Poesía | El universo - Por Agustín Peanovich

Si el sólido putrefacto de los que cobraron vida, como seres minúsculos no pudieron inmutarlo al inexorable, cruel y expansivo Universo (ya vayamos imaginando juntos, ser minúsculo que mide mi letra en este momento, la dimensión que trasciende aquí, o no, disculpe, allá). Más bien El Todo. El Universo todo lo sabe. El curioso, tenebroso, el enigmático, lo oculto. Hasta mis banas y suyas palabras no se ha llevado, las ha dejado aquí, para que juguemos y enhebremos versos pueriles que retroalimentan la putrefacción de la que hablamos, ¿o ya se ha olvidado? ¿Ser? Hablemos más claro, en un lenguaje ¨Universal¨, así lograremos un acuerdo.

Las leyes físicas producto de su incidente son el sinsentido para él. Y pensar que nosotros discutimos y germinamos en su uña. Uña molesta, inerte y podrida. Eso somos, insisto, nada podemos hacer ante él:

¡Ay! Mis manos que han creado dulce orfebre.

¡Ay! Divina creación, que mujer esculpí.

Nada sirve, menos estas tercas palabras que inventamos, solo las abarca. El Universo es quién teje y entreteje. Infiere y nos contiene pero la carne y la independencia no existen. Es una organización, es ¨ el Sistema¨ de nuestro Todo. Lo que más me altera es que indaguemos sobre quién lo conduce. Quizás la única forma de llegar a Él, quién conduce este proyecto atroz, sea examinando la música, música que musita y moviliza cosas con una especie de energías, ondas y verdad. Esto que emite la música, que rompe con el orden y lo convierte creativo, inquieta organismos, suerte de inercia que decora y hecha de un golpe caluroso en el cual el humano lo logra sobre un sostén (una cuerda) un aire que descubrió y que ya fue creado, ya saben seres minúsculos, soy el Universo.

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