Crónicas | Mamita Peyote: el festín autogestivo - Fotografía y texto por Brenda Galinac

Una y otra vez nos acercamos a ese cactus, lo rodeamos, lo observamos, intentamos tocarlo, lo hacemos nuestro y sentimos que ese picor, más que dolernos, nos excita, nos estimula, nos provoca el meneo. Nuestra compañera, su pantalón irreverente y todos los que alguna vez pasamos por un festín, lo seguimos comprobando. 


La mimada del under

Es jueves. Llega a mí un volante a todo color: místico, lisérgico, con un tótem-peyote o una especie de divinidad de los limados. Es sobre un festival, con una larga lista de auspiciantes y una locación inesperada. Lo tomo, me quedo mirándolo. Me encanta el diseño gráfico, me detengo en la tipografía. Me pongo ñoña y digo: «Bueno, ya está», y recuerdo que en casa tengo una caja especial para los volantes que me gustan.12115485_877668822329729_2986387324236331989_n (1)

Entonces, dos días después, hago unas llamadas y me pongo un pantalón con todo el espectro de colores posibles. Para el que me conoce, no es un disfraz. Al rato, me acuerdo del volante de la fiesta y me siento absuelta de todo pecado.

El salón del Sindicato de Canillitas se me aparece como un desconcierto de luces fucsia cerca de las 23. Veo cómo sus asistentes se apiñan contra las paredes (sí, ese misterio de la arquitectura). Un puñado se distribuye en la barra y otro, en los puestos de comida. Más allá compran discos. El resto decide alguna cosa en la puerta de ingreso. Dentro, la pista se ve tímida pero sé que estas fiestas autogestivas se ponen buenas. Me despreocupo casi con naturalidad y me abastezco a discreción. Me acuerdo de mi adolescencia entre hippie-punk (yo tampoco me decidía) entrando, saliendo del Club Español o cualquier otro recinto devenido fiesta, con la grilla de turno, con el vaso fresco.

En el salón veo a Ani Bookx dando vueltas, con algún look particular. Me parece tan genuina; la dejo pasar sin decírselo. Lima Sur es una de las bandas del festín y eso ya me tiene contenta. También hay una sorpresa para mí: entro sin conocer a La ilusión Orquesta.

Por supuesto, quien convoca es Mamita Peyote, la nueva mimada del under y hoy, la banda anfitriona. La decoración también los delata: unos paños gigantes de tela recorren todo el salón. Veo guirnaldas con un toque mexicano. Veo lámparas en las mesas. En todos lados veo horas-hombre. Estoy casi segura de que la última semana se dedicaron al público, a hacernos sentir que cada quien se jugó para tocar hoy. No hay artificios: acá hubo máquinas de coser, idas al super a las corridas, manos amigas. El logo de la banda llena todos los resquicios, quiero decir, también circula como un sellito en los brazos de los que salen a fumar y vuelven a entrar. Hoy todo tiene flores de cactus.

Empiezo a preparar la cámara. Una chica no quiere que saque más fotos, no entiende qué es lo que me interesa porque no ve ningún músico en el escenario. Ella quiere bailar, así que entiendo que ya pasó casi una hora y que el DJ está en su sintonía y que es medianoche.

Lima Sur aparece con su troupe. Casi una decena de músicos agitan el ambiente con hip-hop, funk y alguna mezcolanza más autóctona. No sé si detenerme en el trombón, en la energía de los recitados, en los problemas técnicos con el teclado o en los globos que ahora se ven por todo el techo del salón, iluminados de repente por un torrente de luces. Sí, los globos cubren todo. Es una alfombra pero al revés, pienso. Después me doy cuenta de que eso es una analogía inentendible, incluso de mala calidad. Lo digo con las piernas llenas de aves de colores.

Lima Sur (¿para qué dar más vueltas?) es un estallido escénico. Funk, soul, hip hop. Mucho corazón. Pibes que siguen bancando los trapos, la movida del rap. Por momentos más conectados, por otros accionando lo propio, todo se sucede en un gustazo para calentar la pista.

La ilusión Orquesta llega enseguida. Enchufadísimos, ponen al público en clave tropical, en una sintonía Bersuit. Lo digo también musicalmente: escucho ritmos rioplantenses y esa nostalgia que me adjudico por no seguirle el rastro al género. Pero ya me imaginaba una sorpresa: de repente oigo algo así como sirtaki y me traslado a un mundo gitano y me devuelven con alguna rumba, ya que la variedad lo permite. Me entero en ese momento de que en la mixtura se conocieron sus integrantes: San Nicolás, Pergamino y Rosario son los lugares que confluyen en esta orquesta.

Me pongo ansiosa. Hay cerveza artesanal. De tres variedades. Qué lindas las luces… y yo, bueno, yo tengo un pantalón con cacatúas.

Viene rápido la última banda y son ya las 2 de la mattina. Mamita Peyote aparece luego de haber acompañado a esta misma revista en su presentación, el 3 de octubre (como soy parte del staff no puedo dejar de sentirme halagada con el acústico que nos maravilló). Mamita viene además, con una linda colección de recuerdos: este año fue nominada a los premios Gardel y declarada Banda Distinguida de Rosario en el Concejo Deliberante. Un grupito los oyó en la tira Viudas e Hijos del Rock and Roll y el resto estamos aquí por la misma razón: qué bien que suenan.

Rocksteady, R&B, reggae, alguna balada también. Una impresionante forma de congeniar vientos, una mezzosoprano íntegra, una bata precisa, canciones en lengua nativa y en inglés, un fantástico vestuario y temas del disco que grabarán el año entrante. Me obligo a detenerne en el vestuario porque ninguna de mis fotos le hace honor al tutú que Eugenia llevó consigo. Decenas de mini-leds en su atuendo le dieron un protagonismo decisivo al ambiente ya teñido con una cálida atmósfera, delirante atmósfera.

Acá es donde pienso que me oxidé con esto de escribir crónicas pero encuentro una foto nueva por hacer y voy armando una linda estadía. Miro para atrás: todos nos ponemos a cantar, a explicarle a alguien que todo fue con su consentimiento y a decirle a otro que no nos diga que no nos extraña. A todos se nos ocurre algún responsable.

Llegan invitados, más rap, abrazos, de nuevo los chicos de Lima Sur y Lolo, de Fluido, con esa forma de apropiarse de un repertorio prestado con tanto estilo. Sin dudas, es una de esas cartas que no pueden faltar en estas congregaciones rosarinas. Congregación, claro. Estamos como reunidos, como entre amigos. Somos esos desconocidos que van siempre juntos.

Llega la canción final, un lindo desorden final. Todas las bandas, todos nosotros, algún canto que queremos afinar. No nos queremos despedir. Sacamos, igual, las últimas fotos. Nos apuramos a ir al baño para prender un pucho después. No pedimos bises: ya vimos tanto y hay un DJ ansioso que nos espera desmenuzando luces. Para algo me puse un pantalón con cacatúas.