Cuentos | La función social del papel - Por Brusco Marechal

Usted y yo sabemos que los medios de comunicación son una de los principales factores de poder que retrasan cualquiera cambio más o menos drástico (bueno, si usted no lo sabe aún es, sencillamente, un idiota… o un dueño de medios que quiere hacerse el distraído para continuar con sus extorsiones). Ni que hablar de algo así como una revolución social.

Se trata de instrumentos en manos de los sectores de poder más concentrados que ejercen toda su presión para la conservación del orden existente. Esto no es nada nuevo. Tampoco lo era cuando Roberto Melaño se decidió a realizar sus estudios sobre los “aparatos de formación de sentido social”. Sin embargo, el eximio (exsimio según algunos de sus críticos) pensador realizó algunos aportes interesantes como, por ejemplo, el descubrimiento del papel fundamental de los diarios y periódicos en el establecimiento de las estructuras sociales.

En un primer trabajo, nuestro ilustre desconocido planteo un desarrollo teórico que en nada se oponía a los planteos que previamente realizaran otros tantos pensadores. De hecho, fue denunciado de plagio ya que copió textualmente parte de la obra del sociólogo Adalbert Montreau (más precisamente la parte que va desde la página 24 a la página 345). El pleito judicial quedó en la nada, ya que la defensa apeló que era ridículo que la justicia se concentrara en una obra de un personaje ignoto y poco digno de respeto, que no sería leída por nadie en su sano juicio, mientras ocurrían terribles atrocidades de las puertas para afuera. El juez consideró el alegato como sumamente sensato y, por consiguiente, absolvió al imputado que terminó siendo un gran amigo del acusador, ya que a partir de entonces, se ofreció a asistir a todas sus conferencias y presentaciones, ubicándose entre el público y lanzando fervorosamente toda clase de comentarios halagüeños del tipo: “¡Qué clara la tiene este tipo!” o “¡Es un genio, es un genio!”.

La novedad señalada por nuestro hombres de letras está referida a que esta capacidad conservacionistas de los diarios y los periódicos no está dada (como cualquier ingenuo e incauto podría sospechar) por el contenido que se transcribe en sus hojas. “El carácter conservador de los diarios –dice Melaño- está en su formato, es decir, es su soporte de papel”.

Muchos de sus detractores han denunciado que la observación de Melaño no se basa en ninguna investigación intelectual, sino que más bien, está vinculado a un frustrado negocio en la industria de la pasta celulosa y la comercialización del papel, frustración tras la cual el inclaudicable pensador se convirtió al ecologismo y se dedico a escrachar públicamente a todo aquel que mancillara el medio ambiente (cuentan los rumores que hay quien lo vio una madrugada azotando brutalmente con una fusta a un desprevenido adolescente que orinaba sobre uno de los eucaliptus de la plaza central)

De acuerdo a lo que nuestro pensador afirma en su obra “Papel, papel, el que lo encuentra es para él”, los medios de comunicación que circulan en dicho formato funcionan como un eslabón fundamental para el sostenimiento del orden existente. “Piense usted lo que haría si de un día para el otro desaparecieran los diarios –propone-. Imagine la tragedia: no habría más materia prima para prender el fuego en un asado y, por lo tanto, perderíamos esas reuniones de fines de semanas, encuentros indispensables para la constitución del tejido social; al mismo tiempo, no existirían las maestras jardineras, cuya herramienta básica para el dictado de clases está en el papel de diario para la realización de manualidades que ejerciten las capacidades de los infantes, por lo tanto, el sistema escolar mismo entraría en colapso y desaparecería: ya no existiría una de las principales formas de transmisión de la lógica de pensamiento del sistema; tampoco tendríamos con qué proteger nuestros pisos cuando pintamos: en consecuencia, dejaríamos de arreglar nuestros hogares, los cuales se vendrían paulatinamente abajo, socavando al mismo tiempo el concepto mismo de la propiedad privada. En definitiva, extinto los diarios, el sistema social entraría en un caos terminal, lo que provocaría la inmediata rebelión de los excluidos y, por lo tanto, la modificación de las estructuras y las formas de organización social”.

Según Melaño, el fracaso de muchos de los intentos revolucionarios estuvo dado por su confusión: “ellos apuntaban a que el problema era el contenido que salía publicado en las páginas de los diarios, cuando el verdadero problema era el material con que estaban hechas esas páginas. Es el papel el que nos apresa y condena, lo el contenido”. De acuerdo a sus interrogaciones, no es casual que los empresarios de medios (“casi todos ligados a negocios en otras actividades”) hayan elegido el formato papel para distribuir sus noticias: “ellos nos estaban colocando los grilletes y nosotros no lo advertimos; ellos estaban conformando el marco general de nuestra dominación y jamás pudimos advertirlo, porque creíamos que el problema era otro, cuando el problema estaba delante de nuestros ojos y en nuestras propias manos”).

Una de las objeciones más fuertes recibidas por su teoría fue que el propio Melaño realizaba estas observaciones a partir de publicaciones que eran impresas en papel y, en consecuencia, estaba incurriendo en una contradicción. “Es necesario destruir el sistema desde adentro y para eso se necesitan mártires”, se limitó a contestar el cuestionable pensador.

A renglón seguido, Melaño detalla una larga lista de actividades en las cuales la intervención del papel es indispensable y que “no casualmente –afirma- constituyen el substrato nodal de los usos culturales”, tales como el “envasado de los productos avícolas” (es decir: envolver los huevos) o la “confección de partículas cuya única función es el alborotamiento y, por ende, el embrutecimiento de las multitudes” (esto es: hacer papel picado).

