Lecturas | Ignatius Reilly, un Cristo moderno - Por Mateo Clements

Los personajes van tomando forma con la historia, cuando pasan los hechos, y cuando son contados. Hay episodios trágicos, vertientes agónicas de circunstancias que derivan en pesares que profundizan toda negatividad; hay otros, cuya grandeza se engendra en esa misma dedicación y sacrificio. No todos son considerados de idéntico modo, ya lo sabemos. Nuestro compañero está empecinado en creer que Ignatius Reilly, el personaje de La conjura de los necios, la novela de John Kennedy Toole, es una versión moderna de Jesucristo. Suena raro, pero lea las siguientes líneas y seguramente verá que se equivoca. Pero entonces, ya habrá leído.  


Sólo aquel que se desprecie –o enorgullezca vanamente- a sí mismo puede hacer lo mismo con Ignatius Reilly. La fatua pedantería, tan burlona como ineficaz; el inflexible acatamiento a las costumbres más retrógradamente arraigadas en el sentido común en un absurdo tono de valiente rebeldía; el ruin menosprecio del mundo circundante al tiempo que se adopta una congraciada incompetencia; la antipatía por los hombres vulgares (categorización que sólo puede excluir a uno mismo); la insistente tendencia a boicotear las propias oportunidades, como perfecto subterfugio para negar las cobardías más íntimas y las inoperancias más definitorias. ¿Acaso no es el personaje de John Kennedy Toole un brillante retrato del hombre moderno? Acaso Ignatius Reilly no sea más que una interpelación: una apelación arquetípica que coagula el sentido de la humanidad.

Incluso la propia tragedia del autor funciona como corolario del absurdo (genial, paradigmático) en el que discurre la obra: hastiado y rendido ante las negaciones editoriales para publicar su novela –siempre tan buen ojo literario la industria editorial–, Kennedy Toole finiquita sus días. El manto trágico de su existencia es la proporción cabal de la genialidad de su creación. Que sólo conocemos gracias a la pericia fisgona de su madre, quien póstumamente encuentra el manuscrito y consigue lo que su hijo nunca logró: que sea publicado. La Conjura de los necios (¿los editores?) le consigue el premio Pullitzer. Ya era tarde para disfrutarlo. Su obra era demasiado real.

La tentación de la condena

¿Por qué nos vemos secretamente impulsados a considerar a Ignatius Reilly como un ser despreciable? ¿Qué misterio instiga nuestra voracidad condenatoria? Sólo Cristo supera al protagonista en la cristalización de la necedad y el absurdo existencial (el que nos llama a expulsarlo como sanción). Si uno quiere entender la necedad, sólo debe mirar a Cristo: el tipo se empecina con resucitar cuando unos lo torturaron y crucificaron, y quienes se decían sus amigos y seguidores no fueron capaces de defenderlo. Esa parábola reconstruye la torpeza terrenal de Reilly.

Puede que se trate de los dos personajes ficcionales que mejor han construido el semblante trágico de la humanidad. Las dos caras de una misma moneda: uno desde el optimismo del regreso redentor y la consagración a la salvación colectiva (lo que implica un reconocimiento de un previo estado de mísera perdición); el otro, desde el resignado pesimismo que advierte el mundo desde el furioso afán del retiro, el ansia de la escapatoria y el refugio ante un mundo patético que, de tan horrendo y penoso, se vuelve hostil y amenazante.

Reilly teme caer en la correntada banal de los días inexpresivos; Cristo asume en sí mismo la aventura de redimir a los otros de la decadencia. El fracaso de Reilly es indudable, pero su propia existencia cronológica, confirma también el fracaso del anterior (mucho más celebrado que éste gordinflón). Ambos redondean la paradoja exacta: ambas predisposiciones concluyen –como no podía ser de otra forma– en una absurda resignación derrotista.

