que todavía no me deshice del armario, y que desde aquél día dedico mis domingos a encontrar más de las hojas de este diario. He pensado en un principio esperar hasta encontrar todas las hojas y ordenarlas cronológicamente para luego presentarlas en un libro. Mi primer libro, aunque no fuera escrito por mí. Pero al notar lo titánica que resultaría la tarea de encontrar todas las hojas de la serie, y empujado por mis ansias, decidí ir publicando lo que encuentre cada semana, y así, llegar al día en que no encuentre más papeles y la obra esté acabada, en “tiempo real”, luego sólo me quedaría ordenar todo lo publicado, tarea mucho más sencilla y menos aburrida.

Por lo que leeremos a continuación, pareciera tratarse de los relatos de un isleño. Podría decir que se trata de un náufrago, pero por alguna razón, me niego a creer en historias tan fantásticas. Dudo de la veracidad de la historia por el óptimo estado en que se encuentran las hojas (alguien que vivió tanto tiempo en una isla no puede regresar con papeles tan bien cuidados. Además no encuentro, hasta ahora, ninguna referencia a su autor). Sospecho que se trató de algún escritor aficionado que relató esta historia de sus días en una supuesta isla de su imaginación. Pero no podría decir que se trata de una historia ficticia, porque igualmente estaría faltando a la verdad.

Sin más que decir, les dejo aquí lo que encontré en las dos primeras hojas. El autor siempre ha comenzado sus relatos con el día que vive desde su supuesta llegada a la isla. Lamentablemente aún no pude encontrar dos días consecutivos entre el montón. Publicaré, de aquí en más, de a uno o dos días, de acuerdo a la extensión de los textos, por una estética literaria que así se me antoja.

Día 28

Cuatro semanas. ¿Pero de qué sirve el tiempo cuando estás en una isla desierta? Creo que pronto dejaré de contarlo, y crearé mi propio calendario. No encuentro el tono justo para escribir el diario de hoy, será porque mi pluma está perdiendo filo, como una metáfora de mi genio.

De a poco voy olvidando los días en que la isla se parecía a mis sueños, a mis jóvenes sueños, tanto que daba escalofríos, de esos que erizan los vellos de la espalda y estremecen la columna, en una indescifrable sensación entre el frío, el dolor leve y el placer. Bueno, tal vez he encontrado el tono del día. Escalofríos.

Día 12

Construir un rincón es como construirse a uno mismo. Con lo poco que me da la isla debo hallarme y crear un horizonte de seguridades, de posibles y de azares.

Por ejemplo, mañana el sol saldrá. Es posible que llueva. Y tal vez pueda pasar un barco, o una balsa con nuevos visitantes…

Todo buen isleño debe preocuparse primero por su rincón. Un isleño sin rincón no es nada. Y para ser nada hay que tener más valor que el que se cree…