Cuentos | El bravo Raymundo Olivares - La sangre de los hombres es la tinta con que se escriben las páginas de la historia. Los hombres que las dictan, son quienes gozan de la suerte de la creación: a ellos debemos los honores y las furias y los rencores y todas las tradiciones que nos hubieron alcanzado. A ellos debemos, asimismo, el […]

La sangre de los hombres es la tinta con que se escriben las páginas de la historia. Los hombres que las dictan, son quienes gozan de la suerte de la creación: a ellos debemos los honores y las furias y los rencores y todas las tradiciones que nos hubieron alcanzado. A ellos debemos, asimismo, el olvido. Ésta no es otra que la historia de uno de los hombres que pisó esta tierra, o acaso lo soñó alguno de los otros. 

Por Pascual Blas Armagedón 

 

Si los tiempos no hubieran caído en el desatino de las lógicas, tal vez fuéramos más generosos, los hombres, su historia conjunta, con la vida de Raymundo Olivares. Pero los hechos dispusieron ese orden en que se entienden las acciones y hoy, a aquel hombre, se le impone la indiscutida condena. Hombre modesto de costumbres prosaicas, presto para el arado como hábil en la curtiembre, dedicó aquellos invaluables años de mocedad a los servicios en los latifundios de arroz. Ejerció, en aquellas inenarrables hectáreas, todos los oficios que le merecen el nombre delRicardo Carpani
paisano laborioso y dedicado. Respetado por sus patrones, jamás despertó las inquietudes ni tejió complicidad con los peones que soliviantaron las fuerzas. Parco y retraído, las mañanas lo vieron en el laborioso arrío de sus ganados, y aseando las caballerizas lo conocieron los atardeceres.
El caudal de memorias del pueblo solo cuenta con una anécdota de Olivares en un breve altercado, y fue contra un jinete forajido, de esos que por las épocas tanto abundaban, que arreció desde el horizonte sembrando el terror y la intriga. A Olivares llegó la noticia de la presencia de aquel forajido en la taberna del baldosón morado. Á él, en efecto, fue en busca.
Acaso la idea de su ferocidad aquella noche, debamos concederla a la vivacidad de su leyenda, el bravo Raymundo Olivares, el modesto, el varón,
y tal fue su hazaña, y su nombre conquistó tanto los respetos, que ya ninguno en adelante se atrevió a debatirlo en duelo.
La solemnidad lo hizo hombre grave y preocupado, aun cuando nunca alguna de sus meditaciones se diera, entre los hombres, a conocer, y todo quedó gobernado por los supuestos arcanos del que se valen los entusiasmos,  y así, entendieron, vieron en la abnegada sobriedad, el gesto del saber profundo, y a él, los respetos le confirieron, creyendo advertir en sus aversiones y sus manías particulares, las nociones evidentes de los premios y las condenas.
¡Era hombre bravo y docto! En la displicente permanencia de lo imperturbable y lo no dispuesto a cambiar, vieron las gentes las mañas de la docilidad y la franqueza, y quisieron entender que tras ese lóbrego y cautivo hermetismo, se encontraba la templanza de una fiera incontenible, capaz de imponer sus fuerzas brutas por sobre las de cualquiera de las otras bestias que habían estos páramos.
La disposición de los acontecimientos, el sigiloso azar de lo desconocido que los determinan, cobra a veces la apariencia de una asechanza indiscreta. La previsibilidad humana se sabe escasa, es por eso la angustia y el terror y, también, los fantasmas que esas mismas alegorías atormentan.
La madrugada del cinco de junio de 1878 fue uno de esos momentos. El frio sugería la conservadora cobardía y Raymundo Olivares pisó la fresca del rocío en la madrugada y caminaba hacia las tiendas que se abrían en la puerta de la estancia de don Ignacio de Portezuela. Amparado en el sopor de la primera mañana, Olivares llevó con su puñal a la muerte a todos los que en esas tiendas habitaban. Después se encaminó hacia el casco de la estancia, y allí se encontró con el patrón, su esposa y una empleada india. A todos asesinó. A don Ignacio de Portezuela le encontraron cinco orificios en su cuerpo muerto, todos salidos del rémington que el general Augusto Arellana le concedió en gracia, y fue el que utilizó en las gloriadas campañas en el norte del territorio, cuando esas tierras se asieron para la gloria de la naciente nación.
