Cuentos | Luna de provincia de Santa Fe (Partes I, II, III y IV) - Texto: Andrés Calloni | Ilustraciones: Esteban Uribe Escobar

La historia se compone sumando sus partes, integrando unidades individuales, escenas sueltas y parciales. La unión se da en los años, en el relato y en la remembranza justificada. Todo transcurre en un tiempo blando y permisivo, todo bajo una misma luna que aparece y se esconde en las costas, detrás del río largo y majestuoso o como sombreando el dorso de las llanuras inacabables.


Los capítulos siguientes aquí

Capítulo 1

1966

Estela Cinzas creaba un mundo en cada siesta. Apoyada en la mesa de la cocina, se perdía en el naranja vivo que la tarde dejaba en la cortina. A eso de las tres, estaba ya envuelta en alguna ilusión; entonces era bailarina solista o cantante. Padecía también una envidia encarnada, un morbo personal que se permitía. El deleite vergonzoso de anhelar la destrucción del otro la hacía acomodarse con gusto en la silla. Su marido, cuando no trabajaba, dormía mucho. Le gustaba comer las papas que ella fritaba en mediodías tímidos. Pero Estela estaba fuera de él, había encontrado un balance entre el vino tinto, las siestas ilusorias y esa envidia recalcitrante. Así vivía con tranquilidad en un bienestar pesado. Tenía 47 años. De joven supo ser bella como un ave roja y sutil. Un hombre, que no es su esposo, guarda una imagen mental de su juventud: la luna débil iluminando un hombro y un gemido que llega desde algún lugar entre la cintura y el corazón. Dejó ese momento de belleza en el mundo.

Uno de los primeros días de la primavera de 1966, alguien abrió la puerta que comunica el patio con la cocina de su casa. La mataron a golpes mientras la violaban. Luego le aplastaron parte de la cabeza con un mueble. Atardecía. En el aire caliente de la noche nueva algo se consumió para no existir otra vez. Esa siesta, Estela soñó que volaba por un cielo sin nubes, iba desnuda y no podía recordar quién era.

Ilustración: Esteban Uribe Escobar

Capítulo 2

1966

– Barla, a mi oficina por favor –pidió el comisario –. Mataron una mina en un pueblo. Vaya y preste una ayuda. Lo están esperando, puede volver a la tarde –. En la orden había un despojo, un legajo cerrado para empolvarse en los archivos. Manejó dos horas al sur; en la radio pasaban boleros y tuvo que apagarla.

Llegó a un pueblo de casas altas y calles anchas. La mañana parecía otra. Vio viejos en una vereda bebiendo vermouth con soda en vasos fríos y una sed que conocía bien le apretó algo dentro. Se presentó en la comisaría y lo llevaron al lugar. La casa era simple, con una ventana grande en el frente. El sol entraba como un león por la puerta entreabierta de la cocina. Lo que había sido Estela Cinzas era de un blanco diferente a todo lo que el mediodía podía alumbrar: un brazo reposaba sobre una silla, dejando en primer plano una teta intacta y en la espalda el roce con las paredes y el piso había dejado la mayor parte en carne viva. Apretó fuerte la sed una vez más y tuvo que encender un cigarrillo. El rostro era una máscara pegajosa de piel y cabello espeso. Restos de lo que parecía un bizcochuelo se esparcían por el lugar y todo en el aire era de un dulzor húmedo. No hizo mucho más que caminar alrededor, mirando las cosas con un poco de asco. Mandó retirar el cadáver y pidió hablar con el marido. Se apoyaba en un pino, dándole la espalda a la casa; a la hora del crimen atendía en su verdulería, una docena de viejas podían corroborarlo. Estaba con los ojos idos y una botella de ginebra en un costado. Habló de horas, de un hijo en Córdoba y luego de un quiebre de algo que definió con un gesto impreciso de la mano, algo incapaz de ser apresado. En su voz, fantasmas de una soledad futura poblaban una saliva espesa. Babeaba, y cada tanto una sonrisa horrible le transformaba la cara. Cuando Barla se alejaba, lo puteó escupiendo el aire y a sí mismo; sintió lastima y ganas de patearlo repetidas veces contra el árbol.

Ilustración: Esteban Uribe Escobar

Comió un asado espectacular en la comisaría. Los otros policías hablaron de peligrosos habituales que iban a interrogar y de trabajadores golondrina que ya tenían amenazados y asustados. Alguien iba a cantar. –Y si no… –dijo uno alto y gordo, para luego golpear con una mano contundente la mesa engrasada. Dejó algunas indicaciones inservibles y prometió colaborar desde la jefatura. A las ocho estaba ya de vuelta en la ciudad; se sentó en una esquina y pidió una cerveza. La ciudad se apagaba dejando el aire limpio para el comienzo de la noche. Sacó un cigarrillo y pensó en esa cocina llena de luz, en la muerte como una tristeza violenta. Él no tenía a nadie para perder, sólo una sed que calmar. Veinte años de servicio, pero a esa mierda no había quién se acostumbrase. De todos modos, nada de eso en verdad le importaba, sólo sentía los días pasar, uno tras otro. Uno tras otro hasta que ya no dé para más.

