Ensayos | Sujeto neurótico y escritura - Por Bernabé De Vinsenci

Un chorro de tinta corriendo entre una laguna de poros absorbentes va tallando unas siluetas, elásticas y sincopadas, puntos de tinta disueltos y extendidos, que se resuelven en códigos y se aceptan y de ellos se desprenden otras instancias, en donde esas sugerencias son la tinta que se destina a esa otra planicie de absorción permanente, que otra vez se llena de formas y otra vez se reproduce. En esa escritura quedan registradas cada una de las cosas que antecedieron a esa tinta y a ese papel. 


La desviación del sujeto ante la norma –medida para reproducir lo común– conforma a este en neurótico; aun así, su capacidad sublimatoria desaparece, deviniendo en perverso: perversidad que puede advertirse en revelación, desde la norma: en otras palabras, desde una jurisdicción –instituida en el imaginario– de la sociedad.

Sin embargo, no es un todo perverso, su facultad de lenguaje le aprueba expresar la condición «desviatoria». Un caso de ello, es el escribiente –sujeto neurótico de la lengua– que recupera en la «poiesis» la voluntad trascendental a la norma. Pero, ¿qué es la norma?

En Vigilar y Castigar Michel Foucault, comenta: “El orden que los castigos disciplinarios deben hacer respetar es de índole mixta: es un orden “artificial”, dispuesto de manera explícita por una ley, un programa, un reglamento. Pero es también un orden definido por unos procesos naturales y observables: la duración de un aprendizaje, el tiempo de un ejercicio, el nivel de aptitud se refieren a una regularidad, que es también una regla”[1]. La norma reproduce a los hombres en serie, al igual que un producto destinado a un tipo de consumición. En tanto producto –objeto repleto de atributos– sólo es orgánico a la predeterminación proyectada en su fabricación: de ahí el lenguaje inservible del estereotipo, la doxa como opinión corriente, como el sentido reiterativo y vaciado. El hombre en estado de pasividad es reproducido –como un croquis cinematográfico– en el lenguaje, en su sexualidad, e inclusive, en sus estados de ánimos. En suma, no sólo es reproducido sino que reproduce el disciplinamiento.

Lo trascendental –entendido bajo el signo de fisura– pone en descubrimiento que no existen valores perdurables, estructuras naturales estáticas, sanciones garantizadas por lo divino; por el contrario, todo se halla subsumido en luchas de fuerzas: la contingencia, al fin, se exhibe desestabilizando lo que antes aparecía estable. Ahora bien, el sujeto en su comportamiento cotidiano, en su ética habitual, ¿no se encuentra gobernado por representaciones mentales (o imágenes)? Gaston Bachelard, declaraba: “La imaginación no es, como sugiere la etimología, la facultad, de formar imágenes de la realidad; es la facultad de formar imágenes que sobrepasan la realidad, que cantan la realidad”[2] El significado, –concepto o imagen mental– instaura, en los sujetos, la estructura de lo simbólico y. por consiguiente, los normativiza, o si se prefiere, homogeneiza. “Al no poder pensar las masas–escribe Le Bon– más que por imágenes, no se dejan impresionar sino mediante imágenes. Sólo éstas las aterrorizan o seducen y se convierten en móviles de acción”[3]. De modo que, los hombres piensan, actúan y sienten de acuerdo a las representaciones mentales que han instituidos en ellos: sobre todo la imagen paternal, y a menudo, no sólo paternal, sino castradora.

El sujeto neurótico del lenguaje, en cambio, postula un discurso contrasimbólico: puesto que aprende a relaborar el vínculo del significado–significante[4]. En otros términos, reeduca –a través del efecto estetizante– el modo habitual de nombrar el mundo. La neurosis, en efecto, es la voluntad de asumir que se ha resuelto, mediante el lenguaje, trastocar el orden las representaciones mentales. Revertir el orden es brindar, efectivamente, sentido a lo real. Sentido que sólo es posible en la medida en que se despliega con características novedosas y temibles: «desfamiliarizado». Por poner un caso: la humanidad podrá negar el lazo incestuoso entre Edgar Allan Poe y Virgina Clemm; pero no podrá hacerlo con Roderick y Madeline Usher: la escritura, por tanto, cobra su forma de venganza. Lo siniestro decía, Schelling, es todo lo que estando destinado a permanecer oculto, secreto, (en norma) ha salido a la luz.

