Cuentos | Un tercio de la vida - Por Josum Panca

Tomó el 110, pagó con monedas y se sentó en el penúltimo asiento del coche. Podría haber elegido las butacas del fondo que también estaban vacías, pero no, el destino siempre tiene un ‘por qué’ más para contar.

Al cabo de unas cuadras el colectivo iba bastante lleno, es decir, quedaba un solo lugar para sentarse, justamente el que correspondía al acompañante de Ulises Mandioca. Monteagudo y San Martín, alguien hace señas, el coche para. Sube un pasajero, marca su tarjeta y escoge el único lugar disponible. Seis paradas más adelante, Monteagudo y Maipú, baja. Ulises, miraba por la ventanilla cómo su acompañante se perdía entre la gente de la vereda. Al girar su mirada, advierte que el sujeto olvidó algo, un papel… algo así como una lista. Parecía un ayuda memoria o algo por el estilo.

Ya en su casa, comenzó a leerlo, sólo por curiosidad. Aparentaba ser algo importante, allí se detallaban las actividades de meses enteros, años quizá.

Cuatro de septiembre

00:00 Capítulo 43 de la novela

03:00 Terminar de ver ‘El Padrino’

06:00 Comprar facturas en ‘Dulciten’

07:00 Turno Dr. Álvarez

La lista era interminable, había citas con mujeres, charlas de trabajo, reuniones de proyectos, recordatorios de fiestas y aniversarios… “este tipo es el más organizado y ocupado del mundo” pensó.

Leyó hasta el día trece. No había descanso, nunca paraba. Las obligaciones eran las 24 horas, arrancaban con el día y terminaban con él, pero volvían a iniciar a las doce de la noche.

Afortunadamente, en el margen superior derecho estaba el nombre del dueño de aquel misterioso papel. Buscó en la guía telefónica, Heraldo Signore. Una voz del otro lado lo invitó a dejar un mensaje, ya que nadie podía atenderlo en ese momento.

– Que tal, buenas tardes. Yo encontré una especie de lista que detalla varias actividades y creo que es de usted. Supongo que lo perdió en el colectivo. Cualquier cosa comuníquese a este número y…

– Hola sí – una voz interrumpió el teléfono- ¿usted la tiene? – había exaltación, prepotencia y alivio, todo en el mismo tono.

– Sí, buenas tardes, quería saber dónde puedo alcanzársela

– Ya mismo la voy a buscar, ¿dónde debo ir?

Ulises especificó la dirección y esperó al sujeto del teléfono. No pasaron más de diez minutos hasta que sonara el timbre. La mirilla de la puerta describía a un ser particular… metro sesenta más o menos, rostro pálido, ojos acompañados de unas enormes bolsas y ojeras que acusaban cansancio y falta de sueño.

-Buenas tardes, yo soy Ulises Mandioca.

– Mi lista Mandioca, ¿dónde está? – la impaciencia y la desconfianza se notaba en el temblor de las manos del desconocido

Ulises le entregó aquel misterioso papel, y el hombre logró tranquilizarse un poco. Fue allí que se comenzó a hablar con una tranquilidad mayor.

– ¿Sabe qué pasa? Que esto es mi vida, aquí esta el sentido mas profundo de mi existencia.

Nuestro amigo lo miraba fijo, asintiendo con la cabeza y preguntándose a la vez qué clase de enfermo mental era ese tipo.

– Tengo casi sesenta años. Quiero vivir lo que más pueda, necesito aprovechar mi vida al máximo, por eso fue que hice una lista de obligaciones a cumplir antes de que me metan en el cajón.

El sujeto hablaba confiado, como queriendo mostrar algo más. Ulises lo invitó a pasar, y a sentarse, mientras corría algunos libros de la mesa.

– ¿Usted sabe cuando se lo van a llevar del mundo?

La charla comenzaba a ser más interesante aún.

– ¿Entiende lo que le digo?, podemos morir mañana, incluso ahora – Mandioca se puso de pie- siéntese hombre, no sea idiota.

El tipo continuó hablando y explicando aquellos pensamientos que ponían su vida en jaque.

Ulises interrumpió el discurso para hacer una sola pregunta.

– Lo que no entiendo señor Heraldo, es que en esa lista todo está de corrido. No hay recreos, ni pausas nada.

– De eso se trata, de vivir. – el viejo frunció el ceño y se mojó los labios con la lengua, queriendo invitar a una deducción sencillamente imposible.

-Señor, las ganas de vivir no están en duda, pero nadie puede estar haciendo cosas todo el tiempo.

-Los seres humanos dormimos un promedio de 8 horas diarias, esto es un tercio del día, ¿no es así? – Ulises asintió con la cabeza, intentando adivinar hacia dónde iba la explicación – pensemos en un tipo de 60 años, lleva 20 durmiendo, ¿se da cuenta’?, es imperdonable. Por eso yo eliminé el descanso de mi vida.

