Cuentos | Luna de provincia de Santa Fe (Partes IX, X, XI y XII) - Por Andrés Calloni | Ilustra: Mauro Calderone

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Capítulo 9

1959

Ana Rosa lo mira y le dice:

-Los ojos oscuros ven mejor.- Y le besa la boca. Él le devuelve la mirada y sólo la ve a ella, rango Dama en el gremio femenino de la seducción. En los labios le asoma un aire oscuro que, como un pequeño dios en llamas, le quema la boca y le hace hablarle tan despacito al oído que casi no le dice nada. El patio de tierra está barrido y el sol del verano lo ilumina. Los árboles gigantes velan el ensueño. Adentro, el perfume de una mujer rodeada de cajones llenos de lavanda seca entre sabanas nunca usadas satura las paredes y el techo bajo. Hace calor. Los amantes son.

Es el último día del año. Despiertan en la casa que la mañana amarilla inunda. La obvian con desdén. Almuerzan carnes frías de la noche anterior. Él sale toda la tarde mientras Ana Rosa se tira en la cama a hacer nada. Piensa en su hermana y en qué estará haciendo a esas horas, preparando comidas para el festejo de la noche. Todo en la casa se vuelve un poco más triste. El tiempo transcurre preciso, momento a momento. Atardece y es como si siempre lo hiciese. No quiere cerrar los ojos porque entonces empieza a oír el afuera y todo es más grande y está más lejos, y ella cada vez más en el centro y cada vez más sola. En esos días sin luna se siente débil y su tristeza encuentra lugar para crecer en el cielo solo.

Él regresa ya de noche con bolsas cargadas. En una mano oscila una damajuana de vino. Sonríe y Ana Rosa sonríe detrás. Cenan en el patio los dos solos. El fuego del asado todavía vive vistiéndose de humo. En las casas vecinas las risas lejanas configuran el ambiente festivo. La noche es enorme y una lágrima rueda la cara de Ana Rosa. El vino en los vasos y las bocas endulza los dientes. Él sabe que no debe decir nada. Más tarde ella lo abrazará, lo sentará en la cama y se subirá sobre él. Lo abrazará de nuevo y será como si no quisiese soltarlo jamás, presa de un miedo oscuro y sin nombre. En un momento impreciso de la madrugada lo despertará un dedo que parecerá querer metérsele en la carne, dentro, donde vive el dolor. La mujer a su lado será un calor fuerte y húmedo y con una mueca de terror y desesperación le pedirá, como todas las noches sin luna, con compasión desbordada:

-Mátame, Negro. Yo te quiero, mátame por favor.- Él tendrá miedo sin saber si es por ella o por sí mismo. Ya no dormirán y será blanco o azul el día que les hiera los párpados.

Capítulo 10

1967

Es enero y es de noche. Por la mañana irá a hablar con Ramallo. El verano moja las paredes en las casas apagadas. Se sienta en la vereda de un club para cenar un churrasco con pan y vino frío. El verde de los árboles es casi obsceno. Siluetas ágiles caminan a su sombra. Regresa a su cuarto y en su sueño las mujeres son al mismo tiempo colores.

Despierta y piensa que no siempre el mañana es mejor. Se viste con precisión y se coloca la sobaquera sin ceremonia. El revólver está cargado desde el día que llegó. En la comisaría le indican cómo llegar y se va sin saludar cuando le preguntan más. Toma un café parado en la barra del mismo club. Afuera los viejos detienen el tiempo mirando todo.

Ilustración: Mauro Calderone

Ahora avanza por un camino de tierra con velocidad. El espejo retrovisor le muestra una nube de polvo y sonríe sin saber porqué. A la izquierda puede ver el molino con pocas aspas que le indicaron. Dobla despacio en el camino de entrada. Perros lanudos corren el auto y ladran excitados. Un hombre corpulento sale de dentro de la casa y al bajarse le estrecha una mano desconfiada. Se presenta como Víctor Ramallo y la impaciencia lo envuelve.

-Cuénteme de su relación con Ana Rosa Pacheco – dice Barla encendiendo un cigarrillo con la cabeza baja.
-Nunca llegó a nada serio. Yo andaba ocupado con otras cosas y un día no hablamos más.
-Y de ese día que lo cagaron a palos cuénteme también. – Ramallo abrió los ojos con curiosidad. No dijo nada. Parecía pensar con desorden y desesperación. El silencio le contenía la respiración.
-Podemos ir hasta la comisaría y tomarle declaración como sospechoso. – El hombre arrugó la cara y dejo caer una mano con peso muerto sobre una pierna. Respiró.
-Hace cuatro años volvía yo del pueblo. Había alguien al lado del camino. Agarró las riendas, me tiró al piso y me empezó a dar. Un recuerdo –indicó con un dedo una cicatriz irregular en la frente.
-¿Quién fue? – pregunta Barla y siente otra vez electrizarse el aire como si pájaros invisibles lo poblaran de repente.
-Le dicen El Negro –dijo y escupió el piso con decisión.- Tiene bigote y el pelo largo, anda siempre con sombrero.
-¿Dónde vive?
-Ese hijo de puta no tiene ni casa. Anda con otros por ahí. A la noche hacen fuego donde no hay nada.

