Cuentos | El placard - Texto: Eva Wendel | Ilustración: Francisco Toledo

Hay una fuerza que nos aventura por pasadizos insondables, estrechos corredores en los que se aquietan las luces, se espesa el aire, resplandecen sombras, se disuelven los objetos hasta hacerse de agua o de aceite; algunos le pusieron un primer texto y lo repitieron hasta convencerse de su probabilidad; otros, lo silenciaron o lo estamparon en figuras alegóricas. En definitiva, todos se rindieron a su potestad, todos celebraron, a sus pies, su irrevocable necesidad. 


Se le había generado una confusión al entrar en la habitación, de noche y a tientas, sin tener ni el reflejo de la luz de la luna para develar la proyección de las aberturas. Cuando pasó por sobre la cama tendida –la mucama había estado en la habitación de la ministra esa misma tarde–,  sintió que la seda del cubrecama le erizaba la piel: un escalofrío lo dejó duro por unos segundos y pensó en un sueño que había tenido esa mañana en el que él era parte de una civilización avanzada miles de millones de años hacia el futuro de la humanidad, genéticamente preparada para alcanzar la inmortalidad. El sueño, en el momento del roce con la seda, lo había trasladado a otro lugar (pensó). Y decidió volver a probar la conexión inconsciente producto de aquel roce carnal. Pero esta vez no sucedió nada. La seda ya estaba contaminada con la idea del roce de la seda. Entonces comprendió, por algún mecanismo extraño que parecía pensar por él, que lo que le había sucedido minutos antes, había sido la primera conexión astral que había tenido en la vida: su primer viaje en el tiempo. Tampoco este pensamiento le era habitual.

Todo estaba igual, tal cual estaba planeado. Tenía que atravesar dos habitaciones; a la tercera, doblar a la izquierda, subir las escaleras y hacia los últimos dos escalones, caminar recto, tres pasos y medio, para llegar a la puerta de la habitación de la ministra. A esa hora, ella estaría dando una conferencia  sobre las nuevas legislaciones para el ingreso de las vacunas contra la gripe H7B1 y los eficaces mecanismos de distribución hacia todo el país. La conferencia la daría en el Hotel Alvear, a más de diez minutos de su casa. Todo anunciaba que esa noche, a esa hora, no habría nadie en la casa de la mandataria.

Se preguntó por qué, durante todo ese tiempo, había estado dormido. No podía ser real que hasta ese día nunca antes le hubiera pasado de sentir el contacto con la totalidad y el infinito (de la sensación había surgido la seguridad de que eso eran «la totalidad y el infinito»), y se lamentaba, porque hasta ese día su vida había oscilado entre partidos de futbol locales, regionales, nacionales, europeos, mundiales y trabajar como sicario, como el lacayo del diablo, la triste sombra de los geniales rufianes de las novelas de Arlt. Ésta era la única literatura que había consumido de chico gracias a una abuela del barrio obrero en el que había nacido, quien se dedicaba a leerle cuentos y novelas a los hijos de los trabajadores humildes; y cuando conoció a Arlt había quedado embelesado con sus historias, creyéndose uno más, un Astier más, un Erdosain más, pero nunca había comprendido, por ejemplo, la figura compleja del Astrólogo o la del Buscador de Oro. Sin embargo, ahora pensaba que aquello de  la totalidad y el infinito nada tenía que ver con la sensación que le había provocado la parte en que Astier tira un fósforo sobre el linyera y lo prende fuego o cuando traiciona al rengo sobre el final de la novela. Tampoco era la otra cara del mal, es decir, lo bueno; era, sencillamente, todo junto en una misma situación: ser sicario por tradición familiar lo había obligado a perderse una parte que tenía que ver con la humanidad de la anciana lectora y que, en ese preciso instante, empezaba a comprender.

El encargo era robar los expedientes secretos que anunciaban las verdaderas cifras de muertes (hasta lo que iba del año) por causa de la supuesta gripe H7B1. El país se encontraba en alerta roja desde hacía más de cinco meses. La bajada de línea provenía de una extraña cifra lanzada por los miembros idóneos de la Organización Mundial de la Salud. Un grupo de científicos exiliados por descubrir más de lo que al hombre se le tiene permitido investigar. Y a él lo habían contratado sólo para hacer el trabajo sucio. Pero para él era un trabajo más, uno de los tantos encargues y en éste, además, no corría ningún riesgo aparente. Ni siquiera cobraría más por violar las leyes de seguridad del domicilio de un mandatario nacional.