Ignatius Reilly

La trascendencia post mórtem

¿Quién no motoriza sus actos buscando la trascendencia? ¿Quién no resume más acabadamente que Cristo esta pasión desbordante del hombre? Quizás ese sea Ignatius Reilly. Él también cree que su nombre será recordado con beatífica nostalgia y sus palabras y enseñanzas enarboladas como pregones de una sabiduría reverencial (inaccesible para el caído en la desgracia de la simple mortalidad). Ambos comparten ese reconocimiento por fuera de las vergonzosas y escuálidas miras del hombre vulgar. Uno y el otro actuaron convencidos de su trascendencia histórica, su eternización post mórtem. Salvo que Ignatius Reilly no contó con asistencias: es mucho más sencillo volverse trascendente históricamente si uno cuenta con los gentiles servicios de una tropa de ardua preparación, que acribillan sin ninguna contemplación a quien ose la duda o eviten la rendición de culto.

Convengamos que Reilly nació en una época que aún goza de la hegemonía (quizás subrepticia, quizás negada) del anterior héroe literario caído en el infortunio salvador (sólo el infortunio es capaz de salvar una existencia para el resto de la historia), aunque no debemos perder las esperanzas en que los hombres del futuro valoren su experiencia como ahora añoran ancestros (curiosamente) memorables. Algo es fatalmente cierto: el tono dulce y comprensivo de Cristo es algo mejor (y más vendible) que la áspera misantropía patológica de Reilly. En eso, los apóstoles que narraron la historia tuvieron un mejor criterio comercial/religioso que Kennedy Toole.

La conjura de los necios

Como el palestino, Ignatius Reilly supone que un mundo de mentes necias conspira contra su grandeza sobrehumana. Sus actos, entienden, contienen una sustancialidad diferente al del resto de los mortales. Los suyos son gestos que superan las lindes naturales, sobrepasan los cercanos umbrales de la acción terrestre. Ninguno de sus pares goza de las exquisiteces intelectuales necesarias para comprenderlo y poder acompañarlo en su gesta reivindicadora (el fracaso de Cristo es imputado a la traición de Judas, aunque bien podría atribuirse a la inoperancia del resto de los apóstoles; Ignatius sólo tiene algunos seguidores esporádicos y muy poco convencidos); unos cuantos extraviados, guiados más por sus conveniencias contingentes que por la certera voluntad de la convicción, pergeñan con él sus conspiraciones: lo que en ellos tiene una utilidad momentánea y, por lo tanto, efímera, para Ignatius funciona como parte de su estrategia –siempre inconclusa, siempre estorbada– de ubicuo sabotaje. En esa diferencia de apreciación de la dimensión de los hechos radica la diferencia entre unos y Él. ¿Acaso no son obvios los paralelos?

La bondad de Ignatius se funda en el secreto enamoramiento (y evidente rencor –¿no será la otra cara de la misma moneda?–) hacia Myrna Minkoff, una mujer despreciada por su entorno, producto de sus prácticas libertinas y sus ideas tan acaloradas como revulsivas. Creo no pecar de ingenuo al decir que veo en ella a María Magdalena; tanto como la madre de Ignatius, con su apocamiento hipócrita ante su hijo –al que cada vez le guarda mayores desafectos– y su pretensión de puritanismo apologético, traza su semblante siguiendo el estatuto de la «virgen» María.

–¿Y en cuanto a José?

–Pues, Ignatius tiene un padre ausente, sólo recordado con el mentiroso tono de exaltación de virtudes, propios de aquellas ausencias imposibilitadas de la comprobación presente.

La conjura de los necios

¿Acaso existe algo más interesante que el prestigio del que es acreedor alguien que no tiene nada interesante? Pues, allí, posiblemente se aloja la celebración de Ignatius Reilly, nuestro Cristo moderno. Quizás no exista arrebato más extraordinario que el de aquel que se arroga facultades únicas e irrepetibles para legitimar su palabra, a la vez que dice ser, de algún modo, el portavoz de alguien superior. En ese orden, a diferencia de la apelación a Dios de Cristo, Ignatius, por lo menos, cita a Boecio, que es alguien cuya existencia es algo más fácilmente verificable.

Después de todo, no seamos tan trágicos: no dudamos aquí que Cristo haya sido un buen tipo, sin embargo, mi tío Atilio también lo fue, aunque lo más extraordinario que haya hecho en su vida fue permanecer dos años de incógnito en su departamento sin pagar el alquiler –no miento: era verdaderamente increíble ver cómo convencía a sus vecinos para que no lo denuncien–.

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