Veamos qué significa, según un diccionario de psicoanálisis, neurosis: “Afección psicógena cuyos síntomas son la expresión simbólica de un conflicto psíquico que tiene sus raíces en la historia infantil del sujeto y constituyen compromisos entre el deseo y la defensa”[5]. Pues bien, la neurosis es una anomalía y sobre todo vivenciada en la infancia. Dicha definición admite ser utilizada en un sentido significativo. El vocablo psicógeno, a diferencia del endógeno, nos permite afirmar que en la neurosis hay una edificación –específicamente– simbólica del sujeto con lo real. Ser neurótico es una excepción; no privilegiada, sino conflictiva que cede a singularizar la experiencia en la vida. Lo lúdico en las palabras, la probabilidad sintáctica, la invención narrativa, el poderío semántico, guarda relación con el egocentrismo infantil; cuando el infante intenta acomodar la realidad a sus deseos, no hace más que vengarse del orden subyacente en ella. A causa de que la realidad es estructurada, en consecuencia, es inverosímil al deseo. En resumen, el considerado “mundo artificial”, muchas veces, desapercibido, otras abolido por la autoridad, es una de los primeros monumentos que realiza el sujeto neurótico; lo que queda de esa experiencia infante, es el estremecimiento de inventarlo todo, de trastocarlo todo; entonces resulta, el placer. Un placer neurótico, conflictivo con lo real. A partir de allí, se produce un eterno retorno, la infancia se torna un núcleo vivencial de la neurosis. Freud en El poeta y los sueños diurnos, escribe: “Un poderoso suceso actual despierta […] el recuerdo de un suceso anterior, perteneciente casi siempre a su infancia, y de éste parte entonces el deseo, que se crea satisfacción en la obra poética, la cual del mismo modo deja ver elementos de la ocasión reciente y del antiguo recuerdo”[6]. ¡Ahora sí! ¡El incesto legalizado!

El regreso a la infancia hace ilegible a la adultez: ¿cómo es posible la personalidad adulta cuando se recurre permanentemente a las tendencias yoicas de la niñez? Formar imágenes que sobrepasan la realidad (dice Bachelard), es ante todo proteger el patrimonio neurótico de la infancia. Más adelante Freud, escribe: “El poeta [o el adulto neurótico] hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es, se siente íntimamente ligado a él (…)”[7]. Entonces, lo fantástico no parte de si es serio o no, dado que es la realidad misma; es parte de las relaciones de luchas que intentan hegemonizar la realidad, consolidarla. En este sentido, Aristóteles, expone a la poesía como el deseo de posibilidad, de aquello que puede suceder. Si los deseos son los signos ligados a las primeras experiencias de satisfacción, ha de ser, en cierto modo, la infancia –el “mundo artificial” que sustituye la realidad insatisfactoria– quien cobre importancia en el ejercicio de trastocar, mediante la escritura, la norma típica de representaciones mentales.

La poiesis –es decir, la construcción– es una peculiaridad del sujeto neurótico.

Pensar el deseo productivo de la poiesis “como escritura, [que] consiste en inventar un pueblo que falta. (…) propio de la función fabuladora [de] inventar un pueblo”[8]. Ahora la desviación – propia del neurótico– queda, a grandes rasgos, esbozada y se desprende de su connotación peyorativa.

En síntesis un sujeto neurótico, es aquel que siente que su lugar en la humanidad ha sido erróneo y accidental.


[1] Foucault, Michel. Vigilar y Castigar. Recuperado en: http://www.ivanillich.org.mx/Foucault-Castigar.pdf

[2] Kogan, Jacobo: Literatura y conocimiento. Editor América Latina, Buenos Aires, 1967. Pág.42

[3] Le bon, Gustave. Psicología de las masas. Recuperado en: http://disenso.info/wp-content/uploads/2013/06/Psicologia-de-las-masas-G.-Le-Bon.pdf

[4] Piénsese en el signo lingüístico.

[5] Diccionario Psicoanálisis. Recuperado en: http://www.tuanalista.com/Diccionario-Psicoanalisis/6300/Neurosis.htm

[6] Sigmund, Freud. El poeta y los sueños diurnos. Recuperado en: http://www.elalmanaque.com/psicologia/freud/35.htm

[7] Sigmund, Freud. El poeta y los sueños diurnos. Recuperado en: http://www.elalmanaque.com/psicologia/freud/35.htm

[8] Deleuze, Gilles, La literatura y la vida. Recuperado en: http://enredaccion.bligoo.com.ar/media/users/20/1012010/files/30429/La_literatura_y_la_vida_-_Deleuze.pdf

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