Crónicas | Nunca me gustó el mar - Por Pablo Díaz

Nunca me gustó el mar. Siempre lo vi como una enorme masa amorfa que me impedía la visión hacia un horizonte desconocido. Siempre me rehusaba a ir allí, desde chiquito. Recuerdo como mi madre insistía una y otra vez para que nos fuéramos de veraneo a la costa y yo lloraba, gritaba y pataleaba. creo que antes de haber pisado la arena por primera vez. Cuando realmente me topé con ese gigante acuático y sus necias olas me sentí asfixiado. Como un preso que no tiene más ventanas que las rendijas de su celda por donde se escabullen tímidos los rayos del sol. Me resultaba inquietante su presencia. Ni siquiera consideremos la posibilidad de ingresar en aquel universo embrabecido. Me daba pánico. Nunca lo hice.

Se me viene a la mente la figura de mi padre al recordar aquellos tortuosos veranos. Un tipo distante y lejano, que casi nunca hablaba, pero que con una simple mirada se hacía entender. A través de este mecanismo, leyendo sus ojos, comprendí que pensaba igual que yo respecto al mar. Mientras temblaba de frío, envuelto con una toalla y rogándole a mi madre que por favor saliéramos de aquel infierno, mi padre se recostaba en la arena sereno y contemplaba las olas. Se quedaba así horas. Yo podía sentir al verlo que deseaba llegar a esa inmensidad inquebrantable que el mar ocultaba. En su rostro se apreciaba un inmenseo deseo de escape, de abrir sus alas y apartarse de todo lo mundano y corriente. Siempre supe que algún día se alejaría de mi y de mi madre buscando ese panorama invisible y lo comprendía.

Nunca me gustó el mar. Supongo que también producto de esa pasión incomprensible que despertaba en mi madre. Nuestra casa estaba ornamentada de pies a cabeza con fotos, cuadros, artesanías, esculturas y demás artefactos que remitían al mar. Era una odisea atravesar cada día los inmensos caracoles que colgaban del techo del pasillo, pero con el tiempo fue una tarea que pude dominar. También era una mujer de muy mal caracter. Una vez discutiendo con mi padre, no recuerdo porque razón ya que casi nunca hablaba, le revoleó una taza en un brote psicótico dispuesta a reventarle la cara. De milagro logró esquivarla. Estas peleas eran muy frecuentes, como también lo eran sus finales: mi madre partiendo rumbo al bingo, portazo mediante, y mi padre viniendo a acariciarme la cabeza y mirándome como diciendo: no pasa nada.

A mis 11 años fue el último verano que fuimos los tres a la costa. Luego ya iríamos solo mi madre y yo hasta que pronto, dejamos de hacerlo. Ese verano mis berrinches por no ir habían sido más que frenéticos, tanto que mi madre casi me da una de las pastillas que tomaba, según ella, para «dormir tranquila». Finalmente recapaticé y decidí acceder, más que nada por mi padre, que lo notaba algo cansado de la situación. Luego entendería que aquel gesto fue una premonición. Una señal de alerta que mi madre no supo leer.

Ya en la playa, en uno de nuestros últimos días, papá se levantó de su lugar de siempre y me miró. Fue extraño, ya que generalmente no despegaba su vista del mar. Vi en sus ojos un claro mensaje de despedida. Mi madre, atrapada en sus revistas de la salud y con sus walkmans puestos jamás se percató de la situación. Mi padre comenzó a dirigirse rumbo a ese titán de aguas verdes que yo tanto detestaba. Por supuesto que yo ya conocía sus intenciones. Comenzó a introducirse mar adentro, con una destreza que nunca antes había visto. Avanzó varios metros hasta que en unos pocos minutos, pasó a ser un punto diminuto en una inmensa masa de agua, y luego, lo perdí de vista.

Pasados 20 minutos, mi madre se percató de que mi papa ya no estaba sentado donde siempre lo hacía. Se acercó a mi y me preguntó si sabía a donde se había ido. En mi mente yo sabía la respuesta pero decidí jugarle una broma para vengarme de tantos veranos arruinados y tanto martirio. Fue a comprar cigarrillos má. Ya viene.

En ese momento mi madre me creyó, pero luego, al pasar las horas comenzó a sospechar. Por supuesto que mi padre jamás regresó. Yo sabía que lo que él había anhelado desde siempre era romper las cadenas que lo ataban y quebrar la prisión que encarnaba ese mar verdugo, para alcanzar así la inmensidad infinita y vírgen. Estaba seguro de que mi papá había tenido éxito en su misión.

Al pasar el tiempo mi madre se fue olvidando de todo lo que fue papá, y dejó de preguntarse porque se había ido y a donde. Simplemente lo borró de su memoria. Yo jamás dejé de tenerlo presente y a lo largo de mi vida mantuve mis inquietudes acerca de aquella lejana galaxia resguardada por las olas, que solo se hace presente ante los valientes como mi padre. A los que se atrevan a franquear su impenetrable muralla.

Nunca me gustó el mar, pero hoy en día tengo dos hijos y a ellos les encanta. Estoy casado hace ya tiempo y cada vez que volvemos a la playa veo repetirse la misma historia que vivía mi padre años atrás. Mis hijos correteaban felices por la playa y no sufrían apretujados con una toalla como solía hacerlo yo a su edad. Mi mujer, una bruja peor que mi madre, se recostaba al sol por horas y hasta no obtener el tono camarón número 10 no se levantaba. Yo me sentaba cerca de ellos pero apartado, flexionaba mis rodillas, las envolvía con mis brazos y contemplaba mi mayor miedo. Mi prisión, mi tortura, y al mismo tiempo, mi desafío. Esa mole diseñada quién sabe por que bestia infernal, dispuesta a negarme el paso a la eternidad hasta la últimas consecuencias. Algunos me dirán que soy un monstruo por querer escapar de mi familia pero la verdad que la vida que llevo hoy en día no me despierta la más mínima satisfacción. Además imaginaba de manera constante a mi padre, en vuelo rumbo a la libertad más absoluta, descubriendo paraísos inimaginables para las mentes humanas y volviéndose uno con el espíritu de un todo supremo.

De pronto las tribulaciones en mi cabeza fueron demasiadas. Decidí respirar profundo y dejar que escapen. Me levanté de mí lugar en la arena y en ese trajín escucho la voz de mi esposa, tan dulce como siempre: ¿Qué pasa? ¿A dónde vas?

-Nada mi amor. Voy a comprar cigarrillos. Ya vuelvo.