«Cabeza», por Francisco Toledo

El lugar donde la ministra guardaba esos expedientes –según informó un infiltrado que tenían en el ministerio– era en un armario de su habitación, para mayor seguridad, en algún lugar insospechado del closet. Ahora bien, cuán escondido podían estar si cabían en un armario, en algún hueco camuflado, en algún cajón con doble fondo. En fin, se le solicitó al hijo del chacal remover a fondo la zona de la habitación y el closet. Y ahí estaba, dispuesto a empezar su trabajo cuando descubrió aquello del roce de la seda y el instantáneo viaje al final de la humanidad por más de miles y millones de años de evolución genética, cuando sintió, de repente, todos los arreglos, cortes y mutaciones de sus cromosomas viajando hacia el verdadero desenlace de la humanidad: el ser inmortal.

Un hombre sin nombre para la sociedad abría la puerta del placard de la habitación de la ministra de salud y encontraba, detrás de una cantidad de prendas de vestir, otra puerta más pequeña de forma ovalada, cerrada con llaves. Después de remover cada rincón de la habitación, buscando la llave y sin encontrarla por ningún lado, decidió meterse dentro del placard y hacer palanca con su cuerpo, tirando del picaporte. Pero enseguida se quedó con el picaporte en la mano. Entonces buscó unas herramientas que tenía en su bolso y la barreteó. Al cabo de unos minutos, una luz proveniente del hueco que se iba formando en torno al marco y la puerta se fue haciendo más brillante. Cuando finalmente logró abrirla, lo que vio lo dejó perplejo. Quedó unos segundos en el umbral, agarrándose del marco de la puerta que ya había quedado atrás y en seguida fue absorbido por una luz incandescente y una fuerza gravitacional extrema que lo arrastró hasta otro lugar, pasando como por un túnel oscuro, viajando envuelto en esa luz.

De este lado todo se veía normal, incluso el hueco oscuro que ya había quedado atrás. Percibió con un sentido hasta ahora desconocido los efectos del cambio de estado, y vio con ojos de científico aquel efecto gravitacional; tuvo que mirarse las manos para darse cuenta de que todavía estaba ahí. De repente perdieron sentido los cuarenta y ocho años de su vida. Estaba parado en la negación del tiempo. Todos los pensamientos, todas las teorías, todos los descubrimientos hechos y por hacer cabían en su cabeza ahora. Y se sintió feliz de haber tenido la suerte de ser un don nadie, de otro modo no hubiera podido llegar ahí (pensó). Encontró a otros en su situación actual y decidió preguntarles qué estaban haciendo allí y qué era todo aquello que no podía explicar con palabras. Todos les respondieron lo mismo, que en un principio se habían sentido tan maravillados como él. Pero después, una vez recorrido todo el lugar, aquel mágico hueco del conocimiento (así lo llamaba un niño albino que no tendría más de cuatro o cinco años) se les había tornado aburrido. «Acá no existe lo que antes llamábamos tiempo –dijo un hombre que tenía el aspecto de los sabios que él había reconocido de los cuentos de piratas porque tenía una barba muy larga y blanca, con un aspecto desprolijo y un tanto oloroso–. Acá podemos hacer lo que queramos, el único impedimento es que ya no podemos volver atrás, tampoco podemos decidir elegir un camino u otro, porque todos los caminos están expuestos y cerrados al mismo tiempo. Una vez atravesado el umbral quedás eternamente atrapado en este abismo, del que no vas a poder compartir más que con nosotros, tan desconocidos para vos como vos para nosotros. Mirá –le dijo el viejo– acá vas a ser todo lo que no fuiste del otro lado. Bah, en realidad podés ser lo que quieras ¿Fuiste lo que realmente querías ser? ¿Eras feliz? ¿Cuáles eran tus sueños cuando eras pibe?

