Cuentos | “Fantasías de un desesperado”. Parte I - Por Luis Giménez Pardo

Por Luis Giménez Pardo
El problema arrancó cuando la charla se fue de rumbo. La discusión era en buenos términos, como quien dice, pero llega siempre un punto, un momento determinante en el que, o se bajan los decibeles, o se va todo a la concha de su madre. Y así fue, se fue todo a la mierda.

Nadie tiene porque aguantar las constantes agresiones de un sujeto intolerante, asqueroso y repulsivo como yo.”

Alessandro Gado tomaba nota en su cuaderno repasando la última experiencia de una reunión laboral. Pensaba incluirla en la carta de respuesta a la que la editorial Gurrumín le había enviado hacía algunas semanas citándolo para una entrevista.

Todo empezó meses atrás cuando el escritor abrió la heladera de su golpeado departamento. El reloj acusaba las cuatro de la mañana, y las ojeras de Gado alrededor de diez años de continuos fracasos literarios. La panza exigía atención y el tipo dejó aquello que estaba haciendo para masticar algo.

Levantó la mirada sobre los estantes de la cocina buscando algo para saciar el hambre, y notó que las latas estaban vacías y las alacenas en silencio. Corrigió su marcha y encaró hacia la heladera, con la utopía de encontrar allí algo para comer. La puerta chilló, de la misma manera que hacía dos años, suplicando al menos una gota de aceite. Una vez dentro, la situación era la misma: silencio y vacío.

Fue allí cuando comprendió que la vocación no da de comer, que el hambre sale caro, y lo caro se paga con dinero; y para conseguir dinero necesitaba hacer aquello que siempre detestó: trabajar.

De tanto buscar, no encontró. Nada de lo que había le convencía. ¿Por qué no aparece alguien que quiera pagarme por escribir ficciones, por escribir lo que yo quiero? No quiero lujos, ni siquiera tengo una lista de antojos muy larga, solamente vivir de lo que me gusta. Las palabras salían de la boca de Gado irrumpiendo la tranquilidad, cual bolcheviques revolucionando las plazas públicas soviéticas.

Y seguía. Dichosos los que pueden trabajar de aquello que les gusta, ganan dinero por hacer lo que aman, y pueden vivir así. Los detesto… en verdad es envidia, pero odio también. Estaba sacado, cegado por una ira ensordecedora que no lo soltaba.

Inmediatamente comenzó a escribir un ensayo sobre el mundo actual, sobre la estructura de pensamiento de la actualidad, enojado con las reglas que sostienen el mundo. “Nunca escribas enojado, ni enamorado; siempre pasa lo mismo, te gusta, te parece fascinante al momento, horas después, lo leés y te preguntás: ¿cómo puedo haber hecho semejante cagada?” El consejo veía de la boca de un escritor al que había conocido una noche de mala muerte entre copas de cerveza caliente en algún bar cerca del río.

El tipo se acercó a donde estaba Alessandro y lo observó durante algunos minutos. Cuando Gado sintió su aliento en la nuca, sorpresivamente giró insultando al aire. El intruso frenó la verborragia de nuestro amigo presentándose como escritor.

– Veo que estás escribiendo aceleradamente, noto desesperación en su prosa, ansiedad en las manos, locura y enojo en sus ojos – apuró el último trago de cerveza y siguió – no digas nada, no hace falta, solamente te dejo un consejo, no escribas enojado, ni enamorado…

El tipo dibujó un semicírculo sobre sus pies y se fue. Alessandro, por su parte, quedó impactado por lo inusual de la situación, tomó aire y siguió escribiendo.

“Encima que vengo a un bar a despejarme un poco, pero a la vez para escribir sobre una idea fenomenal, se me acerca un pelotudo, me aconseja y se va; y no sólo eso, sino que además me hace perder el hilo de lo que venía haciendo…”

Alessandro maldijo a aquel hombre, y terminó de escribir, mucho más enojado de lo que había empezado. Una vez terminado el texto, sonrió, examinó las líneas y se sintió orgulloso. Terminó el vaso, y se fue a su casa. Al día siguiente, releyó lo escrito. El extraño tenía razón, era una verdadera estupidez.

Pero esta vez no sería igual, esta vez estaba enojado, y al mismo tiempo lleno de excitación al entender que tenía entre sus manos la posibilidad de revolucionar las bases del paradigma asqueroso que sostenían al mundo.

Escribió, escribió y escribió… toda la noche conectó ideas sueltas que mostraban una nueva óptica del todo, una nueva alternativa tan lógica como irrealizable, tan seductora como imposible. Luego de poner el punto final, reclinó su silla con el texto en las manos, dejó escapar una sonrisa egocéntrica, suspiro y volvió sobre la hoja. Tomó la lapicera y casi como firmándole un pagaré a la muerte, exactamente con esa convicción y prepotencia tituló su escrito. Lo bautizó bajo el nombre de “Fantasías de un desesperado”.

