Pequeñas delicias de la vida estudiantil - Texto: Agustín Stojacovich | Ilustraciones: Lucas Collosa

En la mesa de luz descansan los recuadros. Y sus correspondientes fotos. De un baile, una fiesta de cumpleaños y el viaje de egresados, entre otros tantos recuerdos. Aunque, a decir verdad, la del glorioso quinto en medio de la nieve (cuya selecta lista de integrantes debe ser individualizada con una referencia de por medio, ya que entre tanto traje de nieve, gafas o gorros, se vuelve ardua tarea distinguir a alguno de la masa) yace justo detrás del velador; lo recubre, ya por efecto óptico –para irrumpir desde la oscuridad con mayor fuerza –, ya por comodidad evasora, para disimular el manto de tierra, que es un canto a la desidia y al desgano.

Cigarrillos en el suelo. Porque una historia sin cigarrillos o sin sexo se vacía de contenido, pierde su elemento clave. El celular suena y suena. Dos, cuatro, ocho minutos más. Heriberto se incorpora; entreabre los ojos y percibe la incipiente vellosidad que le quita belleza nasal; hay que afeitarse, no queda otra. No hay motivos para despojarse de esos filtros poco amigables a la vista pero incondicionalmente fieles al mantenimiento de un estado saludable. Se rasca los ojos. Se desintegra la lagaña que le obturaba la vista. Se ama, en algún punto. Sin embargo, no lo suficiente como para entablar un vínculo tan estrecho con el desecho de sus ojos cansinos, desvanecidos en sopor. La desecha y la deja caer al suelo. Total, (alguien) más tarde barrerá. No cree en Dios, pero cuando conviene, se deja cierto margen para la duda.

La boca pastosa se confunde con la amalgama de bebidas ingeridas –y devueltas, en parte, al mundo exterior – que se entremezclan para conformar un aliento espeso, incómodo, hediondo. Se mira al espejo, se reconoce. Ya está listo para salir al mundo. Actúa en consecuencia. Prende la computadora que, tranquilamente, puede ser considerada mundo. Abre la casilla de mails. Siete virus, un mail de una tía lejana y una invitación del Centro de Estudiantes al que ya no frecuenta ni le simpatiza. En el Facebook puede haber algo más interesante. A tantos les gusta esto, este comentó lo otro. Antes de salir la noche anterior, le había comentado una foto a una muchachita que lo tenía bastante hipnotizado. La chica se despachó con un: «Jaja, dale». Fiero, muy fiero. A su vez, la tía lejana, aquella de los mails, había dejado estampado en el espacio virtual, a través de sus huellas dactilares que suavizan y calientan los teclados más hoscos: «Qué lindos están, ¡cada vez más grandes! Saludos a la familia». «Un beso para vos», como para no faltar a la costumbre.

Pequeñas delicias, por Lucas Collosa

De la Facultad de Letras lo separan varios minutos, algunas cuadras y muchas miradas esquivas por eludir. El colectivo, como siempre, rebosante. No cabe ni un alfiler. Una señora marca la tarjeta; un ruido le devuelve el fatídico signo de que su tarjeta está agotada. El chofer entra en calor y le explica, con sencillo y desenvuelto semblante pedagógico, que no intente más, ya que no logrará violar el sistema de pago. Que pida a un conocido o que, bueno, pase. En la parte trasera, un sexagenario se apresta a bajar. Del lado de la ventana, hay que tomar más precauciones. Al segundo llamado, el jovencito que está ensimismado, de la mano de su música pesada, advierte que debe ceder el paso. Lo que no advierte es que le sería conveniente pararse, para posibilitar que el descendiente se pueda desenvolver en el espacio con mayor facilidad.

Se inclina apenas hacia la izquierda, dejando un reducto mínimo para que el hombre se abra paso. «Los pibes de hoy…», musita el viejo. Y el pibe asiente. Esto es lo lindo del mundo de los signos: cualquiera podría pensar que el joven se percató de su error y que reconoce la carencia de valores predominante en el hombre medio. O, a su vez, podría pensar que le dice «Sí, sí», observándolo con cierta suficiencia y desdén. Sin embargo, en contraposición con las corrientes tendenciales ordinarias, el muchacho pone en movimiento su cabeza de norte a sur y viceversa, sólo por ir al compás de la música que le atraviesa el cuerpo y lo desborda, lo domina, lo subyuga y lo atrae.

