Cuentos | Se busca una mujer - Texto: Ignacio Romero | Ilustraciones: Emilia Repetto 

La escritura estampa la experiencia. Ahí sentado, volcado por completo. Ninguna de las pieles suaves y los rostros tiernos, gatunos, sediciosos, pueden durar; ningún par de piernas resulta inmune; el tiempo consagra, altera, es la mutación imprescindible. Todas las mujeres azotan a un hombre, todo su pasado lo atormenta, es esa podredumbre debajo de las arrugas en la piel y los pelos endurecidos.


Quise escribir una novela que llevaba este título. Era totalmente autoreferencial, un tipo de 40 años que quería tapar con mujeres el vacío interno. Escribía todas las noches, creí que iba a lograrlo, pero en el cuarto capítulo los personajes se mezclaron y terminé perdiendo el rumbo.

Mientras escribo esto, una pareja de gordos camina por la calle. Viven en la otra manzana, los dos van de negro, y los vi hacer lo mismo la mañana después del 24. Ella va primero, viste gorra y anteojos, y tiene la forma de un pororó. Él carga una panza grandiosa que de seguro le impide ver su propia pija. Pero parece no molestarle, me mira sonriendo, porque sabe lo cruel que es el paso del tiempo. Gustavo me contó que el pororó de joven era una belleza. «Hacían cola para salir con ella», acotó mientras se perdía en el mar de gente en la peatonal.

Hoy lleva un paso rápido para quemar las calorías que deglutió ayer. Se da vuelta furiosa y apura al marido. Él sabe que todo esto es una farsa, pero la acompaña igual para hacerla feliz.

ESTO ES EL AMOR.

Sigo dudando de Gustavo. No puede ser que la chica de ayer, con su piel suave y sus piernas largas y flacas, se convierta en un pororó con el paso de los años. Jimena tiene 23 y se cuida con una conducta digna de los estoicos.

–Además, tiene buena genética.

Gustavo larga el aire, deja el cigarrillo en el cenicero y yo sé que viene una frase digna de tatuaje.

–La mujer que no se cuida, cuando llega a los 50 parece de 70.

Le pregunto qué pasa con las otras.

–La mu–La mujer que come lechuga y hace gimnasia todos los días, cuando tiene 50 parece de 49 y ocho meses.

Me atormenta la idea de no ser joven. De haber descubierto demasiado tarde quién soy y qué quiero. Y no hay nada peor que un demasiado tarde.

Por Emilia Repetto

Todos mis conocidos tienen esposa, hijos y trabajos importantes. Se los ve seguros, tranquilos, proyectan una imagen de seguridad. Con casi cuarenta, el sueño de ser escritor me da vértigo, no está firme. La casa que construí con cuentos y relatos no resiste una brisa de verano.

Necesito una buena mujer, todas las que conocí son nenas que no conocen nada de la vida. Buscan diferenciarse, y no saben que lo importante es encontrar las coincidencias. De la misma forma que el hielo se derrite y el fuego se apaga, esas tetas y ese culo van a buscar el piso. Y no importa cuánta silicona te pongas, porque la piel se agrieta y no somos víboras.

Jimena tiene una remera que no le alcanza a tapar el pupo, con una estampa de Marilyn Monroe. Le pregunto sobre ella.

–Ay, la amo–, me contesta.

Típico entre las pendejas, porque murió joven y todas las fotos son hermosas. Nada dura, linda. Por eso, no ahorres para las tetas, basta de vestidos y fotos en Instagram. No tires la plata en esos zapatos. A nadie le interesa. Mejor, dale  tiempo a algo que te haga original, algo que vaya por adentro. Cantá hasta destrozarte los pulmones. Pintá hasta que te tiemblen los dedos. Escribí hasta quedarte ciego como Jorge. Bailá, qué sé yo.

–Todo bien, pero prefiero morir joven y no estar como mi abuelo de 91 que estuvo toda la fiesta diciendo «estoy perdido, estoy perdido».

Nena, estás muy equivocada. Lo terrible no es la muerte, sino la vida que la gente vive. Hay que salir del sistema, que nos seca el alma. Por eso dale al arte. La vida es una mierda, sólo con estos textos yo mantengo una chispa adentro. Y una chispa puede quemar un bosque. Empecé a escribir tarde, por eso lo hago todo los putos días, y cuando las palabras se me escondan, y no pueda subir el cordón de la calle, cuando me tengan que limpiar el culo y no reconozca a nadie, bueno, algo de mí adentro se va a acordar de cómo luché contra la muerte en vida.

–Lo esencial es invisible a los ojos–, me dice. Me enojo, no porque la frase no sea cierta, pero es que la repite sin sentirla. Le hablo de Brigitte Bardot y cómo dejó de actuar a los 50 porque no era la misma frente al espejo.
–Eso es triste.
–Ufff, qué duro esto. Mirá, Serge Gainsbourg empezó siendo pianista en los cabarets, y era feo.

Asqueroso. Pero tuvo un romance con Brigitte.
Le muestro una foto en el celular.

–Ah, pero era fulero fulero.
–Pero tenía alma, estaba vivo. Y eso dura para siempre.
–Igual, yo no soy linda–, me dice sin mirarme a los ojos.
–Jime, no empecemos con esas boludeces, sos hermosa.

Se ríe y me agradece.

–En serio, ¿cuántos puntos te pones?
–No sé… 5 o 6.
–Nena, sos un puto 8. No cambiaría nada de vos.
–Yo sí… Si vuelvo alguna vez al quirófano, me cambiaría la nariz.

Dios, esa nariz sos vos, es lo más original que tiene tu cuerpo. Te distingue, es tu ADN. Deberías llevarla con orgullo, como García, bancarte ese defecto. Tengo que dejar de salir con nenas, ardillitas suaves con besos fríos. Tengo que buscar panteras, mujeres con culos grandes y piernas grandes que resistan el paso del tiempo. Basta de rubias bonitas, quiero una pantera que me rasguñe mientras hacemos el amor. Que me mire con el pelo batido, mostrándome los colmillos, haciéndome saber que soy su presa.

El mate está frío, pero no me importa. La banda ancha va por su tercera vuelta y yo no sé a dónde va este texto. Entro a Facebook a buscar la inspiración, pero son todas mujeres vestidas de blanco, celebrando el año nuevo. Todo es una copia, la producción en serie de Maslow. Me enojo y grito «necesito una buena mujer». Alguien vivo y no un maniquí.

Mujer astro, por Emilia Repetto

Me vuelve el miedo y borro todas mis fotos de perfil. Los viajes, los boliches, las fotos con mi ex. No me interesan los recuerdos, es todo vanidad. Estoy solo y perdido, pero ya no quiero esa vida. No puedo entender que yo fui ese que subía fotos de libros. Me doy asco, me doy pena. Me cambio el nombre. Borro Instagram.

Encuentro una frase entre todos esos escombros. Es de Alicia en el país de las maravillas.
No puedo volver al día de ayer porque ya soy una persona diferente.

Me gusta, la releo. Me perdono. Ojalá todos leyeran a Carroll.