Rápidamente revisó el texto para ver si existían errores, lo leyó dos veces. No encontró falta alguna que corregir. Su felicidad era asquerosamente increíble. Los ojos le decían que estaba frente a la obra más perfecta que haya leído jamás. “No exagero, esto le pasa el trapo a los que quedaron en la historia.”, caminaba por su casa hablándole al aire mientras invocaba a filósofos y pensadores descalificándolos. “¡Se acabó la mentira de Nietzsche!, ¡basta de estudiar a Platón!, ¡sacala a bailar Sartre!, ¡en tu cara Hegel!”.

Estaba absolutamente convencido de que una vez que alguien leyera aquello que había escrito, abandonaba los postulados de los antiguos pensadores de la humanidad. La locura de Gado comenzaba a nadar en los tempestuosos mares de la egolatría y la estupidez perversa.

Volvió a revisar los clasificados, y casi como si el destino le guiñara un ojo en una partida de truco contra la suerte, encontró lo que buscaba. “Se necesita empleado para Editorial Gurrumín, en caso de estar interesado enviar su CV a la siguiente dirección”. Alessandro no lo pensó, dos segundos más tardes estaba haciendo una ficha personal.

Como su experiencia laboral no era muy exquisita, decidió inventar algunas cosas que sonaban bien, y a la vez eran incomprobables. En experiencia laboral optó por poner “editor y diseñador de la revista ‘Noctámbulos’”, cuando en verdad fue un proyecto que nunca vio la luz ya que no consiguió quién quiera trabajar con él, quedando como único empleado y jefe.

En referencias puso los nombres de Norberto Agretti y Horacio Monterrey, los cuales eran personajes creados de cuentos anteriores, ya que no conocía a nadie que pudiera dar buenas recomendaciones suyas. Después de terminar la enumeración de los datos personales, buscó una fotografía que no genere espanto en el que la vea. No encontró ninguna. “Al fin de cuentas la foto no importa tanto” pensó, pero por las dudas puso una de él y un ex amigo de cuando eran jóvenes.

Sin embargo, más allá de las incoherencias, le contestaron. La carta era sencilla:

Sr. Alessandro Gado, hemos recibido su CV, queríamos concretar una reunión con usted, esperamos que pueda contestar a la brevedad.

Desde ya, muchas gracias.

Editorial Gurrumín

Dos semanas más tarde, Alessandro contestó advirtiendo que las entrevistas laborales no era su especialidad debido a que poseía la facultad de terminarlas siempre condimentadas de fuertes insultos acompañadas, generalmente con golpes de puño; pero que sin embargo se sentía preparado para trabajar allí. “Simplemente soy lo que están buscando”, sentenció.

Al cabo de unos días una nueva carta llegó a su domicilio, la editorial Gurrumín le pedía que se presentase en sus oficinas.

Contento, Gado llegó al lugar con un centenar de proyectos en mente y la esperanza de poder concretar a todos y cada uno de ellos. Nada de eso pasó, lógicamente, pero eso es algo que veremos más adelante.

– Buenas tardes señor Gado, ¿Así se pronuncia, no? – el tipo de corbata y traje negro ya le caía mal al escritor que asintió con la cabeza mientras por dentro pensaba ‘¿Y de qué otra forma sino, estúpido? – Mi nombre es Manuel Firrotzzi.

Sentados ya y con un café cada uno, aquel sujeto intentaba explicar de qué trataba el puesto por el cual lo habían llamado; pero la impaciencia se apoderó de Alessandro que inmediatamente interrumpió la exposición para comentarle por qué estaba allí verdaderamente.

Habló de sus escritos, de sus innumerables escritos. Textos de todo tipo aguardando el momento oportuno para que una firma editorial los publique. Desde ensayos hasta poemas, pasando por cuentos y críticas de libros y películas.

-Disculpe señor – interrumpió el entrevistador – nosotros ya tenemos nuestros escritores, no estamos buscando nuevos talentos, ni nada de eso – Gado ya comenzaba a transpirar sensaciones de incomodidad – lo que verdaderamente necesitamos es alguien calificado que pueda corregir los textos que nos envían…

– Un editor – apuro Alessandro.

– Eso mismo – asintió al mismo tiempo con la cabeza – ¿qué me dice? Puede pensarlo y mandarnos su respuesta. Lo esperaremos hasta el próximo martes.

Gado dejó su silla, estrechó la mano con Firrotzzi acordando un nuevo encuentro en menos de una semana y abandonó el edificio.

Tenía que aceptar el trabajo, necesitaba el dinero. Pero pensar en corregir escritos ajenos era algo que no iba a tolerar mucho tiempo. “Yo quiero escribir y no mostrarles lo mal que lo hacen los demás”, la egolatría sabía posarse a menudo sobre su lengua, con total impunidad semántica, dejándolo fuera de juego innumerables veces. Todavía quedaban cinco días para pensar la oferta. No había acordado ni la suma, ni las condiciones laborales, pero estaba resignado a aceptar el puesto. Cada vez que revolvía su apartamento entendía que no había otra opción. Trabajar para alguien, estar a las órdenes de un tercero no era compatible con el factor sanguíneo de su filosofía de vida, pero las cosas estaban dadas de ese modo. Los peones por más muchos que sean, siempre aparecen protegiendo al Rey, que ni siquiera les reconoce su sacrificio.