El viejo, con boina y diario bajo el brazo más una cartera de mano que se deja entrever, toca el timbre. Es un momento que al menos suscita cierto peligro. Tras un intento no reconocido, no desfallece. El chofer lo mira por el espejo retrovisor con evidente fastidio. En aquella parada, no para. Si vamos a la letra chica del estatuto de paradas para servicios interurbanos o urbanos, tranquilamente podríamos pensar en una cláusula como la siguiente: «A menos que sea de noche y la cosa esté bastante turbia, no invente paradas, que su conducta se reduzca a aceptar aquellas que están determinadas de antemano. Se da naturalmente por descontado que, en caso de tratarse de una chica, con cintura esbelta o no, de rasgos finos o latina salvaje, de busto prominente o de cola llamativa, en fin: de una fémina que capte la atención, usted está en la plenitud de su derecho de inventar paradas. Es decir, vea donde otros no ven. Invente, juegue con el espacio».

El viejo reincide y alcanza su cometido. El chofer le dice lo de siempre: que pare un poco, que si quiere, se lo envuelve para regalo y demás. Esa onda negativa que se propaga por el aire, encuentra en el colectivo uno de sus enclaves más eficaces a la hora de extender el dominio de la mala vibra.

Volvamos a nuestro personaje, el estudiante: trata de eludir el contacto de los cuerpos, pero falla en el intento. Una señora venida en kilos lo invita a encadenarse fortuitamente en el camino. «Sientesé, por favor». «No te hagas problema querido, ya me bajo». Por si acaso: Heriberto se sienta. Y eso es un gran paso, una decisión, como se dice, de carácter. Puede hacerse el dormido o el que lee, como estrategia de desviación de la mirada de aquel conocido insoportable, que busca atraer su costado simpático. Cada tanto mira para ver si hay alguien que amerite la puesta en funcionamiento del Sacrificio Mayor de pararse a expensas de que otro viaje confortablemente. «¿No hay ninguna vieja? Listo.», se pregunta y contesta. A su vez, se expone a un choque no menor. Los empleados, hombres ellos, que viajan, valija en mano y bulto disponible, ilimitado, candente. Tenerlos cerca en zona sinuosa conlleva necesariamente sentirlos cerca.

El vaivén de su zona más caliente, erógena, reproductora, posesiva, determinante, hace que Heriberto los contemple con dedicada ofuscación, pero con tradicional resignación. Y llega el turno de descender. Todo viento en popa. Unos minutos más tarde, para ratificar su condición contraconvencional e irreverente ante lo instituido, a las estructuras dadas que hay que romper, a las que sus padres, desatentos a la necesidad del mundo contemporáneo y sumidos en su hipócrita indiferencia, se encargaron de adaptar y concederles el mando de sus vidas. Pero con Heriberto, no.

Llega al umbral de la mítica Facultad. Por razones ajenas a la organización, la escuela a la que pertenece no será expuesta, asumirá un carácter absolutamente confidencial. Poco a poco, se van sucediendo en el desfile del pasillo los personajes que configuran el mundo universitario; muchos hablan de lo mismo, pero a la hora de llevar a la materialización la teoría que los mueve, divergen en los mecanismos. Ahí viene la chica que vende café, la otra que me invita a la fiesta para recaudar fondos para el encuentro nacional de, la que junta firmas para exigirle al rector que cuide más de su jardín, el que viene a rogar por la organización.

Y ahí llega el momento cumbre. Se encuentra con ella. Se llama Paz y si algo de lo que carece es de ella misma. A diferencia de Heriberto, que cruzó toda una provincia, que se alejó de su pago, y todo lo que ello invita a pensar, Paz es local. Sus destinos se unen. En las peñas o en los boliches, en la fotocopiadora del Centro o en el kiosco de la vuelta. Ella, ante todo, sufre de un mal: algo a lo que los especialistas han convenido en designar «histeria por la insuficiencia de material», casi considerado epidemia por quienes se han encargado de abordar el tema con estricta rigurosidad, y guardando celoso respeto por esta problemática que tiene a maltraer a más de uno.

Retomando lo del caso particular de histeria, el asunto es bastante intrincado de resolver, pero no menos sencillo de desentrañar o explicar. Resulta que, ante cualquier libro o fotocopia, la susodicha entra en estado de confusión y, consiguientemente, de inseguridad. Siente que tiene menos material del que correspondería, que los otros llegan mejor que ella, que, en definitiva, se pierde de algo. En este caso, Heriberto, ni lerdo ni perezoso, se regocija en socorrerla y devolverla a su sosiego, a la seguridad en sí misma. Y, ya que estamos, le propone, inocentemente, una explicación de la bibliografía obligatoria, ampliatoria, de la innecesaria, de la que no se recomienda, de los libros que no salieron y de los que se quemaron.

La cuestión es capitalizar esa falta de fe y hacerle sentir que él será el garante de la repatriación de la confianza. Lo dice una, dos, varias veces. No encuentra respuesta afirmativa en su interlocutora. Tanto va el cántaro… y ella finalmente accede. Se podría decir que en el baile sus cuerpos se conectaron apenas y que sus bocas se merodearon, sus miradas se buscaron y confundieron. Es decir, puede pasar algo.

