Humanidades, ¿orgullo y prejuicio o filosofía y tetas? - Manifiesto Contra Por Moli Mun Las perspectivas y las anáforas pueden ser una combinación interesante a la hora de descubrir las razones que desnudan un pensamiento. He aquí un texto que se aprovecha de dicha relación para exponer sus ópticas. La facultad de Humanidades puede definirse de más maneras que el ser de Aristóteles, algunas […]

Manifiesto Contra

Por Moli Mun

Las perspectivas y las anáforas pueden ser una combinación interesante a la hora de descubrir las razones que desnudan un pensamiento. He aquí un texto que se aprovecha de dicha relación para exponer sus ópticas.

La facultad de Humanidades puede definirse de más maneras que el ser de Aristóteles, algunas más optimistas que otras. No voy a enumerar las negativas porque son de público conocimiento pero si diré que no siempre se refieren al edificio y las carreras que allí se estudian sino también a quienes la conformamos.

La estructura del edificio es realmente bellísima, no así su actual estado que está un adjetivo más abajo de deplorable. Como sea, he llegado a la conclusión de que uno aprende a quererla tal cual es y termina argumentando a su favor que la calidad humana de quienes la frecuentan es lo importante. Como si una facultad humilde y medio tirada nos hiciera mejores personas o, quizás, acentuando esa idea de que los ‘raros’ somos inofensivos y que los verdaderos garcas estudian en facultades lujosas y se visten bien. Puede sonar extremo pero si se escucha atentamente, ese es el común denominador de varios discursos que se creen optimistas.


Es natural defender lo propio, o lo que uno así considera, con los dientes y lo considero un gesto tierno. Pero debo decir que , habiendo pasado por al menos cuatro instituciones antes de ésta última, Humanidades me ha sorprendido y decepcionado casi en igual medida que otras.

En la UAI, para empezar, no me dejaban entrar si no me sacaba el sombrerito. Es una boludez, lo sé, pero lidiar con boludeses como esas a diario para poder a entrar a estudiar al lugar al que les estás pagando tu título termina rompiéndole las bolas a cualquiera. Sobre todo a quien escribe, que llegaba siempre tarde y que para aligerar el ‘me baño y voy’, elegía el sombrero de turno que me cubriera el pelo mojado y sin peinar del viento, del frío y de la mirada ajena.

Por supuesto que todo me cerró el día en que conocimos al rector. Durante meses previo a ese acto -el tipo daba una especie de conferencia- los profesores mismos nos estuvieron preparando psiquicamente. ‘Qué exagerados’, pensé siempre. Pero no. El Señor rector era más facho de lo que pensábamos. No recuerdo bien cuanto duró pero al menos tres cuartos de la charla estuvo centrada en la importancia de la imagen de los estudiante de la UAI , bardeando sin pudor ciertas costumbres: piercings y tatuajes. El rector nos dijo claramente que no quería que gente de baja autoestima representara a la instutición insistiendo en que la imagen propia es lo que uno utiliza para venderse. Por suerte me había sentado lejos.

En el traductorado la cosa era distinta. El Olga Cossettini es la casa femenina de estudios de la ciudad y no quiero sonar misógina con esto pero creo que por eso duré menos que en cualquier otro lugar. No es que no haya hombres pero son los menos , más aún en el estudio de idiomas.

Para entrar se tomaban exámenes eliminatorios que, según recuerdo, he llegado a comparar con audiciones de bailarinas del Royal Ballet . La competencia es tal que al casting de bailarinas me faltaría agregarle una pizca de Detroit gangster-girls, de esas que te rebajan y miran con tanto odio que en sus pupilas se dibuja un gran Bitch en grafiti. Claro que hablo en términos generales – no todas eran tan mierda- pero me detengo en esta parte porque la recuerdo y me dan ganas de volver a anotarme para revivir esa experiencia y registrarla en video.

El examen se dividía en tres partes y si aprobabas con más de ocho, tenías el privilegio de elegir en qué turno cursar o, directamente, te mandaban a la mañana. Eso ya implicaba algo interesante: las de la noche eran la resaca.

A mi me fue bien y por el horario y ‘el miedo a la zona’ que tenía mi vieja, probé ir a la mañana.

Duré una semana. Ahí descubrí que los terciarios poco se distinguen de sistema escolar (toman lista y te retan o amenazan con echarte de la clase)y que mi curso poco tenía de amigable.

