Poesía | La rendición - Por Envar Ferreyra

La fuerza de voluntad de los hombres que pelearon en Malvinas, que pusieron su cuerpo en la recuperación de un territorio invadido, fue la carne misma y el sustento de alguna idea de nación que tuvimos; también estuvo con ellos la muerte y la soledad y la ruina y el terror. En su sangre y su impulso, se dignifica la honradez de la causa; en la traición y la cobardía de los cipayos, se escribe el testamento de la derrota. 


¿Para qué hablar de mi muerte,
si la acaricié en cada uno
de los bombazos
y en el frío
que a la espera
resquebrajaba mi piel?
Las palabras
no llevan uniforme,
y si ahora me digo patria
recuerdo a mi madre
y mis hermanos
y aquel beso que no me di.
¿Qué sabrán en el territorio
de mi destino?
…hablarán de una gesta
y de heroísmo
y mi juventud entregada
a una causa
de soberanía.
¡Qué importan los militares!
ellos siempre fueron los otros.
Puedo escuchar
los pasos sobre mi cabeza
y los rumores triunfales
en esa lengua incomprensible:
ya fui sepultado,
mi fusil
encasquillado
no dispara;
me defiende
sólo
un paño blanco como la niebla
en que lo sacudo
y en la que anhelo confundirme:
muero como soldado
y renazco prisionero.
De la guerra, no sé nada
pero la intuyo perdida
en los ojos muertos
y en las nunca cercanas
noticias:
esa tierra que se desmorona
en el temblor perpetuo
es nuestra piel
y todas las memorias
que nos quedaban:
ahora llegará el castigo
por matar
y por ser matado.No conoceré
ese paso sigiloso
a la madurez,
la candidez
cayó con los aviones
y se hundió con los barcos
y quizás por eso
después
merezca las insignias.En el nombre de una nación
quedó fundido el mío,
en una isla
hurtada y vejada
y siempre lejana
será custodio mi pasado:
las aves que sobrevolaron
las balaceras,
la sangre que vertieron
las malezas,
los eriales agonizantes,
los murales de polvo
y las furtivas minas
que se aletargan bajo tierra
serán certeza más confiable
que el terror,
el abandono
y el orgullo inconsumible.¡Combatiente!
en mí se movió el terruño
mi estampa
que fui guerrero
y defensor
de un anhelo
fue, a su paso,
la bandera;el arrojo
con que tomé el fusil
y cargué contra el enemigo
como contra una ensoñación
fue el fervor
del que se ocupan
los solemnes himnos;

en cada hombre
que prestó sus servicios
al enemigo
debí encontrar
toda la angurria despreciable
del invasor
que usurpa mi suelo:
¡del fusil que empuñé
se disparó
aquel enfado
del amor propio!

Me llevan
los profesionales de la guerra
y nuestras vidas
serán la prenda
que consiga su victoria
y nuestra derrota,
con sus traiciones
y las viles concesiones;
con ellas,
en ese encierro,
volveré a estar
entre los prisioneros.