Crónicas | Néstor Garnica y la Fiesta del Violinero - Texto por Ernesto David Sánchez

En la memoria de la pampa húmeda sobreviven los cantos de los ancestros que pisaron la tierra al ritmo del folclore. Con cemento bajo la suela y un sapucai desafiante, en un rincón del centro de la urbe, algunos entusiastas reconquistan las raíces entre el parche del bombo y el calor de la chacarera; para afirmar sin sonrojos que la música que fundó estos pagos continúa marcando los pasos del vino y las empanadas.


Se va armando la cola en la puerta del Centro Asturiano. Mientras esperamos, la mayoría de los presentes nos tiramos a un costadito haciéndonos los distraídos, para relojear el interior del salón. Por los comentarios que circulan, somos muchos los que no habíamos escuchado hablar del lugar, a pesar que ya tiene 110 años de vida. Según mi amiga, tengo que prestar mucha atención de no escribir mal el nombre cuando redacte la crónica.

«Ustedes tienen que esperar a Cecilia», nos dijeron. «Ella maneja la parte de prensa». ¿Era Cecilia? ¿O Celeste? Mencionaron el nombre al paso y ya me lo olvidé. Muy injusto, porque la flaca de prensa era un amor. Se merecería un reconocimiento por lo amable que fue con nosotros y con los colegas que fuimos a cubrir el espectáculo. Pero en fin…

Si tengo que sincerarme, la mayor experiencia que tengo en peñas folclóricas es por verlas en la tele. Y más festivales que peñas. Así que cuando entramos a ese salón tan cuidado y prolijo, todo parece bastante menos gaucho de lo que me imaginaba. Supongo que es lógico, porque el macrocentro de Rosario no es muy rural que digamos. Las mesas redondas son como para ocho personas, así que la lógica es sentarse con desconocidos y charlar mientras cenás y mirás el recital.

Es una noche de 4 conjuntos. El principal es el de Néstor Garnica, «violinero» y cantor de muchos años de trayectoria y recorrido internacional. Los artistas invitados para la previa son Julieta Maruco, de Cañada de Gómez; Nicolás del Campo, de Acebal; y la santiagueña Mariela Carabajal, por supuesto de La Banda, como el resto de su familia. Los tres, cantautores e intérpretes de unos veintipocos años que ya recorren el país con su música.

La primera que nos da clases de lo que es una peña es Julieta, que se planta en el escenario con mucha presencia. La voz de Maruco se impone, a veces con potencia, a veces con dulzura y, a la segunda canción, la mitad del público ya soltó los vasos de vino y está bailando. Desde nuestra mesa, el piso del escenario se subraya con los pañuelos blancos que acompañan la zamba, y retumba con el zapateo de los gauchos de zapatilla y pantalón vaquero. Aplausos para Julieta.
La sigue Nicolás del Campo, que al igual que Julieta, va variando el repertorio de ritmos folclóricos para que no todo sea salpimentado. A veces los arreglos instrumentales y la voz suenan un poco reiterados, pero se distingue que el enfoque que Nicolás quiere darle a su música es más desde un estilo propio. Y hay que rescatar esa variedad de ritmos folclóricos que aparecen en esta peña, porque no siempre se apuesta a salir del aplauso fácil. Una cueca por acá, un gato por allá, alguna rareza y para que nadie se asuste vuelve la chacarera. Evidentemente, estas peñas son un gran lugar de levante. Juraría que el tipo de camisa celeste que tenemos al lado ya bailó con tres señoras diferentes. Es incuestionable que hay un poder afrodisíaco en el vino en vaso plástico y la pizza de queso.

Mariela Carabajal toma la batuta, y aunque parece más tímida en la previa, tampoco le tiembla la garganta. Cálida al hablar –y de un acento irresistible–, con Mariela llegan mezclas más lúdicas de los sonidos. A veces pisando los límites del sabor folclórico, y otras veces desde un color y potencia abiertamente santiagueñas en el canto. Me quedé con ganas de conocerle más matices a su voz. Pero aún así el abanico se sigue abriendo y la gente sigue bailando.

Finalmente sube Néstor Garnica. Ni mi amiga ni yo lo conocíamos, pero realmente vale la pena verlo en vivo. Los recursos de Néstor y los músicos que lo acompañan son muy variados y sobre todo, muy buscados. La batería se abre de su trabajo de pura guía rítmica, para jugar entre la prolijidad y la subversión. Pero los cambios y rupturas no incomodan; son solamente pantallazos. Un poco de aire que oxigena el oído para apreciar mejor el conjunto. La guitarra es el cable a tierra para los delirios rítmicos, haciendo un trabajo grupal que seguramente fue muy pensado, al igual que el del bajo, que va sirviendo de colchón al juego rítmico de las percusiones mas graves.
A lo largo de los temas, el violín de Néstor pasa de ser acompañamiento a divagar por melodías impertinentes. A veces jugando con el virtuosismo, a veces con la disonancia, a veces formando climas sonoros con ecos y otros efectos. La voz es prácticamente una excusa que aparece de vez en cuando para robarse algún aplauso.

Una de las señoras que comparte nuestra mesa terminó llorando y aplaudiendo con la versión de la Chacarera del Violín. «Yo ya estoy hecha», les dice a las amigas a la mitad del tema.

Y cuando te das cuenta, el salón se llenó más todavía. Las personas siguen y van a seguir entrando, y la pista de baile está cada vez más copada. Ya no se distinguen bailes en pareja, porque la mayor parte de las personas encuentra más cómodo bailar en grupo. Por nuestra parte, será hora de renovar el vaso de vino. ¡Salut!


Contacto

Néstor Garnica
Julieta Marucco
Mariela Malini Carabajal
Nicolás del Campo

Fotografía

Cintia Kluczkiewicz
Julieta Pisano