Al traductorado no se iba a aprender sino a demostrar lo que ya sabés y lo bien que te vestís, en pocas palabras. Yo en esa época quería ser Brody Dalle, la cantante punk de Distillers pero rescatada y antes de las drogas (si es que tuvo un antes) y nunca creí que unas tiernas bucaneras a rayas fuesen a provocar tanto revuelo. No me vestía como gato pero siempre defendí mi derecho a ponerme lo que me hiciera feliz que no era más que seguir instrucciones maternas post- pubertad forrada en Archie Reiton en la que mi mamá, con algo de culpa por haber elegido mi ropa por tanto tiempo, me obligó a rebelarme.

En fin, me quedan tres carreras abandonadas más por describir pero quiero evitar eso y pasar directamente a mi querida Humanidades (ven, ya le puse un ‘mi’).

Confieso que el día en que fui a anotarme sabía que estaba súper fuera de término y fue por eso que dejé en manos del destino (esta vez sin confite de por medio) la decisión final, si no había más cupos para Filosofía, me anotaba en Letras.

‘No, es raro que se llene el cupo para filo. Decime, cómo es tu apellido?, me dijo el tipo de alumnado listo para anotarme, con menos de la mitad de las cosas que me pedían.

‘Qué buena gente, re poco burocráticos’, pensé.

Ese mismo día en el pasillo conocí a Lily, una estudiante de artes que me habló porque llevaba puesta mi remera de Dalí. Lily tenía la boca pintada de rojo intenso y hablaba con bastante soltura. Me gusta la gente que no se sorprende ni te mira mal si le hacés una pregunta para entablar una conversación.

Con el tiempo, fui reconociendo patrones que se repetían en estudiantes de una misma carrera y salían a colación siempre que nos burlábamos de los no-filósofos. Si bien todos los que estudiamos en Humanidades estamos englobados en una etiqueta común, la de jipis, algunos de nosotros nos esforzamos por esclarecer los límites entre los tipos de jipis porque odiamos que nos llamen así.

‘Los de ciencias de la educación son ladrones, son esos que pueden dar clase de casi cualquier otra carrera que se dicte en la facu. Una mierda’, me asesoró una compañera de Antropología cuando le pregunté qué es exactamente lo que estudian.

De eso, filtré como data importante: ciencias de la educación = ladrones.

Sobre la gente de Letras no necesité consultar demasiado. Con mirarlos a los ojos era suficiente: ‘Esta gente sufre’, deduje. No sé si es que el programa de la carrera es durísimo o si fingen una depresión para escribir más profundamente o venderse como gente hipersensible pero la cosa es que sus caras siempre me conmovieron.


Los de Antropología, mis favoritos, son los más reconocibles. Suelen llevar algún colgante con alguna piedra o semillita, rastas y-o algún sticker o estampa en algún lado que los muestre preocupados por la situación de los pueblos originarios. Este último punto es, estadísticamente, uno de los pocos temas sobre los que se puede ver a un futuro antropólogo erectarse en una simple charla de pasillo. Por cada diálogo relacionado al objetivo de la carrera se estiman unas tres repeticiones, como mínimo, de los términos: primitivo, originario y otredad. Se apasionan, eso me gusta.

Entre los tracks de sus gustos musicales está Tonolec o bandas latinoamericanas que hagan canciones para cachenguear un poco. Y cuidadito con confundirlo con cumbia local porque si te cruzaste con un antro extremo te comés la reseña sobre música centro y latinoamericana de tu vida.

En Bellas Artes están las chicas lindas o que más se arreglan. O al menos eso me dijo el 70% del plantel masculino de la facultad. Un chico cuya identidad no voy a revelar le dijo a modo de piropo a una amiga que era raro que estudiara filosofía ya que en nuestra carrera no hay lindas pibas. Eso me ayudó a entender más.

Artes y Filo concentran el mayor número de hipsters de Humanidades. Un gran porcentaje de las chicas de arte diseñan y-o confeccionan su propia ropa – y te lo hacen saber apenas tienen la oportunidad- o son muralistas. Éstas últimas me caen genial. El mundo del dibujo y la pintura me es tan extraño e inalcanzable que siento que quienes usan tan bien ese hemisferio cerebral tienen algo especial que me hace querer ser amiga de todas ellas.

Los futuros filósofos y filósofos wannabe no somos ni un poquito menos estereotipables.

