Cuentos | Locura empedernida (Parte de la biografía no autorizada de Alessandro Gado) - Por Luis Giménez Pardo

Por Luis Giménez Pardo

“No se preocupen por los prejuicios, todos los tenemos. Sin ir más lejos, yo considero ‘idiotas’ a todos mis lectores y eso que aún, no he escrito nada….”
                                                                                                                                            A. G. 

 

El tipo estaba contento, había terminado su primera frase. No era algo de lo que se sintiera verdaderamente orgulloso, pero al fin de cuentas ya tenía algo para decirle al mundo.Alessandro soñaba con ser escritor, tenía esa fascinación por juntar palabras y que a la vez puedan decir algo; actividad que conlleva altos grados de complejidad en todo su desarrollo. Él estaba seguro que cualquiera podía escribir, pero no todos merecían ser leídos.

Así fue que se unió a la Asociación Integral de Escritores Desesperados, fundada hacía no mucho tiempo por sujetos que sentían la misma necesidad que él: poder ser leídos.

Dentro del grupo conoció a sus primeros amigos del rubro, los cuáles convidaban una imagen absolutamente fría de tristeza y desilusión.

Tipos serios, aburridos, callados y con problemas para expresarse.

Alberto Portinesti tenía cerca de cincuenta años, pero su rostro acusaba por lo menos, veinte más. Contador de profesión, Portinesti era un tipo muy bien parado económicamente pero vacío. Nunca le gustaron los números, ni las cuentas, odiaba profundamente los cálculos de balances finales; pero el tipo era bueno en eso. Lo hacía porque le resultaba sencillo, y a la vez cobraba un buen sueldo.

Sin embargo, siempre había soñado con escribir. Pasaba tardes enteras con la mirada perdida entre los cuadros colgados de su amplia oficina imaginando el día en que sus escritos formen parte de un libro que alguien decida leer.

Ubicados en ronda, Gado se sentía dentro de Alcohólicos Anónimos. Una vez que terminó de hablar Alberto, tomó la posta Inés Sordín, una señora de no más de 40 años.

Contó sus experiencias traumáticas, y comenzó a llorar… desesperadamente, como quién pierde algo valioso.

Alessandro estaba desconcertado. Escuchaba esas historias y veía un poco de él en cada caso y a la vez se sentía superior a todos. Quizá era el ego lo que lo mantenía firme; ese orgullo sobredimensionado que siempre lo destacó… ‘no me entienden lo que escribo, no saben apreciar mis escritos’ repetía cada vez que le rechazaban una publicación (situación que siempre sucedía, ya que nunca había logrado hacer ver la luz a sus producciones)

Llegó el momento de hablar para él. Los miraba fijamente. Por primera vez en su vida de escritor, alguien quería saber algo sobre él. Quiso decir mil cosas, pero no emitió ni una sola palabra… tenía las ideas justas y la boca dormida.

Sin pensar mucho, salió de ese raro lugar. Caminó. Caminó demasiado. Nunca caminaba, pero necesitaba distraerse. Llegó a la plaza de siempre, pero no se encontró con el lugar verde que supo abrazarle la infancia. Era otro sitio.

En un banco despintado, estuvo callado un buen rato, mirando la gente, leyendo las pintadas en las paredes y monumentos del lugar. Las paredes gritaban, y gritaban fuerte.

Declaraciones de amor, gente que extrañaba a otra gente, insultos al gobierno, citas filosóficas… había de todo, pero sólo las declaraciones de amor lo había impactado realmente.

Era un tipo solitario, que quería ser leído, y poder amar. Ninguna de las dos cosas le tocaba la puerta.

Inmediatamente comenzó a transcribir las frases de amor de las paredes. “Fulana te quiero…”, “Mengana, te necesito conmigo”, “Pirula volvé que no te fajo más”

– ¡Qué forma más insulsa de escribir…! ¿Quién puede volver a los brazos de alguien que pone semejante vulgaridad en una pared? ¿Dónde ha quedado la poesía, la métrica, el color en las palabras? – dijo entre dientes, mientras continuaba escribiendo.

Empezó a moverse por la ciudad sobre sus piernas, copiando cada frase de amor que veía en un muro, “Te extraño mucho…”, “Yo sé que no podés vivir sin mi”

Cuando le dolían las piernas frenó y comenzó a releer. Tenía más de cuarenta y ninguna valía la pena. ¡Sin embargo todas eran leídas!

Alessandro había llegado a la conclusión que quizá lo más importante no era lo que se decía, sino dónde se publicaba. Así es que dejó las hojas de su cuaderno para empezar a utilizar los muros de la calle.

Salió de su casa con un rodillo, pintura blanca y aerosol. Caminó dos cuadras y encontró un mural bastante grande. Con el rodillo dejó blanca la pared para poder inmortalizar sus escritos… y al cabo de media hora ya estaba listo para comenzar.

