Crónicas | Ber Stinco en los Acústicos del D7 - La arena que pinta su garganta lo aleja de los tonos clásicos y lanza su voz como un arroyo inquieto que no puede retroceder. Por más que las orillas se desgasten, el surco no desaparece y por allí caminan sin pausa las imágenes que brotan de cada canción, aunque sólo sean estrellas de mierda en […]

La arena que pinta su garganta lo aleja de los tonos clásicos y lanza su voz como un arroyo inquieto que no puede retroceder. Por más que las orillas se desgasten, el surco no desaparece y por allí caminan sin pausa las imágenes que brotan de cada canción, aunque sólo sean estrellas de mierda en el conurbano de alguien a quien extrañamos sin conocer. 

Por Nahuel Rey – Especial para El Corán y el Termotanque

Un solitario en Ovidio Lagos

Entré al Distrito 7 y ya sonaba un Charly García raro, desconocido, extirpado de Pubis Angelical. Me ubiqué lejos de las setenta personas que hacían al público sentado de Ber Stinco, en la única mesa apartada –la típica mesa que aloja al adolescente deprimido, al borracho que habla solo o al drogadicto malo–.

Y me senté lejos porque el público parecía un gran grupo de amigos; hippies chic y no tan chic, dos o tres hipsters que resaltaban y una banda grande, que acaparaba varias mesas y que a lo largo del show interactuó con el artista de manera descarada, interpelándolo, respondiendo de manera juguetona a sus comentarios de entre-temas y desplegando chistes internos que sólo se permitirían los amigos del barrio.

Charly García sonó todo el tiempo previo. La tenue iluminación del lugar resaltaba el micrófono adornado con luces navideñas y al cerdo de treinta centímetros con lentes de soldador que se erguía sobre uno de los parlantes frontales.

Los fusibles quemados del amor

A las 22.30 Ber Stinco se adueñó de las luces, del escenario y se presentó solo, sentado, con guitarra en mano. La pinta era esta mezcla conocida como freak-pop (camisa floreada, saco slim-fit y sombrero de swing), pero la mirada loca, los cambios rítmicos y el movimiento constante sobre la silla –que se reclinó hasta el punto límite del equilibrio–, hicieron que Ber Stinco estuviera, estéticamente, más cerca de una psicosis compensada que de una vidriera de SeaQuest.

La manera de tocar fue íntima; por momentos rasgueó con la calentura de un fogón y por otros sostuvo un arpegio pseudo-milonguero, repetitivo, con cuerpo, armónico y dulzón. La voz de Ber Stinco es la hija confundida de un lisérgico encuentro sexual entre el García de Influencia, un Coky Debernardi post-Punto G, Calamaro en cualquier momento y el Palo Pandolfo, borracho y querellante.

Los retorcijones en la interpretación, la manos sostenidas en el piano imaginario a lo Páez y el movimiento estereotipado del goce autista que cabecea fueron la imagen repetida en los primeros temas. Y pareció ser el acting necesario para aguantar semejantes letras, a las que susurró, afonizó, las hizo hablar y las escupió en éxtasis.

En los temas se enoja con Nietzche, que mató a un Dios descontento de burdel, pero que además le robó el whisky y es medio hijo de puta. Sufre por amor, pero las mujeres son contingentes y desaparecen; nos engañan, son extrañas y reaparecen, pero Ber Stinco sufre igual. Excéntricas mañanas, accidentes existenciales del enamorado, solito se encargó de «Las estrellas de mierda» (Todos somos el conurbano de alguien, 2014), «Mi Vecino Federico» (Bermú, 2008) y un par de temas más, así, sin espalda, armado de una acústica y un piso de pandereta-platillo-cajón del que se sirvió cuando le sirvió, o sea, cuando le pintaba.

Los del Rifle

La banda que acompañó en esta ocasión al servicio de Ber Stinco fue la Asociación Santafesina del Rifle: tres guitarras de fondo, dedicadas a melodía y arreglos, y un bajo, que lo movieron a Bernardo de la silla. Se paró de manera provocativa, recitando imágenes del perdedor que sabe que la vida es un engaño y caer es moneda corriente, pero que se sobrepone a eso, así, provocando, con cinismo y pequeños brillos entre tanta muerte, tantas asesinas y tanta oscuridad.

Los músicos de la Asociación Santafesina del Rifle podrían ser egresados de alguna facultad de ingeniería, amigos de la infancia que siguen viviendo con sus madres, compañeros de una terapia grupal fallida o un grupo colifato que encontró, esa noche, a su padre en la excéntrica performance de Ber. Sean lo que sean, estuvieron conectados, acompasados y hermanados en los quiebres rítmicos que implicó el recorrido musical. Así sonaron, entre un repertorio amplísimo: «Reyes de la ruta 33»; «Dos», que, según Bernardo, se trata de un trío y es una canción con mensaje; «Criollita»; «Doblado», aún inédita, se graba este año; «El loco Antonio», una milonga de Alfredo Zitarrosa que dejó mano a mano al cantante con Franco, guitarrista principal y vicioso del slide; «La la la», de Los fusibles quemados del amor, 2014; y, para cerrar, «Destrucción», de V8, con toda la banda erotizada.

El chancho y los ecos

La resonancia que me sostuvo toda la noche fue la del encuentro apretado e íntimo con un desconocido que te invita a hacer palmas para demostrar que no votaste al Dr. Cossia, que le dedica parte de lo generado a la memoria de Gerardo Sofovich o al Papa viejo, malo, no tan controversial como el actual, que conversa con un chancho con lentes de soldador al que el público aclama como «Juan Marcelo» y que te ofrece constantemente, desde lo más retorcido de una poesía nihilista y atormentada, guiños familiares, coquetos y simpáticos para abrir la puerta y salir a jugar. Me queda la sensación de que no se puede conocer a Ber Stinco por Youtube, desde el link de un amigo o desde el fondo de un pendrive. Hay que verlo en la escena que propone, como el front-man de cualquier banda, lleno de palabras, de enojo, de amor y redención.

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