Crónicas | El día en que la semana agoniza - La geografía se construye con fragmentos de cartas de publicidad, herramientas para que el recienvenido trace los contornos del espacio que visita, ilumine los espacios y éstos puedan ser representados, dibujados en un mundo netamente metafórico que reclama ser confirmado en cada paso que se da por las calles de esa ciudad, en cada monumento […]

La geografía se construye con fragmentos de cartas de publicidad, herramientas para que el recienvenido trace los contornos del espacio que visita, ilumine los espacios y éstos puedan ser representados, dibujados en un mundo netamente metafórico que reclama ser confirmado en cada paso que se da por las calles de esa ciudad, en cada monumento histórico que se visita, en cada hombre que se cruza. Esa ciudad es una ciudad edificada con restos de la ciudad material, hundida en las nubes del vértigo y la codicia de la rutina. Sobre esos consuelos se pregunta nuestro compañero. 

Por Bernabé De Vinsenci

El día en que la semana rutinaria agoniza, un viernes, no es lo suficiente grato para transitar por la calle Córdoba (que fenece en el río), justo donde reposa el monumento a la bandera, inaugurado el 20 de junio de 1957 en honor a Manuel Belgrano. Las voluminosa arquitectura –y los turistas sentados en la penumbra– con fragmentos de cartas de Belgrano dirigidas a San Martin, hace que todo espectador tenga un retroceso histórico, o mejor aún, un retroceso que lo desestabiliza del presente. Entrar al monumento, en sus circunvalaciones, es perder, por un momento, la noción del tiempo. Supongo que esta pérdida del tiempo les debe suceder con frecuencia a los turistas. El turista no sólo pierde la noción del tiempo lejos de su espacio natal, sino que pierde de vista los hechos más nefastos del lugar hacia a donde ha ido como explorador. Ahora bien, el turista de algún modo es construido. Mediante guías, panfletos, una serie de publicidades que le indican – le señalan, término que define a la enseñanza – el lugar exacto, los espacios, los salones, los horarios a los que debe dirigirse para no llegar tarde al espectáculo del circo, para que no pierda el éxtasis de estímulos. Constantemente es sumergido en un ensueño, jamás se le dicen las cosas inadecuadas del terreno a explorar. Inclusive, ha ido allí porque antes le han comentado –construido en cierto modo- el paisaje del lugar. En este sentido, el turista es cómplice de una política –en términos metafóricos- que se abre de piernas para el ocio foráneo, y que al momento de hacer cesárea para los sectores vulnerabilizados dice que no porque perderá la estética de su cuerpo. Recuerdo que en una guía turística que lleva patéticamente diferentes poses, en diferentes lugares, de Eber Ludueña, la intendenta Fein, a modo de prólogo, exponía algo así: seguimos un proyecto que lleva varios años (desde los noventa) abriendo la ciudad a los turistas junto a diferentes empresas públicas y privadas, que también dan oferta laboral. Fein, en otras palabras, representa el estatus quo burgués. Viene de Luján (Provincia de Buenos Aires), fue estudiante de química, propietaria (siendo estudiante). Lo cierto es Fein sigue una línea neoliberal, y como una cara que necesita del maquillaje para cubrir el mal cutis, se expresa socialista. Tan socialista, que ese mismo viernes por la calle San Martin un hombre dormitaba en un colchón, lógicamente, a la intemperie. Mientras escribo esta nota llovizna y me pregunto, ¿qué será de aquel hombre? Pregunta que me coloca como romancista. Porque en esta sociedad preocuparse por los vagabundos es de pueblerinos, a veces parecieran decir: ¡No te das cuenta, hay que naturalizar la miseria!.

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