Tarde fría. Ahora todos los estudiantes del mundo se disponen y se entregan al estudio. Los textos brillan a merced de la luminosidad que le otorgan los resaltadores. Como se sabe, cuanto más luminoso el texto, más oscuro el pensamiento. Quien subraya todo no entiende nada. O, básicamente, un carajo. Distinto es el caso de las anotaciones al margen. Son más copadas y destacadas. Es el espacio al que recurren los que quieren ser alguien en la ciencia: los que se toman muy a pecho aquello de «preguntarle al texto, intercambiar ideas, discutirle».

Pequeñas delicias, por Lucas Collosa

No es un palacio, ni tiene varias entradas. La casita es sencilla, como la de todo buen estudiante. Su amigo Marcos se ausentó de ésta por un lapso de varios días, lo cual es preocupante; no por desconocer su actual paradero, sino por la merma de recursos para dividir los gastos que la convivencia demanda. Al fin y al cabo, eso no importa. Hoy ella viene a estudiar. Los platos han sido lavados nuevamente, tras comprobar que no había ninguno dando vueltas limpio, que esté para usar. El basurero (el servicio) no tuvo compasión de los cinco minutos de demora promedio y, por lo tanto, la basura yace quieta, alcanzando su hedor a través del viento. Hay muchos libros de los cuales se estima que un seis por ciento ha sido leído, mientras que otro cuatro ha sido (h)ojeado, dejando para el resto la menoscabada misión de juntar polvillo.

Paz vendrá a eso de las cuatro. Ya hubo un mensaje indulgente: «No toques el timbre, que no anda. Mandame un mensaje y salgo». Cuatro y cuarto, cuatro y veinte. Cuatro y veintisiete, suena el teléfono móvil. «Estoy afuera». ¿Tan seca va a ser?, se queja Heri (suena raro, pero este modo de aludir resulta más entrañable). Al salir, la próxima víctima de sus encantos está en la vereda de enfrente. La confusión de aquella le genera –no pregunten motivos – ternura.

Beso en la comisura, beso atrevido. Pase usted. Todo un caballero. «Mates: ¿dulces, amargos?». Disposición para estudiar, cero. Hay que colaborar con el simulacro de responsabilidad cristalizada en los libros. «Bueno, arranquemos entonces». «Dale, ¿por dónde querés arrancar?». «Me da lo mismo». «¿Vos podes creer que la de la fotocopiadora me enganchó todo mal, que se mezcló todo? Qué la parió». Y arrancan: «Hay un fantasma que está recorriendo toda Euro…».

Como era de esperarse, no querían arrancar. O sí, pero por otro lado. Parecía que uno le decía al otro: «Y… yo quiero arrancar por tu boca, contarte todo. O por tu espalda y removerte el cabello, agarrarlo y poseerte, ser suave y agresivo a la vez… Yo quiero arrancar por tus lunares, tus manchas en la piel o tus pecas… Y yo quiero arrancar por tu cicatriz, por tu signo distintivo… O por tu panza, que tanta ternura me provoca… O con tu palabra, que me sacude, me conmueve, me enoja, me despoja de razones y me consagra a la contemplación».

El simulacro quedó en las fotocopias y en el mate, en el timbre fallido, en la vereda equívoca, en los textos que faltan. Nadie aquí ha hablado de amor. Sólo fronteras trasgredidas, territorios de límites difusos, cuerpos confundidos, agobiados, extenuados de placer. La pasión viene en cuerpo jovial, alegre, mocetón, finamente delineado. Las manos de mecánico, los dedos regordetes, la muñeca frágil. Los vellos del antebrazo, la marca de la raspadura eterna de la infancia, las huellas de las vacunas, el lunar próximo a la boca, la verruga cerca de la oreja.

Que Marcos no venga. Que los gastos se hagan cargo de ellos mismos.

Los temas de sobrecama: política, literatura, aborto, pizzas y empanadas, profesores bochos y cargos ñoquis. Y hasta se puede esbozar cierto tópico atravesado en su concepción por el vocabulario académico: «Límites del sistema de alumnado: hacia una nueva reconceptualización de la burocracia facultativa. Un estudio de caso: la inserción del ñoqui en el contexto de acomodo». De estudio, ni hablar. Bien, gracias.

– Al final, no creo que lleguemos.
– Tenés razón. Se va a complicar abarcar todo. De todos modos, creo que ya llegué adonde quería.
– ¿Ah, sí? ¿Se puede dar alguna referencia?
– No, por ahora. Para septiembre, sinceramente, no podemos preparar el examen.
–¡Qué macana!
–No es macana. Es otra cosa, ya vas a entender. En diciembre la tiramos.

Y le pasa el brazo por sobre su cuello y lleva su cabeza al pecho. Y allí se duermen, hasta el próximo turno…


Texto e ilustraciones publicadas en el segundo número de nuestra revista.

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