Ensayos | Incomodidades entre la crítica y el poder - Pensando La crítica se eleva en un contexto social y parte de paradigmas concientes y, a la vez, de concepciones inconscientes, abstracciones naturalizadas. Los invitamos a disparar algunas reflexiones con este texto en que nuestra compañero se deja arrastrar escandalosamente por sus divagues. Quizás algo se rescate. Por Nemencio Cordera La función evaluativa está imposibilitada […]

Pensando

La crítica se eleva en un contexto social y parte de paradigmas concientes y, a la vez, de concepciones inconscientes, abstracciones naturalizadas. Los invitamos a disparar algunas reflexiones con este texto en que nuestra compañero se deja arrastrar escandalosamente por sus divagues. Quizás algo se rescate.
Por Nemencio Cordera
La función evaluativa está imposibilitada de ser neutral. No puede desprenderse de un juicio de valor que implique el reconocimiento de una verdad fundamental que constituya el piso desde dónde se realiza la evaluación. No es posible hacer una evaluación en abstracto ni fundada en valores que se asuman como absolutos y otorguen alguna calificación al objeto criticado. Toda crítica es una crítica de lugar y, por lo tanto, imbuida en un marco conceptual que la significa, le asigna una validez primaria desde dónde lanzará posteriormente su juicio crítico.
Toda superficie valorativa, que establezca una graduación de calidad, necesita de la solidez de un suelo afirmativo. No hay crítica posible, en efecto, si no se supone una serie de afirmaciones que conceptualicen la crítica, le den su marco y propongan una referencia organizadora, respecto a la cual abonar con una determinada valuación al objeto en cuestión. Juzgar es, necesariamente, tomar posición; y toda toma de posición acarrea un ejercicio de poder, un posicionamiento político, tensando desde un determinado punto material los hilos de las relaciones de fuerza concretas.
Por más que no quiera ser reconocido, esa ubicación está, es inherente a la emisión misma de la crítica, inescindible la una de la otra. Toda crítica es, en el fondo, una justificación de las propias creencias, de las propias convicciones. Criticar es, al mismo tiempo que disolver los aspectos más blandos de la teoría contrario, reforzar los puntos nodales de la propia, por lo menos, aquellos aspectos que representan el seguro de vida de esas ideas. Ese es el ímpetu principal de toda crítica, su motivación primaria aunque generalmente negada. Reconocerlo sería poner en tela de juicio la posibilidad de la crítica que necesita, como fundamento de existencia, la creencia, aunque sea probabilística, en cierta neutralidad y buena intención de quien realiza la observación.
Si la crítica desde el principio se asume con intenciones destructivas a fin de fortalecer la propia concepción, aún cuando se aprovechen, secretamente o no, algunos aspectos del objeto criticado; si reconoce de entrada su intención confrontadora, su deseo de socavamiento, su intencionalidad profunda, la crítica desaparece como tal y pasa a considerarse como aquello que, de primera mano, es: un acto de fuerza.

Academicismo y lugar contrahegemónico

No creo que exista una oposición entre el trabajo intelectual en el orden institucional -sea en la Universidad misma o en medios de prensa- y el ejercicio intelectual contrahegemónico; de hecho, creo que hay formas de concebir la lucha contrahegemónica hacia el seno de los ‘aparatos ideológicos’ y esa lucha consiste, básicamente, en cargar de contenido político el ‘lugar de enunciación’, es decir, sumarle responsabilidades y compromisos activos que reemplacen la simple declamación de principios revolucionarios, por la difusión de un discurso políticamente conformado con aspiraciones de poder. En cierta medida, ceñir el trabajo institucionalizado a la disciplina militante inscripta en una disputa por el poder.

En ese contexto combativo, se vuelve imposible la reducción de la tarea a la profesión liberal: toda enunciación se vacía, en cierta medida, de contenido político, si no se articula dentro de un complejo estratégico, es decir, no vale mucho que un profesor desarrolle las teorías más revolucionarias que existen si, paralelamente, no desempeña una actividad militante que bien puede estar vinculada, asimismo, al ámbito cultural. Es en ese momento que la chapa tiene sentido: la presencia de un hombre con renombre en ‘ámbitos contrahegemónicos’ jerarquiza ese lugar y le asigna una capacidad de incidencia diferente, mucho mayor a la que puede tener si los exponentes son ignotos a la luz pública -sin hacer ningún tipo de desmerecimiento contra la lucidez de las ideas y las virtudes intelectivas-.
El academicismo reaccionario establecido desde la recuperación democrática tiene por función des-legitimar los lugares de enunciación contrahegemónicos en virtud de los claustros oficiales y esa campaña de des-legitimación se lleva a cabo, principalmente, quitándole al lugar contrahegemónico la presencia de hombres reconocidos que signifiquen de un modo superior ese lugar. Por ejemplo, que Fulano hable en la Universidad, contribuye al fortalecimiento del academicismo; sin embargo, si Fulano viene como invitado a una actividad extra-académica, por fuera de la Universidad, le agrega valor a ese lugar y lo fortalece en la lucha contra el academicismo hegemónico.
De la misma manera, que un personaje reconocido públicamente, un pensador seguido a través de diarios o en las Universidades mismamente, recorra esos lugares contrahegemónicos para emitir su mensaje, lo reafirma en su tarea y dignifica su actitud. Integrar los ‘aparatos ideológicos’ no lleva necesariamente a reproducir mensajes cómplices del orden, como no implica tampoco asumir el sentido propio de ese lugar de enunciación: es posible y necesario, como objetivo revolucionario, introducirse en esos aparatos ideológicos para hacer de ellos un aprovechamiento contrahegemónico, re-significar ese lugar de enunciación, tornándolo favorable a los fines revolucionarios, porque esa es también la forma para igualar en nivel al campo contrahegemónico: si un tipo dice lo mismo en la televisión o en un diario o en la Universidad que en esos lugares contrahegemónico, quiere decir, ante los ojos receptores, que esos lugares tienen una misma jerarquía, un mismo nivel de importancia y la presencia en esos lugares contrahegemónicos se vuelve una ‘tentación intelectual’ para cualquier aspirante que ya no solo pretende llegar a una cátedra o una columna periódica.

Sistemas y vitalidad
La vitalidad misma se dirime entre los enredos de esas relaciones sistémicas que se cruzan unas a otras, permanentemente, en la vida individual del sujeto. Son, justamente, las relaciones que lo constituyen como tal, el marco en donde encuentra arcilla para forjar su subjetividad que lo define. Su identidad es esa oposición y diferencia, constantemente variante de acuerdo a las relaciones establecidas y los sistemas que comprendan. El hombre, por sí solo, no es nada, pero inscripto en una vida social, como inevitablemente lo está, puede ser todo y aún muchas cosas más. Es una posibilidad abierta que se dispone distintamente de sistema en sistema, maniobrando con su fuerza y su voluntad, transcurriendo con su vitalidad a través de esos diversos y hasta ambiguos espacios; escapando una y otra vez a limitaciones y contextos sofocantes para caer nuevamente en otros similares o no tanto, y entonces volver a escapar y caer, hasta su propia finitud.

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  1. Monica Ivulich

    Muy bueno

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