Así fue que sacó su viejo cuaderno de cuentos y poesía. El primero a escribir era uno llamado: “El mundo es un señor incorregible”.

Y allí estaba nuestro autor, contento, mostrándole a la ciudad su texto… hasta que no hubo más lugar. El mural terminaba y su cuento aún tenía líneas para contar.

Desesperado, buscó por toda la cuadra un lugar para escribir. Nada. Doblo la calle, caminó algunos metros más y su alivio fue enorme cuando encontró una pared blanca lista para su pluma.

Rápidamente volvió al primer muro y en el último lugar que encontró, abajo a la derecha escribió: “Continúa en Catamarca 156, a la vuelta”. Hizo tres pasos hacia atrás, observó su obra, sonrió y se fue.

Nuevamente el escrito no terminaba y su papel de hormigón ya no tenía más espacio, pero la suerte le prestó un hombro cuando al girar sobre sus pies notó que frente a él, en la otra vereda, había un hermoso tapial. “El final está en frente…” aclaró al final, y cruzó la calle.

Llegó a la nueva hoja de ladrillos y terminó su historia. Firmó las líneas como A. S. y volvió a su casa. Contento, satisfecho y feliz.

Ni bien el sol escupió algunos rayitos mediocres, Gado estaba en la calle recorriendo las cuadras anotando los muros libres para poder escribir. En el barrio ‘Melancolía’, le bastó solamente una pared para dejar un poema llamado ‘Aburrimiento en serie’.

Diez cuadras más tarde, en otro vecindario, necesitó cuatro tapiales para su trágica historia de amor: “Te hubieras buscado otro”.

Algunas horas después transcribía “¿Y si no es así?”. (Hay que aclarar que este fue el único poema que debió mudar de mural, ya que en principio lo estaba escribiendo frente a una parroquia y al sacerdote no le gustó ni siquiera un poco el título de la obra).

Dos semanas más tarde, gran parte de la ciudad estaba decorada por las líneas de Gado. Obras que comenzaban en algún lugar y terminaban cinco cuadras más adelante, o quizá en otro barrio.

Varias personas tomaban colectivos solamente para leer el cuento completo. El autor estaba tan entusiasmado que escribía cada vez más para que se conozcan sus producciones aunque nadie sabía a quién estaban leyendo, ya que los renglones eran firmados por A. G.

El problema vino cuando Alessandro no encontró más murales, y le sobraban escritos… Su manía era tan grande que no podía dejar de escribir la ciudad, y mucho menos escribir sobre sus producciones. Allí fue cuando empezó con las paredes y puertas de las casas.

La gente llegaba de trabajar y leía en el frente de su hogar cosas como: “La maldición del destino”, “Si hubiera tenido pinta…”, “Del otro lado del espejo”, y cosas por el estilo. Había desde poemas hasta cuentos, ensayos, críticas, entre otras cosas.

Nadie podía demandarlo porque nadie sabía quién era A. G. El tipo escribía de noche, sin que lo vieran, lejos de ser encontrado. Toda la ciudad estaba envenenada. Sus casas eran víctimas de un escritor completamente delirante y sinvergüenza.

La codicia y la incontenible ansiedad por seguir escribiendo llegaron al punto tal de que no había lugar en la ciudad que no tuviera una palabra de Gado en su pared. Si su dueño la pintaba, el escritor volvía a hacer de las suyas, repitiendo las mismas palabras que alguna vez había escrito allí.

Era un crimen perfecto, nadie sabía quién era, los textos eran inéditos, y su autor un fantasma anónimo, hasta que… claro. Nuestro amigo no era un brillante por naturaleza, si bien tuvo su momento de luz, dejó un clavo sobresaliendo en la madera del misterio.

No tuvo en cuenta un detalle, pequeño al principio, pero gigante después.

La única casa que no estaba escrita era la suya. Nunca lo había pensado. ¿Para qué? Si ya había leído sus textos una y otra vez. Alessandro fue descubierto. La multa era demasiado grande para él que no tenía dinero. Luego de ver esto, la corte le hizo una multa mayor: lo invitó a escoger entre abandonar la escritura por completo, o marcharse de la ciudad para siempre.

Gado tomó sus cosas y se marchó. Triste y solitario, con un cuaderno en la mano, algunos libros en la otra… Miró hacia atrás por última vez, y escuchó a los muros gritar sus historias.

Dicen algunos que lo han cruzado, que va de negro, solo y llorando. Camina por el mundo, escribiendo las paredes que le hacen un lugar, siempre cuando nadie lo está viendo.

2 Comments Join the Conversation →


  1. Gaston

    Muy bueno realmente pebete! Rescato el : "la conclusión que quizá lo más importante no era lo que se decía, sino dónde se publicaba…"
    Saludos

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  2. Pintor

    Vamos a escribir las paredes del mundo!

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