Sobre cómo justificar la rebeldía en un lenguaje metafísico, o el efecto de aquel Hombre Rebelde - En el '51, Albert Camus publicó un libro donde imaginaba una salvación del hombre esclavizado, o simplemente una mediana redención de sus pesares, agobiado por las taras que se suponen más elevadas que las materias concretas que, a su tiempo, son la forma real de aquella prisión anterior que el hombre padece. Nuestro compañero, en éstas líneas, asume esa instancia y se propone renovarse en semejante apetito. Tal vez no sea más que una simple justificación.

En el ’51, Albert Camus publicó un libro donde imaginaba una salvación del hombre esclavizado, o simplemente una mediana redención de sus pesares, agobiado por las taras que se suponen más elevadas que las materias concretas que, a su tiempo, son la forma real de aquella prisión anterior que el hombre padece. Nuestro compañero, en éstas líneas, asume esa instancia y se propone renovarse en semejante apetito. Tal vez no sea más que una simple justificación. 

Por Furibundo Contreras
 
 
El ser humano es un no ser en tanto carece de una cualidad esencial que lo defina, siempre y en todo lugar, inexorablemente. Es aquel viejo arrojo sobre el mundo, como un tropel de infinitas fuerzas, que se resumen en la presencia de un cuerpo y de una vida. Y es esa fuerza en permanente vuelco hacia el futuro, condenada, por su propio devenir histórico, a la acción; una fuerza cuyo movimiento es el de hacerse perpetuamente. Y su existencia se extiende en el mundo, un espacio común compartido con otros seres en idénticas condiciones; y solo en esas circunstancias es que podemos decir que su hacer es genuinamente un actuar: asumir posiciones, conductas, apropiarse de una gestualidad que se presenta ante el mundo, esto es, ante esos otros que componen ese mundo; por lo que si el ser humano es un ser que hace con el mundo, en constante variación, rotando de lugar, escapando al rigor de las segmentaciones y tablaturas, es en relación a ese mundo que se compone, se proyecta y finalmente se expresa: aquello que podemos llamar identidad es la mirada del mundo que cae aplastante sobre una fuerza humana, y sus pretensiones, por naturaleza son odiosas, y ellas apremian y procuran sofocar aquella fuerza, hacerla una versión discreta, repetitiva e insistentemente simplificada, de cualquier otra fuerza, como tantas hubo, sin nada que permita, en ellas, lo excepcional.
Esa mirada juzgadora llega a través de los ojos ajenos, en su comunidad, en su condición de pieza elemental de una maquinaria sigilosa de asignación de significados y nociones básicas, de distinción de lugares y de la consignación, asimismo, de uno de ellos para cada una de las fuerzas. Y surgieron entonces órdenes de mérito y medallas y conmemoraciones, denuncias y toda índole de artera treta para usurparse privilegios. Y no solo así llega esa mirada a posarse sobre los cuerpos, sino que fluye también en la propia mirada de una fuerza, que es reflejo de esa evaluación categórica: la identidad es, en efecto, la mirada del otro por medio de la propia mirada, ya que mis propios ojos se encuentran definidos en las consignas mundanas y comprenden, para rebelarse o para acatarlo, el círculo de expectativas y tensiones que giran en torno de su circunstancia inmediata y arremeten contra los cuerpos como un vendaval que azota desde todas las direcciones, aun desde la intimidad de la memoria. Respecto del otro es como se supone que el ser humano es.
Adherirle una identidad tal, sin embargo, es pretender absurdamente encerrar al ser entre muros de angustia y desconsuelo: si el ser humano posee alguna virtud, esa es su infinita posibilidad para ser lo que libremente desee; solo existe una restricción, y aquella termina por ser consabida como contingencia, y es la de la propia circunstancia. El ser humano no puede ir más allá de su circunstancia presente, la cual, a un mismo tiempo, ofrece una inabarcable cantidad de posibilidades, tan vastas como incognoscibles en su totalidad.
El cambio es, entonces, el motor de la acción. El hombre es lo que hace, dentro de un entorno preciso, con lo que hicieron de él, en poluta paráfrasis de culto. Y lo es en futurición (otra vez), es decir, proyectando su desplazamiento hacia adelante, aun cuando la reminiscencia pueda ser la fuente de sus experiencias, y avance a los tropiezos, incapaz de la justa mensura del presente y de la firmeza en los pasos por encontrarse empujando inútilmente al pasado.
No hay, en el ser humano, duplicidad: no es uno para los otros y otro para sí mismo; no es en sí mismo algo que, sin embargo, aparenta ser otra cosa: ser es aparentar ser, desde el momento en que el ser humano es esa cosa lanzada al mundo, al intercambio continuo con otros, expuesto a miles de ojos, y a la comunión de ellos, en aprietos más grande y amenazantes, que cobran múltiples formas y aparecen con cientos de caretas, que lo persiguen, por momentos lo acosan, siempre expectantes. Y esa fuerza solo puede hacer, con mayor o menos precisión y conciencia, agraciada con variopintos virtuosismos, o condenada a la torpeza y lo rudimentario, esa fuerza solo en la acción se concibe; y así hay quien de ella se aprovecha, y goza y vive esa fuerza creadora, y hay fuerzas que se ven consumidas por su circunstancias y se vuelven incapaces de imponerse y ejecutar su voluntad.
El yo, la instancia de identidad, es un momento de riesgoso detenimiento, en donde la mirada se vuelca sobre uno mismo y se busca congregar un inmenso cúmulo de sensaciones, emociones y pensamientos, estados transitorios, inescindibles de la materia de la historia, en una entidad fija, inmutable y definitoria, por lo tanto, terminal. La consciencia se vuelca sobre sí misma ignorando todo aquello que no le place, y la vida le pasa por encima. La consciencia, como instancia reguladora, elige lo que acepta y lo que rechaza, conformado una segunda línea de deseos, apetitos, pulsiones, inhibidos en la vergüenza que a la consciencia le inspiran los reparos de su circunstancia: principios y fundamentos exteriores, propios de las regulaciones de la práctica en la vida de la civilización, que se asimilan más o menos como rasgos propios, constituyendo, luego, ese censor mudo que se encarga de aceptar o rechazar, atribuir valores y determinar acciones.
La voluntad libre es, por lo tanto, el margen que la conciencia deja para actuar, de algún modo, soberanamente, en tanto no se sea capaz de preguntarse por esos censores y juntar las fuerzas necesarias para desatar la batalla a cada uno de ellos, abriendo las arenas del desierto, disponiendo una espada para enfrentar a cada una de las bestias que salgan al paso, convencido de lo inútil de la tarea, pero también de lo necesario. Entonces, en esa libertad encontrar el rigor admonitorio de aquellos ojos, cuyo odio es tan atento y mortífero, como intensa es la angustia de su impotencia. Acaso esa disciplina moral le valga la pena.