Ricardo Carpani IIAsí lo explican, al menos, las historias que de estas famas se ocupan, y cuentan, éstas, que los fogonazos se oyeron a leguas de distancia, y hoy, en las tormentas, el escozor de los truenos es el de aquellas descargas, y con el holgorio aterrorizante de los cielos, volvía Raymundo Olivares.
Huyó, aquella mañana, Olivares, o solo se encaminó hasta perderse en el horizonte. Algunos dicen que su marcha no fue errante, y que al partir, lo hizo montado en un tobiano zancudo e iba al tranco elegante de los que suponen una victoria.
Cinco años más tarde, hubo quien denunció haberlo visto merodeando las tierras de don Segundo Santibañez, prósperas en extensión y en cabezas de ganado. El aviso a las autoridades no llegó hasta que la contundencia de los hechos ya hubiera depredado las posibilidades. Santibañez fue asesinado mientras leía uno de sus manuscritos acerca de la herencia protestante en la nación del Plata.
El desconsuelo, es de prever, se propagó en el pueblo y en las cercanas estancias. Raymundo Olivares vivía y su existencia era tan inmediata como siempre; acaso se encontrara tramando algún asalto luctuoso y todos los momentos son, así, el momento de su paso a la acción. Raymundo Olivares era la única expresión que aquellas gentes conocieron del terror; y entonces surgieron las leyendas.  Y todas versaban sobre aquel hombre que nunca moriría y era, entonces, una amenaza eterna, su nombre, su olvidado rostro, su inmemorable figura, ya etérea, frágil y diversa, era una de las duraciones elementales sobre las que podían mantenerse organizados.
Decían que el desmesurado atacaba por las noches, sólo, cuando las estrellas que habitan el oeste brillaban en forma de cruz. Hubo quien sospechó de la asistencia de sigilosos comedidos, tan vehementes como el propio Olivares, y así decían que todos esos otros forasteros, que a deambular entre los poblados se dedicaban, y su empresa era sembrar terror y expandir la maldad e impedir el orden y la vida calma, eran Raymundo Olivares.
Y así fue uno y fue una multitud.
Es imposible, por eso, inferir el número de sus víctimas. Tampoco los historiadores se han dado a la tarea de investigar sus oficios y descubrir códigos y patrones que supondrían un cometido. El único dato que suma a los registros es que nunca, Olivares, se dio a la tentación de hurto, como si aquello no llegara a conmover sus pasiones.
Memorable fue también la devoción de Olivares por una de las hijas de Carlos María Arizmendi, ardorosa inclinación que nunca, en los años de mansedumbre, fuera por alguien advertida.
Se decía de Olivares que estaba entregado a la vida disoluta, sin reconocer limitación alguna a la hora de compadecer sus apetencias, pero, también, que jamás quebraría los indicios mínimos del respeto y la dedicación afectuosa, cuando de engalanar a la joven Lucrecia Arizmendi se tratara; amó, el reo, los cabellos del color del roble y dos grandes ojos avellanas que terminaban en lo oval al llegar al punto donde la frente le abre paso al contorno del mentón, y por esa pasión irreprimible, jamás logró dirigirle la palabra y dar muestras de su devoto amor, acaso por temor a que su habilidad y su belleza no fueran suficientes para congraciar a semejante expresión de hermosura.
Y cuentan que nunca le habló y que su único intercambio con ella fue el de aquella noche, cuando el lujoso palacete en el que vivía la familia asaltó, y a la joven Lucrecia se llevó.
Entonces dijeron que alguno lo vio contemplando, silencioso y con temor, desde las lindes de la chacra, donde Lucrecia solía ocuparse de las huertas. Esa secuencia, dicen, se repitió durante meses, también años. Incluso, algunos comentan que en una de esas cautelosas custodias, Olivares fue arremetido desde atrás por un tal Esteban Ramirez, que trabajaba en la estancia de los Araoz, y desde entonces cobró fama de matón y de justiciero. Le dio, creo, una sola puntada desde atrás y, según cuentan, Olivares se marchó caminando con debilidad hasta las sombras de una arboleda, hasta que se lo perdió de vista;
y así, otra vez, fue una sombra,
y al atardecer, cuando comenzó la lluvia, sonó el primer trueno, el pueblo sintió otra vez el fusil.
Olivares, sabemos, es solo una huella; su cuerpo y el de Lucrecia se perdieron en la infinidad;
su memoria, permanece.