– Señor, eso es imposible, todas las personas necesitamos dormir.

– Sí, pero yo hice un pacto. – un escalofrío se hizo oír en el cuerpo de Ulises – como se que en cualquier momento parto, hice una lista enorme de todas las cosas que quiero hacer.

Mandioca seguía atentamente la charla, con ganas de desentrañar aquello que el viejo contaba.

– ¿Cómo que un pacto?, no entiendo…

– Sencillo. Muy sencillo. Hablé con el de abajo. Yo puedo vivir sin dormir, sin tener que descansar, así no pierdo tiempo y experimento todo aquello que quiero hacer en esta vida antes de que la parca me lleve.

Los ojos de Ulises se abrieron más de lo normal. El tipo continuó.

– Le dije, dame dinero y la posibilidad de prescindir del sueño, después cuando me vaya, me voy con vos.

Ulises estaba anonadado. El tipo no dormía, estaba despierto todo el tiempo… era como un robot, no paraba, no necesitaba descansar, y todo eso por haber arreglado semejante locura para vivir los últimos ratos en la tierra.

Heraldo seguía explicando lo grave y escalofriante que era saber que llevamos un tercio de la vida dormidos. Años, décadas, tiempo, mucho tiempo con la cabeza en la almohada y el mundo ahí, a tan solo algunos pasos de la puerta, con infinitas cosas por mostrarnos.

– Yo me acordé de vivir, justo ahora que estoy muriendo de a poco – el tipo exhibió una mueca de tristeza.

– No me venga con moralinas estúpidas – Mandioca sentía un asco importante por los fabuladores de consejos de cómo hacer la vida.

– No se trata de eso, sino de aprovechar lo que queda, nada más – Juntó sus cosas y se fue.

Ulises se quedó en silencio, mirando por el ojo de buey de su hogar como aquel sujeto se iba al mundo, a vivir cada grano de arena que el reloj de la vida prestaba. “Loco de mierda”, pensó, y tomó el último mate del termo.

Al cabo de cuatro semanas, Heraldo volvió a tocar la puerta.

– ¿Qué quiere hombre? – Mandioca lo miraba con temor, al fin de cuentas no era una persona de la que se pueda confiar, había hecho un trato nada más que con… bueno, ya sabemos.
– Necesito hablarle, usted es el único que sabe mi secreto, por favor – sonaba desesperado, sus manos se movían casi tanto como una cortina cuando baila la música del viento.

Entró, y se acomodó en la primera silla, dejó sus papeles sobre la mesa y comenzó a contar con la voz entrecortada, casi sollozando aquello que lo tenía sin dormir. Bueno, es una forma de decir, comenzó a contar aquello que le preocupaba.

– Estoy desesperado – apuró un trago de agua que el dueño de casa le había ofrecido – llevo casi tres años conociendo el mundo, dando vueltas por todas partes… – los ojos se perdía en el suelo.

– ¿Y? – Ulises buscaba deducir el final del relato antes de que el protagonista llegue a decirlo, pero no lograba entender el problema. En verdad no sabía cuál de todos los problemas que aquel sujeto tenía era el que lo asechaba.

El hombre se puso de pie, levantó la vista hacia el rostro de Mandioca, y con los papeles en la mano comenzó a mencionar todas las cosas que había hecho. Cuatro horas después, terminó.

– ¿No entiendo, que pasa? – Ulises estaba desconcertado.

– ¿No se da cuenta?, la lista acabó, no tengo nada más por hacer – Heraldo volvió a tomar asiento – el pacto era sencillo, me venían a buscar cuando alguno me mate, o cuando se termine el listado.

En ese instante, casi como por sorpresa, una sombra escalofriante se invitó a entrar a la casa. La puerta se abrió, y desde las sillas, los dos hombres vieron un camino hacia alguna parte, en el lugar donde debía estar la calle.

– Ya es hora, me marcho.

El viejo se levantó, terminó el agua de su vaso, camino hacia la entrada y justo antes de salir de la casa, giró su mirada hacia Ulises. Su figura se empañaba lentamente, y antes de desaparecer por completo dijo:

– Mi tiempo terminó, no quedan tareas en mi lista de pendientes – su voz tomaba una fuerza diferente – leí todos las quehaceres menos el último, por eso es que vine hasta aquí.

Y en ese instante, como por arte de magia, o vaya a saber uno que, la puerta se cerró. Ulises corrió a abrirla nuevamente, pero detrás de ella estaba otra vez su barrio, la calle y los autos de la ciudad.

Volvió a mirar la lista que estaba sobre la mesa, y comenzó a temblar. La última de las tareas, tenía su nombre escrito al final y era “encontrar un sucesor”.

Desde aquel día, no durmió más. Cuentan que va recorriendo el mundo, haciendo todo aquello que el tiempo le permita, y que nadie, nadie que lo conoce, se anima a levantar los papeles que olvida por ahí.

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