La razón apropiada (Parte II) - Manifiesto Contra   Segunda parte de este manifiesto que apunta contra los diferentes medios de limitaciones que se evaporan desde la razón y se imprimen y confirman en cada una de nuestras prácticas cotidianas, desde las más vulgares y corrientes hasta las más extraodinarias.     Por Furibundo Contreras   Lo importante de la moral […]

Manifiesto Contra

 
Segunda parte de este manifiesto que apunta contra los diferentes medios de limitaciones que se evaporan desde la razón y se imprimen y confirman en cada una de nuestras prácticas cotidianas, desde las más vulgares y corrientes hasta las más extraodinarias.
 
 
Por Furibundo Contreras
 

Lo importante de la moral no es tanto el aspecto cualitativo del código como una sistematización canónica, la morfología de sus reglas y valores, sino la forma en que esa determinada moral establece su relación con el sujeto. La sujeción a una moral específica no se da como una sumisión directa y compulsiva, una obediencia reconocida y plenamente consciente a determinadas normas de conducta, que se siguen mecánicamente; no es precisamente en ese flanco restrictivo, prohibitivo, que traza una frontera arbitrariamente entre lo correcto y lo incorrecto, lo aceptado y lo rechazado; por el contrario, el fundamento básico de una moral es su principio de actividad, que tiene al sujeto, no como una instancia pasiva, meramente receptiva de órdenes y exigencias, una víctima absoluta del tremendo arremetimiento represivo, sino que se funda en la acción misma del sujeto, en el sujeto como sujeto activo, de alguna forma, hacedor de esa moralidad que lo formula, que contribuye activamente a su propia limitación; aunque, se diría mejor, su propia delimitación.
En su vínculo con el código moral, en esa sujeción general, el sujeto, al aceptarlo, formula un comportamiento que se adapta al mismo, va elaborando su propia conducta de acuerdo con esos cánones; circunscribe una parte de sí y hace de su conducta, una conducta moral. Diseña su compostura según esa guía rectora a la cual se sujeta de una forma específica. Su relación es de contagio, a su vez que tolera una determinada reglamentación y la lleva a cabo, moldea su propia subjetividad; recayendo sobre su propia conducta, reflexionando sobre su manera de actuar, se construye como un sujeto moral.

Ese juego silencioso de modelación, la asimilación relativamente callada de preceptos que después se traducen en diferentes tipos de prácticas con uno mismo, en donde se define su relación con la realidad, filtrada por los preceptos y, al mismo tiempo, la relación consigo mismo, que permite conformar un determinado modo de ser que vale como cumplimiento moral de sí, es decir, alcanza la coronación máxima, en la cual es él mismo el objeto de su práctica moral.

Esto nos lleva a pensar, por lo tanto, que la forma por la que uno se concibe a sí mismo, el modo en que se analiza, observa, ni que hablar cuando se vigila y controla, está siempre condicionada por la postura moral. Es imposible verse distanciado de ella, porque es ella misma el principio motor de nuestra personalidad. Esa moralidad me constituye tanto como mi voluntad, y tengo que sospechar, de la misma manera, que mi voluntad, a su tiempo, se ve empañada por esa moralidad.
Digamos que por moralidad entendemos esa forma de relacionarse con la realidad y, por consiguiente, con el código moral que en su tiempo prima, esto es, el conjunto de reglas y valores, convencionalmente aceptados, que constituyen a esa realidad particular. De cualquier modo, no es solo esa moralidad la que actúa sobre mí, la que tiene resonancias en mi subjetividad; las leyes, como consolidación institucional de una determinada moralidad, en un belicoso juego de fuerzas, esas normativas legales que enmarcan lo aceptado en una sociedad, también pesan sobre mis hombros.

Pero su condicionamiento es, en todo caso, un condicionamiento de último grado, un esqueleto fronterizo que se dibuja en el horizonte, precedido por una serie de prácticas que contribuyen a que, en la construcción de mi subjetividad, yo termine por aceptarlo. Las prescripciones morales son, más bien, la instancia final, el colofón definitivo. Lo sustancioso al pensar la moral está en el género de relación que un sujeto establece con esas reglas prescritas, en cómo amolda su conducta de acuerdo a ellas, en el modo de subjetivación que tiene como objetivo la constitución de un sujeto moral y, finalmente, en que tan consciente es de ese moldeamiento subrepticio.

Hablar de la relación del sujeto con la realidad es, de cierta forma, remitirse a esa relación subjetiva con el orden moral. El sujeto encuentra en la objetividad esa especificidad moral que dispara en su interior ese largo y complejo proceso de asimilación, análisis, formulación, modelación, en fin, aquella enrevesada dinámica de subjetivación, mediante la cual, el sujeto, se da tal o cual forma a una parte de sí para adecuarse al todo de la conformidad moral. En efecto, al mismo tiempo que es en su intercambio con la objetividad donde se inicia ese proceso formativo, ese intercambio se ve permeado, penetrado y, por ende, alterado, por la acción de esa misma moral subjetivizada, que adquiere, en el mundo interno del sujeto, rasgos particulares, inéditos, enredada en una novedosa y creativa trama argumental, en tanto que, de cualquier manera, mantiene su conexión con las reglas más o menos materializadas en el exterior.
Puedo decir que el yo es un momento de detención: en cuanto pongo a pensar en lo que hago y me reconozco como yo, la vida me pasa por encima. El acto existencial, en efecto, se define como espontaneidad, un vuelco hacia el futuro, una permanente futurición, lo que, igualmente, no desconoce la presencia actual ni se olvida del pasado. Sin embargo, el pasado es tal en tanto yo pueda reconocerlo como una fuente de experiencia, en la medida que soy capaz de darle una identidad propia y asignarle, a su efecto, un valor. En caso contrario, el pasado es solo un tiempo espirado, una insignificancia, bien se diría, un inexistente.
 
El presente, a su vez, adquiere dimensión en ese mismo acto de reconocimiento en donde emerge el yo, que es siempre un congelamiento presente. Mientras la consciencia no vuelva sobre ella misma, actúa, hace, vive de cara al futuro. Cuando repara en su propia identidad, cuando intenta reunir bajo una sola denominación al variado conjunto de apetitos, deseos, sensaciones, es cuando emerge el yo, refluye como una entidad indentificable y comienza a atraer para sí todo cuanto pertenezca al orden subjetivo.

Es ahí la aparición, en consecuencia, del sujeto pensante, la inauguración de la racionalidad abstracta que de ninguna manera eclosiona mágicamente ni de un modo fundacional. Viene a ser un complemento cultural, una abstracción que irrumpe con ese mismo contacto y desplaza a la razón sensible, de fondo natural, a un plano de sombras, donde se acumulan como memorias crujientes todos los recuerdos de esa etapa arcaica borrada.

 
La moral aparece de la mano de la racionalidad abstracta, es un compacto extranjero. Las sutilezas del saber se explican por ese compromiso iniciático. La moral rige el pensamiento.
De modo tal que la observación, la evaluación que la consciencia hace sobre sí, viene cargada de las toxinas propias de esa racionalidad abstracta, porta las características de la cultura receptora del sujeto sensible y, por lo tanto, empuja a que el sujeto pensante se module desde dicha moralidad. Es un encierro que aparenta hermetismo, una trampa de inmaterialidad que se vuelve difícil sortear. Encontrar cómo hacerlo parece ser el gran misterio.