Capítulo 11

1967

Barla busca pelo largo, bigote y sombrero. Está sentado en la vereda de un bar. Falta poco para la mitad del día. Pasa desapercibido junto a los viejos que hablan en voz alta gesticulando de manera exagerada con sus orejas feas y atentas, felices, infaltables voyeurs de la mañana y sus sucesos. Se mira el mocasín negro y la media gris. La mano derecha sostiene el cigarrillo sobre el cenicero en la mesa. La izquierda se apoya, a la altura del antebrazo, en el respaldo de la silla tapizada en cuero marrón. Observa los hombres que entran al banco y el almacén. Mira su reloj deseando una noche que le lave las culpas que el día otorga con su comienzo de hierro. Precisa de un trago para convivir con el absurdo de tener que ser un perseguidor de sombras y piensa que no va a llegar hasta la noche sin beber, como se lo había propuesto. El olor a comida en los rincones de la calle anuncia el mediodía y se levanta sin mirar los vasos que transpiran sobre las mesas.

Almuerza pollo a la parrilla con ensalada rusa en un rincón anónimo y tenue de un club. La hora de la siesta lo encuentra con gesto culpable y un vaso de vino como postre calentándose en la mano.

Recorre los caminos de las afueras y las zonas donde hay galpones. Va parando en diferentes bares para tomar algo cada tanto. En los registros del pueblo no hay nombre oficial para “El Negro”, sólo las mismas señas: pelilargo, sin casa conocida, trabajador eventual, se lo suele ver con otros en las afueras del pueblo y los caminos. Tiene fama de cuatrero y borracho, anda cerca de los cuarenta años y no se le conoce familia. Desaparece por largos periodos de tiempo. Nada más.

Al atardecer ya tiene dos litros de vino en el cuerpo y la camisa transpirada. Se baña y se perfuma. Siente que la limpieza lo agiliza. No cena. A las diez para el auto en un camino de tierra y se queda dormido, ya un poco borracho. Sueña con Ana Rosa Pacheco: el pelo larguísimo y negro la envuelve como una cortina viva, los rulos parecen ramas oscuras que le bajan por la cintura mientras su piel blanca despide un olor a tierra mojada, amargo y fuerte. Está de espaldas sobre una cama desordenada. En el sueño la mujer se da vuelta lentamente, despertándose. Abre los ojos y lo mira con cariño, dueña de pestañas como panteras. Él despierta sobresaltado. Son las tres de la madrugada. Atrás el pueblo duerme su sueño de grillos melódicos y ventanas abiertas. Se acomoda en el asiento y le pega un trago a la botella de ginebra escondida debajo del asiento. Lejos, en el medio del campo, como una violación a la nada, un fuego pequeño arde en el horizonte negro.

Capítulo 12

1967

La relación que establecemos con las formas de placer que precisamos satisfacer define nuestra felicidad diaria, esa que viene y va. Quizás la única que haya. Barla nació en un pueblo con nombre de mujer que ya no existe. Cuando era adolescente su familia se mudo a Rosario, entonces una ciudad silenciosa de veredas nuevas y luces amarillas. Entró como ayudante en una distribuidora de bebidas. Al año abandonó y se hizo policía. Simplemente sintió que su carácter y temperamento así se lo imponían. Al principio el trabajo era leve. En la comisaría abundaban las maquinas de escribir y los ceniceros llenos. El baño siempre olía a jabón. Un inspector lo empezó a sacar a la calle. Una tarde llegaron a un rancherío donde un tipo arrugado miraba el piso debajo de un árbol. Le había pegado a un hijo y este había perdido un ojo. El inspector comenzó a golpearlo sin previo aviso, primero con el puño y después con una pava vieja. El tipo lloraba y pedía que no. Barla ocultaba cierta conmoción, sentía lastima pero la violencia no lo intimidaba. El inspector le pasó la pava y él noto un destello de curiosidad en su mirada. Comprendió que lo estaba probando y también que las cosas eran así, la caída de la justicia se valía de la simpleza del dolor. Empezó a formarse una idea en la que ser policía era tener estomago para manejar lo que el común de la gente no: el ser humano degradándose a sí mismo dentro de una sociedad que oculta sus propias falencias. Esa necesidad insalvable de aparentar que el mundo es más sano si las paredes pintadas son de un blanco perfecto y un césped para siempre uniforme crece en los patios tranquilos. Sintió asco del tipo, de él mismo y del inspector, condenados a sufrir en un mundo gris de soles hermosos iluminando el cinismo que nos dejaron todas nuestras inocencias perdidas. Tomó la pava y sin sentir nada lo golpeó tres veces con movimientos firmes e iguales. Dejó que el inspector lo meta en el camión mientras él fumaba un cigarrillo mirándose los zapatos.

Ilustración: Mauro Calderone

Tenía 39 años ahora y se aburría mucho. Lo mandaban a un pueblo a encontrar a un asesino pero él también había matado, más de una vez, amparado por la ley. No podía describir la sensación pero no podía hablar de culpa. Era más bien como saber que nuestro cuerpo pesa de otras maneras sobre la tierra que pisamos. La muerte era para él una forma mayor del olvido. El presente no le importaba en absoluto. Hacía su trabajo que por lo menos era algo concreto, con reglas comprensibles. Con los años comenzó a beber porque las horas no le decían nada. La felicidad diaria, esa que viene y va, le pedía, a veces, caminar por el costado de las calles del pueblo mientras los pájaros levantaban un vuelo sordo hacia el aire transparente. No sonreía y el hecho de no tener que comprender nada era casi un placer.