»Acá podés elegir todo: querés minas, vas a tener minas; buscás amor, también podés tener. Vas a poder crear tu propio mundo, sin limitaciones de ningún tipo». Estas preguntas lo llevaron a dudar de su propia existencia y de esa aparente extinción del tiempo que el viejo le comentaba. Él lo entendía de algún modo, pero sentía todavía esa sensación de la seda con el roce de su cuerpo que no lo dejaba analizar este otro proceso. Decidió alejarse. Se hizo un bollito sobre su propio cuerpo en un esquinero tan invisible como el extenso lugar que se desplegaba por ese espacio indefinido e informe y blanco, todo muy blanco. Sintió miedo de seguir escuchando a los otros. El saber no sabido empezaba a brotarle por todo el cuerpo. La adrenalina del choque con la totalidad y el infinito lo habían dejado aturdido. Comprendía algo que todavía no podía definir con palabras, como si la información se le adosara a los cromosomas sin consultarle, como si el cerebro se le expandiera de golpe y los neurotransmisores trabajaran todos juntos y al mismo tiempo, logrando una sinapsis perfecta.

Se dispuso a partir, a buscar una salida, todo aquello era una locura. Seguramente estoy atravesando un sueño. Se pellizcó, se miró las manos, gritaba enloquecido buscando la salida de aquel no lugar. Cerró los ojos con fuerza, se los tapó con las manos. Cuando los abrió, el viejo ya no estaba, tampoco el niño albino. Miró a su alrededor, no había nadie. No había nada. Sólo un blanco insoportable, sin ningún límite  espacial. «Lo llaman “la iluminación de la ceguera”», dijo una voz sin cuerpo que provenía de la nada.

El hijo del chacal se largó a llorar, sintiéndose inútil y vacío. Habían perdido sentido los robos, los asesinatos por encargo, también la infancia, las lecturas de la anciana y Arlt. La locura que en otro tiempo le había provocado la heroína no tenía comparación con esto. La voz proveniente de la nada lo alentó a imaginarse en algún lugar hermoso que él quisiera mucho y así lograría crearlo. «Podés concentrarte en las profundidades de los océanos y nadar en ellos cuando quieras. También podés imaginarte volando y vas a volar». Cuando el  hombre escuchó estas últimas palabras, pudo volver al principio y entender todo. Se desplomó por el espacio y se convirtió en una mancha amarilla que flotaba por el universo. Pero éste cambiaba de estados constantemente y lo que antes era negro ahora era blanco. Entonces eligió ser una gaviota y después una brisa fresca de primavera y después la tierra de sus ancestros y después un árbol solitario en el desierto y el agua de los océanos y las olas que rompen en la orilla y también la montaña, que soporta con hidalguía la erosión de aquel lejano y añorado tiempo.

La ministra llegó de la conferencia pasadas las diez de la noche. Antes de desvestirse hizo una llamada a su hermano que vivía en Los Ángeles. Le contó que estaba preocupada, que temía que lo de la vacuna no funcionara. Su hermano la calmó diciéndole que ella era una simple herramienta en medio de un universo de acciones, que no todo dependía de ella, que hiciera lo que pudiera. Al fin y al cabo, todos vamos a morir tarde o temprano (le dijo). Cortó la comunicación. Entró a su habitación para descambiarse. Cuando abrió el closet encontró a un hombre desplomado en el piso, con la mitad del cuerpo adentro del placard. Comenzó a los gritos. Llamó al 911. Cuando llegó la policía descubrió que la bala le había atravesado de lado a lado la cabeza. El hombre se llamaba Juan José Giménez, tenía cuarenta y ocho años, un prontuario amplio en delitos penales: diecisiete muertes en su haber, miles de robos a mano armada, delitos de todo tipo. «A veces la vida se convierte en una cárcel», le dijo el suboficial a la ministra tratando de calmarla. «Este hombre no tenía esperanzas, no tenía sueños, en el barrio le decían el 47. Usted sabe que en la quiniela es el muerto. De alguna forma, todos ya conocíamos su final».

Desde la oscuridad del placard se veía una tenue luz que parecía provenir de algún otro lugar, imperceptible para los que conversaban, ahora, sobre el esperado desenlace de un hombre sin civilidad. En ese punto, había quedado estampada la bala.