Si bien la barba es común y afecta a la mayoría de los estudiantes de Humanidades (por suerte sólo a hombres hasta ahora), es fácil notar que en Filo este ingrediente es casi un requisito. Cúlpense a los griegos o a las estatuas que en su memoria se han erigido pero les aseguro que no se ha registrado heladera con post-it que aliste una Gillete en casa de estos muchachos. Ni siquiera una Bic, que son más baratas.

Otro dato que me es llamativo de la gente de filo es que cuanto más avanzados están en la carrera, más fobia parecen tenerle al contacto con la gente. Y aquellos que no están contemplados bajo esta característica son por demás de cerrados y discuten con vehemencia cualquier tema hasta tener la razón, cual sofista justificando sus honorarios.

La playlist de un futuro filósofo, además de rock nacional, tiene Radiohead y alguna banda poco popular y preferentemente indie que se idolatra con frecuencia. Siempre que puedan, estos especímenes desviarán cualquier conversación al camino del absurdo, perdición y fatalidad: la cuestión del ser.

Y si notan que sus planteos se van a la mierda en vuelapelos tratarán de re-encaminarlos criticando al sistema o la superficialidad de la gente. La gente que por supuesto, nunca es uno.

Respecto de la superficialidad, hay entre hombres como mujeres una suerte de acuerdo ímplicito que se vuelve reclamo si algun@ cae con ropa de marca. Estos traidores son una amenaza, perjudican la reputación de los filósofos que se cagan en la estética y que sólo viven para cuestionarse el ser y la razón y se rehúsan a usar camperas Adidas, a menos que sean de feria o revelen años de uso con agujeros en las axilas.


Tengo una compañera que va siempre divina y maquillada a clase y casi que la sentencian por esto. No importa si tiene cerebro y lo usa, el buen vestuario y el maquillaje no con correlativos con la filosofía. Esto a su vez, encubre otra convicción que opone belleza- o el verse bien según standares impuestos- con pensamiento. Como cuando tu amigo te dice que la mina que se está encarando es divina o súper inteligente y no detalla en la cuestión física. Probablemente se me tilde de sorete prejuicioso por lo que estoy diciendo pero sé que estoy siendo portavoz del lado cruel que muchos reprimen pero en el fondo existe y se alborota con esto que digo.

Hace un tiempo me fumé una descarga de ira de una chica que criticaba a una estudiante de filo que tenía las tetas hechas. Me habló pestes de ella y no paraba de cuestionarse qué hacía una plástica estudiando en Humanidades. La dejé descargarse con mi mejor cara de póker y a veces fingiendo estar de acuerdo para analizar su discurso.

De todos modos, el prejuicio no es exclusivo de los estudiantes sino que algunos profes no quieren ser menos y nadan en el mismo andarivel de prejuicio que nosotros.

Cerca de un mes atrás, un profe mostró la hilacha preguntando, en tono desafiante, cuántos rugbyers o deportistas en general había en la clase. Para mala leche suya y victoria nuestra, algunos valientes levantaron la mano, en son de protesta, para contrariarlo. Si bien en el fondo podemos estar un poquito de acuerdo con él, no daba para que un profesor se sublevara públicamente con tanta comodidad . Este tipo no filtra mucho y dice cosas en clase que a lo mejor debiera guardarse para reirse luego con sus amigos. Pero a la vez, eso hace que me caiga bien.

Si leyeron atentamente , deberían haber notado que no me incluí en la descripción de los estudiantes de filosofía ni en casi ninguna crítica. Quiero aclararles, antes de que se me adelanten, que no es que me considere superior pero evaluando lo analizado, no estoy en condiciones de decir nada de lo que dije y les diré por qué. Según me han dicho, me visto como estudiante de Artes -sólo que no sé hacer mi propia ropa-, hago y disfruto hacer ejercicio, escuché Britney mucho tiempo, me encantan las fiestas electrónicas y encima tengo tetas plásticas.

Lo bueno de haber desarrollado el tema del prejuicio sin esconder el propio y admitiendo ser una anti-estereotipo que bardea pero también se rige por el convencionalismo, me vuelve una criticona un poco más honesta.

Yo no sé que carajo hago estudiando filosofía cuando todos sabemos que el diseño de moda es un terreno tanto más prometedor para una pseudo hipster con tatuajes y vestuario excéntrico como el mío.

Tendría que haber ido a la Expocarreras que se hizo ayer y replantear mi situación. Por lo pronto, hay algo de lo que estoy segura: con tetas no se puede filosofar.

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