Cuentos | Siete pecados - Texto: Flor Intheflowerland | Ilustración: Ulises Baine

Estamos atrapados en brújulas, como agujas oscilantes, livianas, que siguen unos horizontes, pendulantes entre acciones, hechos, actos, deberes. Eso que nos dijeron nos conformó un mundo. Nos abstuvo, nos empachó, nos llenó de peces el estómago y de vientos el hígado. Huimos o nos acorralamos, según meditaciones, deseos, asistencias. Corremos llevando emblemas, como si estuviéramos desnudos, pero estamos marcados. A veces, hasta nos cuesta tocarnos. 


gula

No podían evitar ser devorados por otros, pero paradójicamente y a pesar del hambre multidimensional que poseían, ellos podían comer sólo vientos. No respetar las leyes de la cadena alimentaria les iba a costar ser un capítulo olvidado en la historia del mundo.

pereza

Parado en la mitad, las turbinas se te llenan de tierra. El tiempo te tira sogas para rescatarte hacia cualquier adelante, pero tus raíces en lo central te hacen resistir el embate del viento. Querés, querrías, quisieras pasar el límite, pero es tan calentito el medio que no da para arriesgar tu construcción del mundo por un «todo mal» o «todo bien» extremo, en la ruleta de los pasos que van hacia algún lugar. El medio es un lugar sin voces, el medio es aséptico y es casa con techo y jardín que florece siempre en primavera. Pero la ventana igual da hacia el otro patio, ese en donde todo se mueve cuando amanece. Mejor cerrarla, del otro lado todo huele a cambio y a juego vivo. Mejor cerrarla, sí, no vaya a ser que se cuele un desorden y te salgan lágrimas porque al fin, tu contradicción tiene gusto a cárcel de pimienta y a goteras.

ira

Nuestra sangre escupe fuegos envenenados, exponiendo la carne sobre asadores que queman las cicatrices por fuera y las rellenan con gritos salados que las queman por dentro también. Pide muertos para vengar nuestra furia, comiéndonos crudos a los hijos de los hijos de los que nos han hinchado los ojos con babas de ácido; malditos sátrapas del dolor que sonríen ante nuestra caída invalidante, de la que no nos levantamos a la una (ellos ríen), no nos levantamos a las dos (ellos gozan) y no nos levantamos nunca (ellos tienen multiorgasmos). En paralelo, nuestro yo social se peina con raya al medio y pide al mozo otro café. Sí, con dos de valium y una cucharadita para revolver, o re-vol-vernos, como si pudiéramos desensillar en una taza y echarnos ahí a ser otros, mientras el alma que nos puebla hoy se ve tan parecida, tan espejo de ese caldo negro que gira y gira sin parar dentro de porcelanas chinas impersonales, imperturbables.

lujuria

La ciudad de atrás se te abre cuando la mirás intensamente y te lleva hasta intersticios que huelen a veladas de baba, alcohol, perfumes desencajados y contrastes húmedos. La otra ciudad es esa puta que si le guiñás un ojo se te vende por tres monedas, y no le hace asco a nada, mientras ríe porque te metiste de cabeza en la ilusión de haberla tenido entera. Pero te mentís, porque es ella la que te envolvió el alma a cambio de anestesiar con una máscara chiquita tu soledad, que vuelve diez minutos después de que este humo se esfuma.

envidia

A veces me pongo a envidiar por la ventana a los que pasan veloces y decididos, yendo a sitios en concreto. Sólo quien es como yo, sabe qué fuerza tiene el saber-hacia-dónde-ir y cómo no saberlo te pone en un otro lado viscoso donde cualquier calle que tomes, a cualquier velocidad, no influye en el final de tu día, o de tu año entre otros diez años. Y todo te da el mismo dar lo mismo y los pasos dejan de esforzarse porque para qué. Sólo quien es como yo sabe que podría llegar a matar por saber esa respuesta, y por tener un por qué y un apurarme decidida hacia.

avaricia

El que guarda siempre tiene, pero no se transforma uno prefiriendo el pájaro en mano, al coro de los mil pájaros en el cielo. No existen los tesoros a cuentagotas y el otro yo sabe que no es su yo completo si se suelta en el todo, pero aferrado a su mitad.

orgullo

Se iba sin mirar atrás. Pero en su espalda había un ojo que lloraba cuando pensaba que nadie podía verlo. «Me entró una basurita», decía si lo descubrían, mientras la vida le pasaba y las basuritas se le iban acumulando no en su ojo sino en lo pesado de su vida. Aún así seguía yéndose, pero cada paso hacia el lejos le costaba cada vez más pañuelos y otras cosas que era mejor no mencionar en voz alta para evitar que el ojo le empapara la camisa nueva con ganas de dar la vuelta.