Capítulo 3

1697

Barla sueña con mujeres. Las nubes bajas en el fin de la noche parecen montañas negras. Despierta. Abre los ojos en la penumbra y todo le es irreal. Espera nervioso ese primer rayo que abre el día como un fósforo que lo enciende todo.  Se levanta de la cama y se baña. Toma el café y come el pan. El silencio de la mañana es una canción que alguien canta aburrido. Prende un cigarrillo y se sienta a fumarlo sin hacer más nada. Sube al auto y va al trabajo. En las horas laborales un orden flojo se apropia de las cosas. Luego, las vueltas en auto por la ciudad calma y oscura, las paradas en cualquier esquina iluminada y la cerveza o el vino perdiendo los minutos detrás de ventanas que exhiben plazas y puertas. Al fin regresa silencioso a su casa de madrugada. Y cuando duerme sueña con mujeres: esa noche fue una boca negro carmesí, un cabello opaco y dulce. Despierta. Otra vez. Se levanta, se baña, toma el café y el pan, el cigarrillo y al trabajo. Le cae legajo y con él, un nombre: Ana Rosa Pacheco. Ana Rosa Pacheco, repiten sus labios mudos. Tiene órdenes de volver a aquel pueblo y buscarse una casa. De repente está lejos del día que transcurre. Es sólo trabajo, pero esta vez siente entrar en un mundo ajeno y tranquilo, de reglas simples y atroces. Las palabras le retumban en la cabeza, Ana Rosa Pacheco, una y otra vez. Juntó algunas cosas y manejó dos horas al sur. En el espejo retrovisor, la ciudad parecía un montón de ladrillos destinado a desaparecer.

Entró en el pueblo y vio árboles gigantes. El verano era un sol pequeño a la altura de la nuca. Cuando se bajó del auto los zapatos crujieron en el asfalto verde. El nombre Ana Rosa Pacheco le sonaba como una oración a la soledad.

Capítulo 4

1967

En todas las esquinas del pueblo comienza la noche. Barla aprende que un hombre puede ser un vendaval. Alguien se desata dentro de habitaciones con mujeres solas y de repente él tiene que averiguar quién es: imagina un loco espiando casas desde los árboles en la oscuridad y el absurdo salta por todos lados.

Tiene que interrogar gente. Antes de abrir la puerta que da a la calle, un segundo antes, piensa que su trabajo es crear una sombra y perseguirla. Entonces imagina la expresión que debe tener alguien así y sólo le sale un rostro serio y tímido, de ojos atentos. Entra y sale de lugares. Habla con gente y hace llamadas. Pregunta y le responden. Pero todo eso no le deja nada, una nube de cosas dispersas. Alguien le habla de un ex novio, vive a siete cuadras de la casa de Ana Rosa Pacheco. Toca la puerta y un hombre flaco y de cabello muy corto se presenta como Giménez. Hacía dos años que la relación con Ana Rosa había terminado. Ahora tenía familia, mujer e hijo, y se le hacía tarde para ir a misa. Su madre también los acompañaría, parecía señalar Giménez, con las palabras, a una señora leve y ausente en un rincón. Barla pregunta si puede volver más tarde. –A las siete está bien –responde el hombre y cierra la puerta.

Ilustración: Esteban Uribe Escobar

Duerme en un cuarto detrás de la comisaría. Tiene el baño cruzando un patio.  Cierra las persianas y logra una penumbra amable. Afuera es la tarde donde mujeres corren macetas de lugar en patios tupidos. Fuma dentro de la pieza. Sólo tiene papeles de trabajo, algunas camisas blancas y un libro sobre Napoleón. Es un tomo perteneciente a una colección que completa la historia de Europa y cada vez que lo lee, mastica la sensación de que el ser humano es algo extraño. Algo parecido a un error curioso. Y así la tarde se le va.

A las siete en punto, toca la puerta de Giménez. Una mujer lo conduce a un patio detrás de una puerta con vidrios. En el fondo, y a través de macetas grises colocadas caprichosamente, con el mate y una silla vacía, lo espera el hombre. Mientras se acerca sólo puede ver los imprecisos rasgos de la cara. El sol había desaparecido rapidísimo. Se sentó y recibió un mate pequeño. Giménez había cambiado: llevaba una camisa oscura y parecía otro del que fuese esa tarde; ahora su pose delataba cierta intimidad. Abrió la boca para hablar, pero antes que dijera una palabra, Barla sintió electrizarse el aire y supo que tenía algo.

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