Poesía | El cadáver - Por Trifón Ajetreo

Se van desvaneciendo las exhalaciones de un cuerpo, hasta dejar una sola, final y delgada, que se vuela tan rápido que solo queda a través de esos restos insuficientes de vida entre esos brazos que manotean entregados, como por una simple costumbre de buscar el movimiento, aunque ahora, buscarlo tan profundamente hasta encontrar su contrario. Y entonces sí, consumarse como la quietud de la muerte.


Desde la penumbra que esconde a mi humanidad
aguardo sin suerte el abrazo que promete tu cuerpo
mientras el reloj que todo lo cuida desintegra mis células
y me acerca, segundo a segundo, al final ineludible.

Y tu sexo se escapa como un sueño imperfecto,
que nació en una noche lluviosa
con la humedad reinante que entorpece
la claridad del cristal,
y desapareció con el alba
huyendo sobre mi cuerpo,
tajando la piel que me viste.

Mi pluma, sangrante,
rejuvenece en el baile imperfecto que la hoja propone
donde tu nombre, misceláneo y sugerente,
se apropia de los sentidos que aún sobreviven a la tragedia.

El sol desaparece de mi paisaje,
camino por otro tiempo en un trance inexplicable
para aquellos que respiran arriba de la corteza.
Veo tus ojos lejanos, con la mirada luxada,
buscando algún puerto para descansar al recuerdo
y las manos – ya grises – desnudan la soledad
que tus muñecas denuncian.

El frío comienza a comer los músculos que me aguantan
y comparte el banquete con seres minúsculos
que desintegran mi coraza.
A través de la tierra siento el olor de los pétalos blancos
que dejaste en mi pecho y siento, sin siquiera preguntarlo,
la sal de tus lágrimas que como clavos de vidrio perforan el suelo.

Vuelvo sobre tu espalda
y el calor de tu pelo sombrío me arranca las últimas gotas de vida.
Ya no soy aquel que yace bajo tus rodillas y muero,
en el oxímoron que la frase grita, por un tocar tus labios una vez más.

Y me alejo, hacia un espacio indefinido que me desclava de la gravedad.
Tú sollozas ante materia inerte mientras mi voz se pierde en el infinito
antes de que puedas escuchar mis palabras, que braman – agónicas –
que escapes, que nadie te escucha allí.