Con respecto a esto último, Melaño dedica un párrafo especial a la función que el papel picado tiene en las fiestas infantiles “aleccionando y conformando simbólicamente desde pequeños, aprovechando la maleabilidad de las mentes para asegurar la perdurabilidad del orden de cosas existentes”. Según apunta en el capítulo “Hacia el socialismo infantil”, la aparición de la piñata en los cumpleaños infantiles es una metáfora perfecta del funcionamiento del sistema social y, a la vez, una efectiva técnica de reproducción de las prácticas sociales. “En la celebración de la piñata vemos todas las miserias humanas: es un examen de subsistencia al que se someten los niños y donde podemos comprobar quien tendrá éxito y escalará posiciones dentro del marco de jerarquías sostenidas en la competencia, y quien estará condenado a una vida de servilismo y miserias”, expone Melaño. Párrafo aparte, argumenta: “Es en ese acto de la piñata donde los más fuertes predominan, ejerciendo su fuerza por sobre los más débiles y quedándose con todas (o la gran parte) de las golosinas y juguetes. Es necesario, por ende, la acción sobre la injusticia: o bien podemos atentar contra estos grandulones (por lo general gorditos de mayor estatura y contextura física) aplicándoles toda la fuerza del rigor para distribuir entonces la riqueza obtenida; o bien podemos dejarlos con su tesoro y que sea un adulto quien distribuya a modo de subsidio o asistencia los caramelos restantes de la bolsa comprada”.

Melaño, nada optimista con estas soluciones, considera que se tratan de salidas reformistas que en nada alterar el curso de las cosas, ya que “los niños con el hecho de participar de tan nefasta lid comprenden y asimilan los usos morales del sistema perverso en le que se ven insertos y, por esa razón, ya es tarde. Lo que se necesita –concluye nuestro hombre- es modificar estructuralmente el sistema de reparto y, por lo tanto, lo aconsejable es alinear a los niños y repartir los caramelos en idénticas proporciones”.

Pedro Pablo Gutural, comediante devenido en gendarme y luego en rematador de hipotecas, además de amigo de la infancia de Melaño, declaró en cierta entrevista periodística lo que –según afirmó- eran las razones intrínsecas de este comportamiento contrario a las festividades de Melaño: “Por años Roberto fue un niño fortachón y corpulento, siempre al final de las filas y como referente de fuerza y presencia. Esto le permitía conseguir todos los privilegios cuando era la fuerza el principio rector de la distribución. Nadie se le atrevía y aquel que osara, definitivamente terminaba perdiendo dado los atributos físicos superiores del otro. Pero Melaño, a los 12 años, se estancó. Sencillamente: no creció más. A esa edad ya ostentaba metro setenta que mantuvo a lo largo de su vida. Fácil es imaginar las ventajas que un niño de esa edad consigue con semejante estatura, ampliamente diferente a la de sus compañeros. Sin embargo, con el correr del tiempo, aquellos débiles y minúsculos compañeritos, pegaron el estirón y Melaño fue quedando sucesivamente relegado, perdiendo en las confrontaciones y desarmado de su principal motivo de preponderancia hasta el momento: la fuerza superior. Ahora Melaño ocupaba el lugar que antaño le aplicaba hostilmente al resto: el del dominado producto de su inferioridad. Eso lo llevo a recurrir a estrategias para conseguir lo que mediante la fuerza ya era imposible conquistar. Pero no siempre salió favorecido, y por lo tanto, fue volcándose hacia ideales igualitarios, consignas de equidad distributiva que le permitieran gozar lo que los otros gozaban a través de los favores de la intervención de un tercero. Es así: Melaño no ostenta sus ideales socialistas por convencimiento, si no porque es insolublemente pequeño”.

Nuestro utópico pensador no dio demasiadas respuestas a tales denuncias, solo se limitó a decir que, en caso de que continuaran los agravios, mandaría a dos amigos grandulones a que arreglaran las cuentas.

Pero finalicemos con al exposición teórica que Melaño realiza en su obra. Aquella propuesta de socialismo infantil fue duramente impugnada, ya que se asumió que de esa forma se perdía toda la adrenalina del hecho y los niños carecerían, entonces, de cualquier tipo de emoción, siendo arrojados a una placidez de desidia y falta de ambición: todos recibirían lo mismo y, en consecuencia, no había expectativas para superarse. Melaño, furioso, dijo que eso era un alegato a favor de la competencia y que, en definitiva, lo que se pretendía era el sometimiento de los más débiles. Sus detractores, ante semejante respuesta, dijeron que todo era una forma de venganza de Melaño ya que pasó toda su infancia siendo uno de esos niños enclenques que nunca accedieron a la zona central de la piñata donde se amontonaban las mejores golosinas y los juegos más divertidos, debiéndose conformar con los caramelos menos sabrosos que ni siquiera las madres complacientes gustarían probar.

A fin de cuentas, el intenso trabajo teórico de Roberto Melaño (solo interrumpido para tomar un café mientras leía el diario) no tuvo demasiada repercusión (como casi todos sus trabajos) y en nada logró modificar las prácticas sociales. Los diarios en papel continúan en plena caída de ventas, pero no parecería cumplirse la profecía de nuestro pensador de que esta reducción provocará la revolución social. De todas formas, cuentan que Melaño continúa paseándose por las calles, asegurando que quien lee los diarios es un reaccionario y prometiendo que el día en que estos no circulen más, las masas se levantaran y al fin triunfará la revolución.

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